14.8.12

Nuestro oso en la cristalería poética


¿Es suficiente haber escrito dos poemarios, acaso de los más importantes en la segunda mitad del siglo pasado, para tener que escuchar renuentemente las tropelías y desatinos de un poeta que tuvo su tiempo y su mejor voz hace por lo menos 30 ó 40 años?

Esta pregunta me vino a la mente mientras leía la entrevista que le hizo J.C. Yrigoyen a Rodolfo Hinostroza. Y casi inmediatamente recordé las cuidadosas palabras, llenas de cariño, sinceridad y afecto, que dedicó en 1988 el poeta Javier Sologuren a Javier Heraud, uno de los crecientes agraviados por la pluma dizque honesta --brutalmente desatinada diría-- del autor de Contranatura:

Nuevamente lo recuerdo trayendo consigo su alegría, su cordialidad expansiva, su clara bondad. Niño con los niños, le gustaba jugar con Gerardo, mi hijo mayor, que solo tenía cuatro años. Lo levantaba en brazos, lo lanzaba al aire para luego atraparlo con sus manos grandes y seguras.

Pero la lectura del poeta no se queda en la figura de Heraud, con quien discrepa incluso de sus opciones ideológicas; avanza hacia sus precoces poemas y los valora con la suave honestidad de los poetas sutiles: “El Río era un poema de versos breves y esbeltos que discurrían con grave gracia, reflexivos a la par que animados, ciertos en la honda transparencia de sus aguas”.

He dicho que Sologuren discrepaba políticamente con Heraud. Con el cuidado con las palabras que caracteriza a un creador despreocupado de los embustes de la fama efímera, Sologuren, con elegancia, apunta:

Contrario como soy a la violencia, no puedo dejar de lamentar sus dolorosas secuelas (las del acercamiento de Heraud a la guerrilla). Aún más tratándose de alguien como Javier del que tanto era legítimo esperar. Sin embargo, creo que alcanzó una madurez suficiente para recordársele como a un poeta, sin duda alguna notable, y como a un hombre que supo ajustar su conducta a sus palabras.

Me eximo de comparar ese cristalino actuar de Javier Heraud con los de otros miembros de su generación.

Nuestro brillante oso rompecristales ha direccionado su bronca artillería también contra Ricardo Silva Santisteban y Renato Sandoval. Del primero, el mismo Sologuren dice enfáticamente que “cada poema (de Tierra incógnita), signado por un elemento, no pretende, sin embargo, constituirse en una unidad mimética, cerrada y plena de las sugestiones originales del elemento. Por el contrario, en cada uno de ellos se entrecruzan las alusiones a otras sustancias…”

Luego agrega el autor del maravilloso Vida continua: “Ricardo Silva-Santisteban da cara a la realidad henchida de desconocimientos (cursivas mías, por supuesto), ante los que sale con las palabras descubridoras del sueño tras de los ojos y más allá de estos”.

¿Dónde está, pue, lo “sentencioso” y “retórico” que quiere encontrar Hinostroza en la poesía de RS-S para descalificarlo como poeta “a su nivel” (dicho sea como glosa: ¿puede haber algo más ridículo y limeñón que un poeta diciendo: tú sí lees conmigo porque estás a mi nivel; tú, no: eres un simple traductor o cualquier otra cosa?

El caso de Renato Sandoval roza ya el patetismo. En alguna ocasión se quejó de que lo programaran (a Sandoval) en un festival de poesía, porque era un traductor o un estudioso de las lenguas y no un poeta (¡hey¡, ¿vamos a dejar en la garra del oso de la cristalería la potestad de decir quién es y no es en el espacio poético local?).

Tuve una buena amistad con Renato Sandoval hasta hace un año más o menos. Su poesía no me dice gran cosa, pero solo si hubiera perdido la chaveta se me ocurriría descalificarla; nadie sabe los que la poesía es, y qué será en 10 o 20 años, y mucho menos el que ha perdido la gracia de las musas y el tino característico de los creadores. Ahora Hinostroza vuelve a atacarlo con un chisme de lo más impropio –aun cuando fuera estrictamente cierto- de alguien que ama la buena relación con los demás y realmente se concibe por encima de minucias embusteras.

Por último, contrastemos (des)honestidades brutales con algo parecido: ¿nadie
le ha dicho al señor Rodolfo Hinostroza que tal vez podemos ser poetas de nacimiento (yo personalmente no lo creo); pero que, de esto estoy más seguro: podemos dejar de ser poetas gracias a los estragos del psicoanálisis, la frustración, la pérdida de la atención foránea (recordemos que Octavio Paz, cuando leyó los poemas posteriores aContranatura, le dijo a Hinostroza: “pero, ¿por qué su poesía se ha vuelto tan oscura?” y el ego?

Last but non leastMemorial de Casa Grande, al margen de un ensayo mediocre recién publicado, que se ocupa de cosas externas al libro en sí, debe ser el peor poemario de su generación en más de 30 ó 40 años. Ninguno de los poemas que lo conforman están al nivel del más oscuro libro de Cisneros, Heraud, Martos e incluso Luis Hernández.

Apoyarse en cosas del pasado para pontificar sobre quienes son o no son poetas, y sobre vidas que no se conocen bien o que interesan “bajonear” para que los demás “suban”, es una actitud infantil, una regresión inaceptable en un autor de libros magníficos como Consejero del lobo, Contranatura y el poema “Nudo Borromeo”.

Ojalá que su próximo poemario, Los dioses, que tanto tarda en publicar, lo redima como poeta y exprese un retorno de las musas que tan bien lo asesoraron en los 60 y 70. 

4 comentarios:

  1. Anónimo15.8.12

    Bla bla bla en tu estanque, das pena pobre cojudo.
    Publica esto o no tendrás comentarios. Y date una vueltita por el Ccori Wasi, ahí te espero.

    Róger S.

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  2. Como Santiváñez está en EE UU ya sabemos de quién es este genial comentario.

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  3. Anónimo17.8.12

    Hacía mucho tiempo que nadie le decía las cosas en la cara a Hinostroza que vive de sus recuerdos. Bien ahí!!!

    Carlos

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  4. Anónimo19.8.12

    En el fondo lo que le duele a Hinostroza es que los jóvenes sigan leyendo a Heraud y lo hayan dejado de leer a él.

    Marina Vílchez

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