8.2.12





SER TODO LO QUE INVENTA MI MANO
La poesía de Laura Rosales


Este texto me fue enviado hace un tiempo por la poeta y profesora Sonia Luz Carrillo, pero se me quedó en el buzón de mensajes. Espero que no sea demasiado tarde...

Sonia Luz Carrillo

Tengo ante  mí la poesía de una joven escritora, Laura Rosales, a quien conocí en una mesa de lectura compartida, ocasión que me permitió constatar la rotundidad de su vocación poética.
Invitada ahora a presentar su primer libro, lo primero que me intriga es saber quién habla en Von, su primer poemario.  Me interesa indagar acerca de algunas de las características del sujeto que emerge de los textos, interés motivado por el hecho de que toda escritura establece identidades y más nítidamente,  cuando esta escritura  se da en clave de poesía.
Y así encuentro  desde el inicio, con los epígrafes de Washington Delgado y la poeta argentina Olga Orozco,  que la voz poética registra la huella que la cultura y el arte ha trazado en su visión de mundo;  significativamente,  el libro comienza con el poema “Muros y constelaciones”,  dos estancias, la primera titulada  “Sumergida en una pintura de Chagall”  y la segunda  “Contemplando una fotografía de F.A”. Pintura  y arte fotográfico  para “Encontrar la vida”, empiezan a delinear  la identidad  productora del discurso poético que  sugiere a la vez una comunidad de interpretación.
Más adelante,  hipertextos y referencias  puntuales continúan proclamando  afinidades y afiliaciones, especialmente en la primera parte del libro  donde, por ejemplo, la voz poética dialoga con  la célebre poeta suicida Alejandra Pizarnik  “Electrizada conmigo/ frente  al sauce/ despierta” (p. 16), o el piano de Chopin que deja oír “la tormenta infalible de un Dios nocturno” (p.17), seguido  por  Hokusai,  pintor y grabador japonés, “sueños del pájaro cometa/  música de bambúes /salidos del tintero/  tintero triste/ ahogado / en hermosura” (p.18).  El diálogo con Pizarnik, ícono de la desolación, la tormenta nocturna de Chopin y la tristeza en el tintero de Hokusai rápidamente instalan la tesitura  emocional del conjunto y del libro entero.
Tres son las partes de este poemario, Estancias del ensueño, Jardín interior y Patio de espejos y precisamente poetizar sugiere una operación de colocarse frente al espejo o asomarse temerariamente al  estanque de Narciso. En la primera parte una atenta subjetividad repasa la  obra de los otros a la luz de la propia mirada. Una contemplación activa y recreadora de las atmósferas planteadas casi siempre patinadas de una serena desolación. Sin embargo, hay más, queda patentizada  la determinación de construir  un espacio personal  y definido a pesar de las heridas  “Invento un lugar/  con flores y música/  donde oigo mi voz/ como el grito más grande / del mundo animal… sonrío con inexactitud”  dirá en “Islas”(p.21)  y en “Celdas”: “Arrojo mi corazón desde la montaña más alta/  apuñalo mi garganta con un talismán / El principio de mis voces en un muro/ el frenesí del tiempo..” (p.22).
Jardín interior,  se inicia con el poema “Beber de mi propia leche”, reafirmación  de una voluntad  de persistencia a través  de la escritura: “Ser todo/ lo que inventa / mi mano”. Sin embargo, en esta parte del poemario es fundamentalmente la memoria la que va creando los sentidos. Hay pérdida y melancolía en casi todos los textos. Permítanme detenerme en “¿Quién teje la madriguera del tiempo con orladas flores de inminencia?” en que la voz poética registra la nostalgia de lo vivido y trasmutado  a la vez que informa de las pequeñas o grandes pérdidas íntimas, privadas,  de las  que no hablarán los libros de historia.  (pp.29-30)
¿Recuerdas las cometas
atadas al árbol de casa?
¿A los columpios en sosiego
tras la espera de las sombras?

Se ha extinguido de la tierra
el verdor de los puentes
que lloran todavía;
los libros de historia
no hablarán de esto,
pero sí los pentagramas
sujetos a mi cadáver,
pero sí el vuelo
del rey pez sobre la vida,
sí la lluvia,
las piedras,
la telaraña sobre el bostezo
de mi sueño inexpugnable.

Dónde radica la desesperanza? Un verso sugiere el motivo: “Estoy varada en medio del jardín donde persiste la razón. Los fríos estandartes del mundo  han hecho de mí  una niña sin muñecas  un pequeño animal borrado por el fuego”.  Desolación sin estridencia  que solo es atajada  en   poemas  como “Toda la sal al viento”  contundente poema de amor que registra una vocación de autenticidad “nada de simulacros”  y donde nuevamente  encontramos las referencias culturales y artísticas: “somos de Bach, de Varo y de Tilsa / aquí pulsa una música azul /  y cantas” (p. 33) y el celebratorio “Mano viajera” dedicado a Carmen Luz Bejarano  “Mano sedienta descascara el mundo. /Emprende tu  vuelo  desde mi entraña a la luz / Mano que escribe y pinta / la música”  (p.35)
Patio de espejos trae nuevos tonos sin que se logre atenuar  la sensación de una atribulada memoria  en combate con los anhelos.
II

Terminó la vigilia de la desesperanza
a lámpara encendida
a rumor de luna en hermosura.

Camino de dioses
jardín musical
rastro de albatros

                                 ¡Cállate miedo!
En la atmósfera de Patio de espejos, como antes con Pizarnik, también habita la sombra de un joven muerto, el cantante Jeff Buckley,  en un texto que termina “jamás tanta soledad en el pudridero” (p. 41) imagen de la devastación y la inutilidad y que une a las referencias canónicas (Bach, Chagall, Chopin) rasgos de la cultura de los mass media. 
En este conjunto destacan, además,  las referencias  corporales. “Mi cuerpo es una playa solitaria”  dirá en el poema V (p. 43); “Solo mi cuerpo desvalido de donde las mariposas volaron” (p.48)  y en el VII “Extravío la música / junto al silencio y mi sexo / mi oído ciego /junto a una fuente / imbebible.// Sorda es la flor extinta / de mi corazón / y mi lengua.” (p.45).  
El espacio poético está marcado por la tarea de hurgar  en la memoria en búsqueda exasperada e infructuosa  “Mi voz existe en la memoria / no aquí”  (p.49)  y en otro poema dirá “Tejo los agujeros de mi pecho / donde busco goce en la memoria. /Tejo y destejo /sola / y sin manos.” 
El ser poeta, ya se trate de un sujeto hablante masculino o femenino,  emerge nimbado de la inutilidad, de prescindencia, en un mundo que privilegia la materialidad (gran tema contemporáneo).  Y así aparece en el libro de esta joven mujer  en el que, significativamente,  no existe  reclamos  “de género”. Son textos  que representan  instantes  intensamente vividos y meditados y que traen el recuerdo de  lo señalado por Josefina Ludmer  en Las tretas del débil (1984) acerca de la escritura de mujeres y las forma como las mujeres se han apropiado de lo que tradicionalmente se suponía extraño “leer en el discurso femenino el pensamiento abstracto”. Parafraseando, hallar en el discurso poético femenino la existencia en su complejidad.
La voz construida en VON  nos habla desde una subjetividad  transida de añoranzas de un tiempo ido y experiencias vitales iluminadas por los más diversos goces estéticos, manifestación de una situación histórica y discursiva de características precisas. Momento que sospecha de las utopías y que impulsa a una desafiante  pregunta: “¿Quién llora en su lenguaje invisible / la grisura del ser?”
Laura Rosales con VON nos deja esa y otras preguntas   y el desafío de hallarles respuesta.  Su mérito es la inquietud que nos provoca en su primer libro  en el que también se anuncia la determinación de ser todo lo que inventa su mano.  Bien  por ello.

Lima, 8 de setiembre de 2011
Instituto Raúl Porras Barrenechea.




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