12.5.12

El pulpo de Herman Melville




Pocos escritores hay en lengua inglesa tan complejos, parcialmente valorados y sinuosos como Herman Melville. Su novela más conocida, Moby Dick (1951), no es la mejor estructurada –la superan la poco estudiada Pierre o las ambigüedades y El hombre de confianza, para hablar solo de novelas extensas--.

En el libro LIX de la traducción de José María Valverde, que tiene logros agradables, el Pequod se topa con este monstruo marino que emerge y se sumerge en las aguas en su enormidad inconcebible, haciendo incluso que los tripulantes piensen que se trata de la ballena blanca y se apresten a darle caza. 

Pero el pulpo desaparece como monumental sorbo bajo el agua. 

La simbología del pulpo es clara: simboliza la inteligencia oculta del hombre, los pensamientos de las profundidades, del subconsciente, que constantemente emergen y se sumergen en nuestra psiquis.

Pero Melville no deja las cosas allí. Discurre sobre la naturaleza del pulpo según el naturalista noruego Erik Pontoppidan (cuyo apellido cita equivocadamente) y hasta se da tiempo para citar a la Biblia al final: un bajón narrativo que pudo haberse evitado si el genio estadounidense hubiera contenido su inclinación a la digresión y a demostrar erudición, como lo hace en tantos otros pasajes de Moby Dick.

(Como una nota amena adicional, en otro pasaje del libro, Melville se refiere al Perú como un reino bárbaro y fabuloso donde a los reyes se los nombra con epítetos como "grandes elefantes blancos").



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