19.9.12

WILLIAM GADDIS, LOS RECONOCIMIENTOS





Hacia el final de la tarde, Otto caminaba solo, hacia el sur, por Madison Avenue, expresando con su cara un extremo de la concentración de vacuidad que se cruzaba por todas partes a su alrededor, las caras de mensajeros de oficina, de mecanógrafas expulsadas al aire nocturno, de jóvenes lúgubremente triunfantes, de detestables triunfadores de mediana edad, de mujeres que perseguían la elegancia y alcanzaban la mediocridad, que habían pasado la tarde gastando el dinero que sus cansados maridos habían pasado la tarde ganando, y de los propios maridos, que llegarían a casa minutos después de ellas, se serviría una copa y se sentarían mirando hacia otra parte. Cargado con su cartera, y con un pensamiento poco amable para todos sus conocidos, Otto llevaba la cabeza alta. Aunque se jactaba de desdeñar la soledad, miraba la atroz diversidad que se cruzaba torrencialmente con él como si confiara en identificar a alguien, en rescatar alguna cara del anonimato de la muchedumbre con un reconocimiento inmediatamente lamentado, y restarse a sí mismo. Hasta le tentaba con fuerza la idea de entablar conversación con desconocidos, y al pensarlo se acordó bruscamente de su padre, a quien había quedado en llamar por teléfono para acordar un lugar de cita para su primer encuentro. Esto le hizo interesarse súbitamente por todos los hombres de mediana edad y aspecto muy próspero que pasaban, codiciando alfileres de corbata de diamantes, un sombrero hongo, un pañuelo de Ascot, e incluso (aunque le hubiera chocado bastante que aquel hubiera sido “papá”) unas polainas gris perla. Era un problema que hasta ahora había resultado más fácil dejar sin resolver, y maldito fuera Edipo y todos los demás. Por el momento, el padre podía ser cualquiera que eligiera el hijo. En el preciso instante en que sus ojos se encontrasen con reconocimiento, aquello se acabaría.

---Fragmento de Los reconocimientos, de William Gaddis.

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