Pocos escritores hay en lengua inglesa tan complejos,
parcialmente valorados y sinuosos como Herman Melville. Su novela más conocida,
Moby Dick (1951), no es la mejor estructurada –la superan la poco estudiada Pierre o las
ambigüedades y El hombre de confianza, para hablar solo de novelas extensas--.
En el libro LIX de la traducción de José María Valverde, que tiene logros
agradables, el Pequod se topa con este monstruo marino que emerge y se sumerge en las aguas en su enormidad inconcebible, haciendo incluso que los tripulantes
piensen que se trata de la ballena blanca y se apresten a darle caza.
Pero el
pulpo desaparece como monumental sorbo bajo el agua.
La simbología del pulpo es clara: simboliza la
inteligencia oculta del hombre, los pensamientos de las profundidades, del
subconsciente, que constantemente emergen y se sumergen en nuestra psiquis.
Pero Melville no deja las cosas allí. Discurre sobre la
naturaleza del pulpo según el naturalista noruego Erik Pontoppidan (cuyo
apellido cita equivocadamente) y hasta se da tiempo para citar a la Biblia al
final: un bajón narrativo que pudo haberse evitado si el genio estadounidense
hubiera contenido su inclinación a la digresión y a demostrar erudición, como
lo hace en tantos otros pasajes de Moby Dick.
(Como una nota amena adicional, en otro pasaje del libro, Melville se refiere al Perú como un reino bárbaro y fabuloso donde a los reyes se los nombra con epítetos como "grandes elefantes blancos").

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