14.2.12

El fugaz paso de los poeta malos

Una interesante reseña de Nosotros Matamos Menos me llama la atención. No me referiré al libro cuestionado, pues no he hecho el esfuerzo de leer más que la mitad de los poemarios que reúne, sino a la posibilidad que parece proponer el reseñista: alguien puede no ser poeta hasta los 30 (las edades son aproximadas) y lograr entrar al mundo de la poesía a los 37, gracias a unos cuantos poemas supuestamente atendibles.

Antes que preguntarme si ese autor criticado puede ser poeta (lo cual reduciría todo a una cuestión personal y hasta mezquina), prefiero ir por la vía negativa –o más bien oblicua— y examinar si alguien puede no ser poeta en absoluto, incluso en potencia.

Parece innegable que todo ser humano con cierta relación despierta con la poesía, puede servirse de unos versos para “expresar” algún sentimiento, alguna inquietud interna. ¿Ello lo convertiría inmediatamente en poeta? Y aun alguien que ya empezó una carrera --a trompicones, de manera consensualmente fallida, con tres libros de poemas--, ¿puede súbitamente quedar convertido en un compañero de Eielson y de Adán por la obra y gracia de un par de textos nuevos?

Claramente se ve que esta visión del hecho poético se sostiene sobre dos ideas: una importada de la ciencia, la evolución, y otra supérstite del inacabable Romanticismo, tiempo en el cual empieza a equipararse, de una manera reduccionista: poesía = expresión de sentimientos. Pero, claramente se ve, también, que en muchos casos lo que hay en un poeta verdadero es una involución más bien: los últimos poemarios de Eielson no están a la altura de muchos de los anteriores, lo mismo sucede con Hinostroza, con Cisneros, y con otros grandes poetas de nuestro país.

Tendremos, así, que desgarrar las veladuras del lenguaje un poco, para ver la desnudez cegadora del poeta, o la nadería trapacera del no poeta. Lorand Gaspar:

Todo sucede como si hubiera en la vida del hombre algún contenido que exigiera manifestarse, ser comunicado y no lo consiguiera más que “jugando” con el lenguaje, deshaciéndolo y remodelándolo, corroyéndolo, escarbándolo, encontrando en él energías, relaciones, vínculos desconocidos, olvidados, recubiertos por alguna costra de oxidación, encerrados en el cascarón de algún proceso fibroso. (…) Para llegar a pesar de todo a la palabra, o al menos intentarlo, entonces hay que reaprender a hablar. (cursivas del autor)

Dos ideas claves, definitorias entonces: manipular el lenguaje irrespetándolo (vamos a decirlo así), pongamos que a la manera de un Santiváñez, o de un Favarón; o aprender de nuevo a hablar, lo que exige olvidarse del habla sustentada, sólida, “clara” del no poeta, del mero intelectual. Pero aquí llega Michaux a restregarnos algo más:

La lengua de la poesía no se deja encerrar en ninguna categoría, no puede ser resumida por ninguna demostración. Ni instrumento, ni ornamento, escruta una palabra que acarrea en ella las edades y el espacio fugaz, fundadora de piedras y de historia, lugar de acogida de sus cenizas. Se mueve al compás que hace los imperios y los arruina.


(…)


No se justifica la poesía y esta no necesita defensores; intento solamente ver lo que en mí, instruido por la precisión, va de modo tan inalterable hacia el tanteo nocturno, en busca de una precisión otra, más rocallosa.

No es, así, la feble precisión inocua del lengua de la medianía la que hace la poesía (y la que hace al poeta, consecuentemente), sino otra precisión que para Michaux puede ser lítica, pero para un Cisneros puede ser íntimista, y para Ollé puede ser absolutamente corporal…

Y lo principal acá es el reconocimiento de que una poesía que necesita justificación y defensores (y sí, esta es una alusión directa al libro reseñado en NMN), evidencia falta de plenitud; es como una escultura-argamasa informe que es necesario sostener por este lado, apuntalar por el otro, vivificar por este, para que siga dando la impresión de que recoge algo de lo real (que según Gaspar citando a Matisse, es lo que queda después de que uno se ha quedado sin nada que decir –cito de memoria) y de esa movilidad huidiza, y solo aparentemente coincidente con la dinámica de la naturaleza, que tiene la poesía actual; esa especialidad de lo poético tan difícil de alcanzar.

Tal vez por esto, por una incomprensión que es a la vez incapacidad de congeniar con la movilidad de lo real poético, es que suceden cosas aparentemente peculiares: un poeta logra resultados excepcionales con un lenguaje coloquial, sencillo y fiel a su limitada precisión (otra vez Cisneros), mientras que otro, empuñando las mismas armas décadas después, se ahoga en el vaivén de sus propios despropósitos versiculares; y muy lejos de este último, un Montalbetti o un Ramírez Ruiz tocan fibras de complejidad superiores con formas de asumir el lenguaje absolutamente exigentes y rupturistas, en tanto que otros más jóvenes regurgitan versículos que repudian sentido, comunicación y conmoción (los poetas han repetido hasta el cansancio que lo que la poesía lo que busca es principalmente conmover) en una pose experimental que pronto requerirá, tristemente, su propia justificación.

Vaya esto por delante, a manera de conclusión inicial –luego volveré sobre este tema: parece que nada impide pensar que todos somos poetas en potencia, o bajo ciertas circunstancias (hace poco escuché a un narrador aún joven un piropo realmente poético a una chica; por otro lado, no pocos grafitis tienen esa calidad especializada).

Pero ello tiene poco que ver con la idea del poeta como, no solo el que se empecina en adunar uno tras otros poemarios intrascendentes, sino con aquel que usa esa constancia más bien para internarse en los pliegues aglutinantes de lo poético, para así comprenderlo mejor y establecer ese vínculo intangible con unos atributos hoy incuestionables: lo proliferante, la movilidad, el descentramiento y la multiplicidad de los discursos, la desaparición u ocultamiento del yo poético, y, sobre todo, ese reaprender el habla, ese desgarrar, desollar el lenguaje para buscar su verdad; la de la poesía y la del poeta.

(Toño Cisneros, gran poeta peruano.)

7 comentarios:

  1. Muy bien, pero, ¿no hay un espacio para la lectura, para el comentario y para la crítica? ¿No es posible leer, comentar y analizar sin defender o apuntalar? Más precisamente, y sin detrimento de lo que dices sobre la independencia del acto poético, ¿es inválido un acto de lectura que se aproxime a los textos en sí mismos, tan cual están presentados, sin pretender determinar si son o no compañeros de Cisneros o de Eielson?

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  2. Diego Trelles Paz15.2.12

    Por qué este texto es recomendable? Es una defensa ayayera, auto-complaciente ("hace poco escuché a un narrador aún joven un piropo realmente poético a una chica; por otro lado, no pocos grafitis tienen esa calidad especializada"), con muy mala leche, esto es: teledirigida, ("Y lo principal acá es el reconocimiento de que una poesía que necesita justificación y defensores (y sí, esta es una alusión directa al libro reseñado en NMN), evidencia falta de plenitud"), enredada ("Pero ello tiene poco que ver con la idea del poeta como, no solo el que se empecina en adunar uno tras otros poemarios intrascendentes, sino con aquel que usa esa constancia más bien para internarse en los pliegues aglutinantes de lo poético") en la que el autor defiende una antigua postura elitista y altamente conservadora con la que, al parecer, comulgas: no todos pueden ser poetas. Ok. Y...? Qué hacemos? Les confiscamos los lápices?
    Me resulta curioso que el autor apunte y descalifique la obra de un poeta usando la reseña de otro. Porque lo que yo veo en este texto es una verdad de perogrullo que, llenándose de palabras altisonantes y sin ninguna idea original, ha sido usada como excusa para atacar un libro que ni siquiera se critica ("No me referiré al libro cuestionado, pues no he hecho el esfuerzo de leer más que la mitad de los poemarios que reúne")...
    Yo, desde luego, no estoy de acuerdo: para mí hay poetas buenos, regulares y malos. Escriban y publiquen todo lo que quieran. Ya la decisión de ser poeta (bueno, malo o regular) es algo tremendamente difícil y valiente para venir a cortar alas cual Torquemada en la hoguera.

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  3. Diego Trelles Paz15.2.12

    Me resulta curioso que el autor apunte y descalifique la obra de un poeta usando la reseña de otro. Porque lo que yo veo en este texto es una verdad de perogrullo que, llenándose de palabras altisonantes y sin ninguna idea original, ha sido usada como excusa para atacar un libro que ni siquiera se critica ("No me referiré al libro cuestionado, pues no he hecho el esfuerzo de leer más que la mitad de los poemarios que reúne")...
    Yo, desde luego, no estoy de acuerdo: para mí hay poetas buenos, regulares y malos. Escriban y publiquen todo lo que quieran. Ya la decisión de ser poeta (bueno, malo o regular) es algo tremendamente difícil y valiente para venir a cortar alas cual Torquemada en la hoguera.

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  4. la única verdad de perogrullo acá es dividir a los poetas de la originalísima manera en que lo hace el comentarista que firma como Diego Tréllez: poetas buenos, malos, mediocres. Bah.

    Trato precisamente de ir más allá de ello, pero parece no haberse entendido por el comentarista.

    En cuanto a la reseña y el libro mismo, son solo puntos de partida para una reflexión sobre la poesía mucho mayor. ¿No le parece eso mejor que hacer un taller de poesía donde se enseña a "armar" libros?

    Vamos, tiene el comentarista la libertad de opinar lo que quiera sobre las ideas aquí vertidas, pero no puede negar que son muchas, articuladas y sin mala leche con el autor del conjunto de poemarios.

    Cuando el amiguismo predomina, no hay salida para el crítico: si tomaste solo como punto de partida el libro, entonces eres poco original, si hiciste una reseña contundente sobre el libro de su amigo, entonces fue una venganza o cualquier cosa.

    Por favor, otro poco más de objetividad, comentarista.

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  5. Hola, Jorge. Un gusto tenerte por acá. Si revisas un poco mi blog encontrarás reseñas concretas que invitan al lector a la lectura, que estimulan. Solo que en este caso específico me pareció más útil usarlo como punto de partido para ir más allá. Digamos que es un post algo experimental. Gracias por tu precisión.

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  6. Anónimo15.2.12

    Lo peor que se puede hacer con un texto es someterlo a un análisis psicológico mediocre: que si dijiste esto, fue por esto, que si no dijisto lo otro fue porque odias a tal. Por favor, el psicologismo hace mucho daño porque no te deja ver lo concreto del texto. Felicitaciones al administrador de este blog.

    Raúl

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  7. Anónimo15.2.12

    un mal libro será malo por más que todos los críticos de Lima se confabulen para levantarlo.

    Eso es lo que entendí de este discurso de Coral. Y tiene toda la razón.

    Richi Lakra

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