Si
uno lee una guía turística o busca en internet datos sobre esta ciudad alemana
y su clima y su gente, encuentra que es acaso una de las ciudades más
tranquilas y de mejor clima de Alemania; una ciudad más bien alegre en el
contexto europeo.
Sin
embargo, como sucede con la Cuernavaca de Lowry, o el Dublín de Joyce, muchas
veces un escritor intensifica los rasgos negativos de la ciudad, desde las
primeras páginas, para preparar el encuadre para la historia, normalmente más
oscura, que piensa contarnos. Esto ocurre casi con precisión matemática al
comienzo de Una pequeña ciudad de Alemania, una oculta obra maestra que pude
obtener gracias a esa magnífica librería de viejo por Facebook llamada LIBROS
RAROS.
Le
Carré tiene en mente una violenta historia de persecuciones policiales y
engaños diplomáticos que tienen en Bonn un escenario muy singular, un tanto
sombrío, un tanto desasosegante:
Bonn
era una casa oscura en la que alguien había muerto, una casa con negras
colgaduras católicas, protegida por la policía. Las chaquetas de cuero de los guardias
que estaban de pie en las aceras, a intervalos de cincuenta metros, relucían a
la luz de los faroles, y las negras colgaduras
se cernían sobre ellos como pájaros.
A
medida que va avanzando la trama, compleja y subyugante, el narrador va
apuntalando pincelazos sobre la ciudad, de manera que ambas, descripción y
diégesis, van entrelazadas afirmándose una a la otra en su intencionalidad
opaca:
La
oscuridad de la noche había llegado sin aparatosidad, tal como la grisácea luz
del día se había ido; desacostumbradamente, el aire nocturno era seco y olía a
invierno. Durante casi todos los meses del año, Bonn parece ajena al cambio de
las estaciones; su clima está dentro de las casas, es un clima de dolores de
cabeza, cálido e insípido como el agua embotellada, es un clima de espera, de
amargos regustos extraídos del río perezoso, es clima de fatiga y desganado
vivir, el aire es un viento exhausto, que cae sobre la llanura, y el ocaso tan
solo se manifiesta como un oscurecimiento de la niebla diurna…
Puesto
que la historia se retuerce en proporción con su despliegue, las impresiones
sobre Bonn se van haciendo más complejas y subjetivas, hasta llegar a una
metáfora sorprendente, la ciudad como un lugar metafísico. Un personaje, De
Lisle, se suelta sobre la ciudad:
--A
veces, la niebla es un poco más fría, y entonces decimos que estamos en
invierno. A veces, es algo más cálida, y decimos que es verano. Y sabe lo que
se dice de Bonn: cuando no llueve, el agua corre igualmente corre por las
calles. De hecho, lo que ocurre es que estamos siempre inmersos en una niebla
separada por la niebla del resto del continente. Bonn es un lugar metafísico;
los sueños, en Bonn, han sustituido a la realidad.
Fuera
del ligero matiz realista-mágico del sintagma final, Bonn es reconstruida por
el narrador para sus propósitos. Y lo mejor es que, con esa voluntad, se lleva de encuentro cualquier afán mimético-realista.
Habría
que visitar hoy Bonn, y ver cuánto no se parece a la Bonn de Le Carré que, tal
vez, se parecía poco también a la del año 68, cuando publicó esta novela
adictiva. Cambio climático de por medio, inmerso en todo ello.

1 di tu verdad y rómpete:
¿Ah, sí? Déjeme contarle lo que odio yo, señor Víctor Coral. Para empezar, a los caraduras, a aquellos que alaban donde les conviene y cuando les conviene y usan la literatura siempre como un mecanismo para ganarse alguito. Lamen por aquí y por allá, no tienen el menor remordimiento ni la menor vergüenza (y cuando la tienen, se disfrazan de anónimos o dicen yo-no-fui). ¿Sigo, Pichi del diablo? ¿Sigues vendiendo panetones?
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