16.9.12

El Cuarteto de Alejandría revisitado




Gracias a la página de venta de libros de viejo Libros Raros en Facebook, logré recuperar, luego de varios años, los cuatro volúmenes que completan está impresionante tetralogía alucinada por Lawrence Durrell en los años 50 del siglo pasado.

El orden de los libros pocos lo tienen claro: el primer volumen es Justine, donde se describen con un nivel poético y, a la vez, con gran potencia narrativa, los amores y desencuentros entre Darley –el narrador—y la casi inasible Justine. Una suerte de juego de gato y el ratón amoroso en un escenario de ensueño y maravilla: Alejandría.

En el segundo volumen, titulado Balthazar, son los personajes llamados secundarios los que toman protagonismo. De hecho el doctor Balthazar examina bajo otras luces, en incluso “corrige”, lo sucedido en el volumen primero, y modifica en parte nuestra percepción, nuestra lectura de aquel. No en vano esta cita de Sade preside el segundo volumen:

El espejo ve al hombre hermoso, el espejo ama al hombre; otro espejo ve al hombre horrible y lo odia; y es siempre el mismo ser el que produce las impresiones.

Mountolive puede parecer un descanso con respecto a este complejo dispositivo en torno al amor que el autor ha creado con sus dos primeros tomos. Pero no hay que engañarse, porque si bien la principal preocupación en Mountolive, cuya ciudad sede es Egipto, es la política y el poder (los personajes egipcios, Nessim y Hosnani mueren durante una conspiración contra el gobierno), el amor está siempre presente, esta vez con la curiosa relación entre el diplomático inglés Mountolive y Leila, otro amor difícil expuesto con la prosa brillante y suavemente melancólica de Durrel.

Con Clea, cuarto y último volumen del arriesgado proyecto narrativo, el esfuerzo de más de 1,300 páginas se cierra con una aparente disgregación de los personajes que quedan vivos. La guerra es el agente principal de esta disociación, pero también lo es el agotamiento del amor humano, que no encuentra una cristalización duradera a lo largo del conjunto. La áspera separación entre Darley y Clea en las páginas finales de este cuarto volumen quedan flotando en el aire mental del lector:

--No te sirvo, Darley. Desde que estamos juntos no has escrito una sola línea. Ni siquiera tienes proyectos. Además, ya casi no lees.

¡Qué duros, qué turbados se habían vuelto esos ojos maravillosos! (…) Aquel impulso antiguo de confiarme al mundo a través de la literatura había fracasado, se había agotado en mí. La imagen del mundo mezquino de los editores se me hacía insoportable.

(…)

Después de una relación tan intensa como la nuestra aquella era en realidad una partida extrañamente fría y apática. Una especie de insensibilidad fantasmal perturbaba nuestros sentimientos. Había en mí un profundo dolor, pero no era tristeza. El muerto apretón de manos con que nos despedimos expresaba un curioso y verdadero vacío espiritual.

Es, pues, esta imposibilidad del amor humano “verdadero” la base de El cuarteto de Alejandría, así como la complejidad de un mundo que se vuelve un enemigo contra ese proyecto vital. Los personajes de Durrell, como nunca antes ni después lo logró en sus otros libros, viven, transpiran, sufren sus destinos con ese aliento a poesía y sin perder de vista la difícil estructura de un mundo ficcional pocas veces igualado al menos en el siglo veinte.

(En la imagen: Durrell presentando uno de sus libros.)

 

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