28.2.12

¿PUEDE UNO NO SER UN POETA? II


Este particular, a lo largo de casi veinte años de conversaciones y contactos con artistas narradores y músicos, jamás ha oído a alguien poner en duda la ‘artisticidad’, ‘narratividad’ o ‘musicalidad’ de un creador en esos campos. Parece ser que el solo hecho de que alguien pinte o haga instalaciones o performances, de que alguien escriba novelas y/o libros de cuentos, de que alguien toque un instrumento o haga chillar una guitarra o aporree una batería, es razón suficiente para considerarlo narrador, músico o artista plástico, según el caso.

En el campo poético, sin embargo, el cuestionamiento del propio estatus es recurrente; vuelve una y otra vez, como una maldición, ideas de que alguien “no es poeta”, “escribe versos pero no tiene obra”, “perpetra textos que no logra plasmar en poemas”, “solo es poeta para sus cuatro amigos”, “es demasiado intelectual para ser un poeta” (sic), y cosas peores que abundan, pero de una manera cobarde --otros la llamarán “estratégica”--, en habladurías, chismes y tertulias porosas.


¿Por qué la diferencia?


La última vez que recuerdo que alguien negó rotundamente la calidad de poeta a alguien fue hace unos pocos años, cuando Rodolfo Hinostroza destrozó el ego de mi amigo Renato Sandoval al afirmar que es “un traductor y no un poeta”.


Tal vez una suerte de explicación la podamos encontrar en una entrevista de 1984 que le hace Carlos Molina al autor de “Nudo Borromeo”, para la revista Lienzo 5. El entrevistador pregunta al poeta sobre la “reducción de la dimensión lírica del poema”, y RH responde:



Si uno hace un tipo de poesía que se dirige nada más que a la emoción evidentemente está reducido al nivel emocional. La poesía que yo practico no se dirige únicamente al nivel emocional. En ese caso, lo que yo pierdo por el lado emocional lo gano por el lado mental. Lo que hay es una reducción de la gente informada, que tiene los datos culturales para recibir este mensaje, si tú quieres colocarlo como mensaje. (pp 68)


Aunque años después el mismo Hinostroza se encargó de desdecirse y afirmar un “retorno” a formas simples –algo que dio por resultado su menos logrado poemario: Memorial de casa grande--, sin duda, como en los casos de Valéry, Ashbery, Stevens, Ojeda y otros, estamos aquí frente a una concepción moderna de la poesía. Se ha abandonado la ecuación romántica, poesía = expresión de sentimientos, para hablar de dos niveles jerarquizados: el nivel emocional (primario) y el nivel mental (superior). Tal vez para algunos poetas, los que escriben en el llamado nivel primario no sean poetas (¡o solo ellos lo sean!), tal vez para otros solo el que alcanza a dominar ambos niveles deba ser considerado como tal.


Pero hay un matiz. Hinostroza habla de “emoción”, y uno puede emocionarse espiritualmente, por decirlo en tono de vals, o mentalmente, como te emocionan las circunvoluciones discursivas asombrosas de un Ashbery. La posibilidad de emocionar, así, parece ser la clave para la calificación de una persona como poeta, más allá del número de libros que haya publicado, de los respaldadores que tenga, o incluso de la concepción poética que propugne o pretenda practicar.


En otras palabras, si lo que escribes no emociona a tu lector, si no lo inquieta, lo pone a pensar, lo cuestiona, lo conmina, entonces tal vez tu condición de poeta estará siempre entre paréntesis; solo tendrás derecho a recibir esa peculiar distinción cultural por parte de una sección –pequeña o grande, qué más da-- del consenso literario que te rodea. Nunca de todos. ¿Hasta qué punto puede ser esto cierto?


Pensemos por un momento en dos casos concretos: Víctor Ruiz Velasco y Teresa Cabrera, dos poetas asignados a la llamada generación del 2000. De los primeros libros de VRV solo podemos decir que su originalidad y llegada al lector puede estar debilitada por una “conexión” (no influencia) demasiado explícita con el Pound de los primeros libros, no el de los Cantos. Sin embargo, no me atrevería a afirmar, en ningún momento de su producción, que no es un poeta (un amigo en común me ha hablado muy bien de su reciente poemario, ganador de un importante premio en el Perú).


En el caso de Cabrera, su primer libro zozobra en una ambición desbocada por retratar a cierta Lima a partir de recursos formales (poemas cortos, brochazos sintéticos) que resultan insuficientes frente a la enormidad de su intención poética. Ello, a juzgar por unos poemas leídos en el cuarto número de la revista Poentos (Num. 4, Dic. 2011), no parece haber encontrado solución, sino que incluso puede hablarse de una acentuación de ese desencuentro entre los recursos formales escasos y la magnífica intencionalidad de su propuesta. Puede haber, aquí sí, una fisura que debilite la calidad poética de la escritora, aunque corre de su parte la juventud y la posibilidad, siempre presente, de terminar de entender su propio proceso poético y reformularlo.


Lo interesante es que, en ambos casos, no hay duda de que los dos poetas citados llegan de manera óptima a un nivel emocional –dentro del esquema hinostroziano— en su trabajo, y en el caso de la segunda, al menos intenta llegar a la emoción mental, con resultados cuestionables**.

No ocurre ello con otros poetas respaldados por la algarabía solidaria de sus entrañables. Y es que aquel que no llega a ninguno de estos niveles, el que simplemente trata a la poesía como una prolongación, un poco más libérrima, del discurso crítico-político-académico, sí está en serios problemas para lograr esa curiosa distinción de poeta en nuestro país***. Porque la especificidad del lenguaje poético no es un elemento axial en su trabajo –no se si por cansancio o por preocupaciones de otro tipo--, porque la confianza en la supuesta autosuficiencia de la poesía como discurso por sí mismo “corrosivo”, llega inocentemente a llenar las expectativas del autor, todo lo cual --seamos sencillos- indica que la poesía en cuanto creación no es una prioridad para esta persona.


De todo lo dicho, entonces, se podría desprender que, si el escritor no logra algún nivel de emoción en su lector (reparen en que no hablo de lector en general; el lector de poesía peruano normalmente no tiene el mismo background que el poeta, y su nivel de connivencia poética con el vate, o con el que funge de tal, normalmente no excede los versos “recordables” y la extenuada exposición de emociones y confesiones íntimas), es extremadamente difícil que llegue a la extrañamente codiciada condición que tanto le interesa.


Quedará acaso como un apilador de libros de trayectoria sinuosa y calidad inaprensible, al que siempre le servirá el consuelo --profundamente mediocre-- de que a Baudelaire no lo reconocieron durante su vida, y al final el tiempo le dio el lugar que se merece. Pero recuerden que “el tiempo” también les ha dado un lugar nada envidiable a poetas encumbrados en su momento, como Chocano, Jiménez, Nervo, incluso Neruda (salvo mejor opinión) y muchos más.






Seguimos...







(*) Tendría que elaborar una reseña del primer libro de Cabrera para terminar de dar sustento a lo que afirmo, algo que estoy siempre a punto de hacer, pero por desidia y falta de tiempo, no plasmo.

(**) Al matar a Dios en los albores de la modernidad (ver la entrevista citada), a Dios y a todo ente supraterrenal al que atenerse para vivir, y por lo tanto para juzgar, no queda a la crítica de poesía más que crear sus propias coordenadas que la ayuden a erigir pilares desde los cuales juzgar la calidad poética de lo producido. Así, entiendo aquí “calidad poética” como la cualidad de conmover a una colectividad lectora, sea en el campo de la emoción o en el campo de lo racional, mas con la ejecución acertada de ciertos rasgos formales y de expresión que sostengan y encajen con lo que el poeta quiere decir (Hinostroza prefiere el verbo “contar”) en su texto.

(***) En la parte final de esta entrega hablaremos de Berlín, de Guerrero.

6 comentarios:

  1. Anónimo28.2.12

    por que la diferencia, excerlente pregunta.

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  2. Anónimo29.2.12

    YO RECUERDO QUE UNA POETA DEL GRUPO COLMENA EN UNA PRESENTACION PUBLICA EN EL CENTRO C. ESPAÑA DIJO QUE V. RUIZ ES MEJOR POETA DE LA GENERACION 2000.

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  3. Un buen poeta como Rodolfo Hinostroza no tiene por fuerza que ser, como las farmacias, 24 horas lúcido. De hecho con que lo sea cuando escribe ya es pedirte bastante, lo que sería saludable es que fuera responsable. Renato Sandoval, además de un gran traductor y un intelectual a toda prueba en un poeta muy serio, respetuoso del oficio y con una obra reconocible y valiosa. Negar esto es un exceso que podría calificar como “burrada”.
    De Víctor Ruiz Velasco he leído Liebe y Delibad, que releeré este fin de semana para escribir una reseña. Aunque anterior, siento que en este libro su discurso logra una mayor fluidez y su relación con el lenguaje no muestra ciertos titubeos formales apreciables en Liebe, la mayoría aportados más por su relación con Hinostroza que con Pound. No he leído a Teresa Cabrera.

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  4. De hecho hay conexiones entre cierto Hinostroza y cierto Pound, así que lo que dices de los primeros libros de Ruiz, encaja perfectamente en lo que yo digo. Más aún si el propio poeta ha confesado su admiración por Pound. A Cabrera te la recomiendo con las reservas derivadas de mi texto. Saludos.

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  5. Anónimo2.3.12

    el mejor poeta del 2000 es Salomón Valderrama, experimentador, visceral, barroco, libetino. Es un grande que al final los burritos académicos tendrán que aceptar a regañadientes.

    El primo.

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  6. Anónimo2.3.12

    mucho machismo, agggg, la mejor poeta del dos mil es Arianna Castañeda, está a la altura de Pizarnik!!!!!


    Antonio

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