10.3.12

Oscar Hahn sobre Rulfo y Bombal



Este texto, aparecido el mes pasado en La Tercera de Chile, y vuelto a publicar por la excelente página Letras S5, nos presenta un diálogo entre dos escritores latinoamericanos muy singulares. No tiene pierde.



"La amortajada", de María Luisa Bombal, y "Pedro Páramo", de Juan Rulfo, se internan en experiencias límites del ser humano. Un cuento de César Vallejo habría sido precursor de la célebre novela mexicana.

Capaces de concentrar una gran cantidad de calidad, en un número exiguo de páginas, hay autores cuya concisa bibliografía está compuesta de libros también muy breves. Es el caso de María Luisa Bombal y de Juan Rulfo. Nuestra gran escritora, cuyo centenario acabamos de celebrar, publicó dos novelas inmortales: La última niebla y La amortajada, y un puñado de cuentos de antología. Juan Rulfo editó sólo un par de libros: uno de cuentos, El llano en llamas, y una novela, Pedro Páramo. Dos obras maestras, y el resto es silencio, a pesar del esfuerzo de los editores por fabricarle nuevos libros. "He dejado de escribir porque se murió mi tío Ceferino, que era el que me contaba las historias", explicó Rulfo. Curiosas palabras de un hombre que en sus libros hacía hablar a los muertos. Es bueno saber que entre estos dos autores hay un punto de encuentro. Diversos testimonios indican que Rulfo sentía admiración por La amortajada (1938). Es una novela hecha a su medida: breve, poética, y que está narrada desde el punto de vista de una mujer que ha muerto y que repasa diversos momentos de su vida, mientras observa desde el ataúd a los que la rodean. Jorge Luis Borges, que reseñó la novela en la revista Sur, dijo: "Libro de triste magia, libro de oculta organización eficaz, libro que no olvidará nuestra América".

El nombre civil del escritor mexicano era casi más largo que sus obras: Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Pero como corresponde a un maestro de la economía verbal, lo redujo a tres sílabas: Juan Rulfo. Guiado por la cultura funeraria de su país, Rulfo también rompe los límites entre la vida y la muerte. En la novela de la Bombal esa ruptura se manifiesta a través de la experiencia de una sola persona; en la de Rulfo es un estado del mundo. Resultado, un clásico de la literatura universal: Pedro Páramo (1955). Empieza con estas célebres palabras: "Vine a Comala, porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo". Pronto comprobamos que aquello de que "vivía" es bastante relativo, porque Comala es un pueblo habitado por fantasmas: "Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle", dice una mujer que tanto puede estar viva como muerta.

Después de décadas de un regionalismo externo, plano y unidimensional, los narradores hispanoamericanos creían que la única forma de explorar otras posibilidades era optar por lo urbano y por diseccionar la psicología de los personajes, muchas veces bajo el canon del existencialismo. Rulfo sale con algo inesperado y bastante riesgoso. Se mantiene dentro del tradicional ámbito regionalista (la zona rural de Jalisco), pero ausculta otras dimensiones de lo real mediante procedimientos narrativos modernos, que incluyen el montaje cinematográfico. Borges también escribió algunas palabras sobre Pedro Páramo. Dice que desde las primeras líneas "el lector ya sabe que ha entrado en un texto fantástico, cuyas indefinidas ramificaciones no le es dado prever, pero cuya gravitación ya lo atrapa".

En este punto me gustaría llamar la atención del lector hacia un cuento precursor: "Más allá de la vida y la muerte", del escritor peruano César Vallejo, que fue escrito 32 años antes que Pedro Páramo y en el que hay un tratamiento de la muerte afín a Rulfo. En los dos relatos aparecen difuntos que deambulan por el mundo con aspecto de seres vivos comunes y corrientes y no como zombies o como espectros cubiertos con una sábana. El clímax del cuento de Vallejo ocurre cuando el protagonista regresa a su aldea natal después de una larga ausencia, y sale a recibirlo su madre, que lleva dos años muerta. El estupor del hijo frente a este hecho incomprensible sólo es igualado por la estupefacción de la mujer, que está teniendo una experiencia paralela, porque años antes ella vio morir a ese mismo hijo y no entiende cómo es que ahora ha llegado a su casa. El narrador termina con estas palabras: "No puede suceder tanto imposible".

Hay grandes escritores que apresaron la vida y la muerte en libros populosos y extensos. Pienso en Balzac, en Dickens, en Tolstoi, entre otras cumbres literarias. María Luisa Bombal y Juan Rulfo buscaron encerrarlas en un grano de arena.

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