20.8.12

PABLO PALACIO EN LETRAS LIBRES


Leonardo Valencia publica en el número de este mes de Letras Libres una reseña sobre la obra del malogrado narrador ecuatoriano Pablo Palacio, autor de algunos de los libros de relatos y novelas breves más alucinantes del siglo veinte en Hispanoamérica. No tiene pierde.



En 1964, diecisiete años después de la muerte de Pablo Palacio, se publicaron sus obras completas. Ninguno de sus tres breves libros había pasado de la primera edición en vida del autor. Los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés (1927) y las novelas Débora (1927) y Vida del ahorcado (1932), no exceden un volumen de doscientas páginas.

Sin embargo, las ediciones de las obras del escritor ecuatoriano se han multiplicado en Ecuador, México, Cuba, Venezuela, Chile, Argentina y España, y Palacio ha merecido el elogio de autores como Enrique Vila-Matas, que ha comparado la audacia de su obra con la de Antonin Artaud. En el año 2000, bajo la dirección de Wilfrido Corral, Círculo de Lectores publicó la edición crítica más completa de su obra hasta la fecha. Pero las pausadas reencarnaciones editoriales se volvieron entusiasmo a partir 2009, cuando en Buenos Aires la editorial Final Abierto reeditó los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés, y en 2010 lo hizo en Madrid la editorial Veintisiete Letras, con un prólogo de Christopher Domínguez Michael. El mismo año, también en España, la editorial El Nadir recuperó su mayor novela, Vida del ahorcado; en Alemania, la editorial Martin Meidenbauer tradujo sus cuentos en un tomo y ahora proyecta otro con sus novelas. Finalmente, en 2012, Barataria reeditó la novela Débora.

¿A qué se debe este interés por Pablo Palacio? O, mejor dicho, ¿qué es lo que invita a esta sucesión de relecturas que lo ratifican no solo en la condición de clásico de la vanguardia latinoamericana, junto a escritores como Macedonio Fernández o Juan Emar, sino en el rango de los narradores de máxima eficacia proporcional a la reducida extensión de lo publicado? En principio, se trata de una obra que se presta a distintas interpretaciones porque no se agota en la mera anécdota, empezando por los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés. Débora  y Vida del ahorcado se configuran por secuencias de fragmentos en las que se establece siempre la condición conjetural de sus acciones y personajes, y en las que hay permanentes reflexiones sobre el proceso de escritura de una novela. También hay un fuerte componente de mito en su biografía: la locura de los años finales de Palacio desató una poderosa predisposición a justificar su literatura. Se buscó al hombre en la obra y se lo redujo a síntoma. A fin de cuentas todo lo que es invención y es nuevo, y por lo tanto no es reconocible, ha de ser considerado locura.
En 1964, diecisiete años después de la muerte de Pablo Palacio, se publicaron sus obras completas. Ninguno de sus tres breves libros había pasado de la primera edición en vida del autor. Los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés (1927) y las novelas Débora (1927) y Vida del ahorcado (1932), no exceden un volumen de doscientas páginas.

Sin embargo, las ediciones de las obras del escritor ecuatoriano se han multiplicado en Ecuador, México, Cuba, Venezuela, Chile, Argentina y España, y Palacio ha merecido el elogio de autores como Enrique Vila-Matas, que ha comparado la audacia de su obra con la de Antonin Artaud. En el año 2000, bajo la dirección de Wilfrido Corral, Círculo de Lectores publicó la edición crítica más completa de su obra hasta la fecha. Pero las pausadas reencarnaciones editoriales se volvieron entusiasmo a partir 2009, cuando en Buenos Aires la editorial Final Abierto reeditó los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés, y en 2010 lo hizo en Madrid la editorial Veintisiete Letras, con un prólogo de Christopher Domínguez Michael. El mismo año, también en España, la editorial El Nadir recuperó su mayor novela, Vida del ahorcado; en Alemania, la editorial Martin Meidenbauer tradujo sus cuentos en un tomo y ahora proyecta otro con sus novelas. Finalmente, en 2012, Barataria reeditó la novela Débora.

¿A qué se debe este interés por Pablo Palacio? O, mejor dicho, ¿qué es lo que invita a esta sucesión de relecturas que lo ratifican no solo en la condición de clásico de la vanguardia latinoamericana, junto a escritores como Macedonio Fernández o Juan Emar, sino en el rango de los narradores de máxima eficacia proporcional a la reducida extensión de lo publicado? En principio, se trata de una obra que se presta a distintas interpretaciones porque no se agota en la mera anécdota, empezando por los cuentos de Un hombre muerto a puntapiés. Débora  y Vida del ahorcado se configuran por secuencias de fragmentos en las que se establece siempre la condición conjetural de sus acciones y personajes, y en las que hay permanentes reflexiones sobre el proceso de escritura de una novela. También hay un fuerte componente de mito en su biografía: la locura de los años finales de Palacio desató una poderosa predisposición a justificar su literatura. Se buscó al hombre en la obra y se lo redujo a síntoma. A fin de cuentas todo lo que es invención y es nuevo, y por lo tanto no es reconocible, ha de ser considerado locura.

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