18.10.12

LECTURA NARRATOLÓGICA DE UN CUENTO DE ANTONIO GÁLVEZ RONCEROS

Sobre el cuento "La madrugada triste"


Por Víctor Coral




El cuento al cual me voy a referir no figura hasta el momento en libro alguno del autor. Fue publicado en el número 9 de la revista Almenara, dirigida por el Dr. Hernán Cavalié Cabrera, en mayo del año pasado. Se trata decididamente de un cuento de género policial clásico y está dividido en seis fragmentos o secciones que configuran el texto completo como un puzzle o como un corto cinematográfico compuesto de varias escenas conexas.

Antonio Gálvez Ronceros (Chincha, 1932) es uno de los narradores peruanos más considerados por la crítica especializada peruana y extranjera. Su obra, sin enbargo, aún no logra el reconocimiento que se merece.



Fragmento 1

El cuento se abre con un texto, numerado simplemente con la marca “Uno”, que ubica al lector en la escena del crimen. Lo relatado en esta parte cobra enorme vivacidad principalmente por el uso del tiempo presente (presente histórico o narrativo, según la narratología), que hace que los sucesos escabrosos que se relatan impregnen la memoria del lector de una manera eficaz e inmediata. Se trata, así, de una focalización omnisciente, donde la tarea de describir los asesinatos que van a ser motivo del nudo y del desenlace del relato están a cargo de un narrador librado de cualquier marca de subjetividad en el momento de ejercer su tarea narrativa.

Este primer fragmento, además, parece tener un carácter estratégico dentro de la economía estructural del cuento. Su inserción en primera instancia dentro de este, compromete al lector con la historia (o con el plot, como más específicamente lo llaman otros autores) casi desde el inicio de la lectura, y resulta muy difícil abandonar esta –la lectura- habiendo recibido la información central con la contundencia y de la manera tan objetiva como se hace en el fragmento “Uno”.


Fragmento 2

El segundo fragmento introduce un largo diálogo entre un sargento a cargo de una delegación policial de provincia, y un “hombre tembloroso” que intenta dar cuenta de la desaparición de su hermano y de su familia: un hombre, su mujer, y sus dos hijos. El narrador, esta vez, introduce en el discurso marcas subjetivas que muestran “conmovido” al sargento a cargo del caso, quien incluso se permite una observación conmiserativa cuando oye las edades de los hijos desaparecidos: “Son o eran demasiado tiernos”, afirma el policía.

De alguna manera este fragmento pone en juego al mismo denunciante como sospechoso, un segundo sospechoso en el relato, lo cual terminará complejizando la trama; un hábil recurso muy fructífero dentro del relato policial: ahora el lector estará pensando quién es el real culpable del horrendo crimen múltiple narrado en el primer fragmento.


Fragmento 3

Esta sección tiene la misión narratológica de introducir la escena del crimen vista a través de los ojos acuciosos de un destacamento policial encargado de las investigaciones del caso. Aparecen datos enigmáticos, aparentes incoherencias que llevan a pensar al capitán y jefe de la delegación algo que el propio lector empezará a sopesar: la desaparición de ciertos objetos sin valor material de la escena del crimen deben tener un papel dentro del crimen mismo o en la desaparición de los cuerpos.

El fragmento avanza, además, con el descubrimiento del cadáver de uno de los niños asesinados, y con el hallazgo de la falda de la madre en un recodo del río Paucartambo. Inmediatamente, al tío del denunciante lo someten a un interrogatorio, pero lo dejan libre por falta de pruebas, aunque las autoridades siguen desconfiando de él.

El fragmento, desde el punto de vista de la narratología, resulta muy interesante. Pone en juego un elemento esencial en el arte de narrar, a saber, lo que Genette llamaba “velocidad narrativa”. Esta está definida como “la relación entre una duración, la de la historia, medida en segundos, minutos, horas, días, meses y años, y una extensión: la del texto, medida en líneas y páginas”.

En efecto. Un análisis adicional nos deja apreciar que el narrador, en este fragmento, ha acumulado en una extensión textual breve, una serie de situaciones que, puestas unas tras otra dentro de una línea temporal, abarcan varios días, acaso semanas. La supresión de los diálogos, la técnica de la síntesis narrativa y algunos breves saltos temporales, permiten que el narrador haga avanzar la historia hasta dejarla donde le interesa estratégicamente.

      
Fragmento 4

Se trata de una sección breve en donde se da cuenta de dos hechos cruciales para el desarrollo de la historia. Primero, que un hombre empieza ha preocuparse por las cada vez más acuciosas e incisivas indagaciones de la policía, aunque no se revela su nombre. Luego, que este hombre escribe y envía ocho cartas a una persona analfabeta, pidiéndole que oculte las armas y los documentos “donde ningún extraño pudiera encontrarlos”.

El hecho de que una niña de doce años se encargue de leerle en voz alta las cartas a la destinataria, introduce, en mi opinión, un elemento simbólico, acaso el único del cuento: la púber simboliza a la pureza dentro de un entorno sórdido y amenazante; es como el elemento purificador de un medio envilecido por los sucesos y por la lucha entre indagantes y perseguido (o perseguidos).


Fragmento 5

Este fragmento, y el que finaliza el relato, son de los más extensos. En este, aparecen en la historia nuevos personajes que indagan sobre el extraño asesinato múltiple. Llega desde Lima una orden de que la PIP de Oxapampa se encargue del caso, por lo que el comisario de esa institución en la zona llega a San Miguel de Cuyo, lugar donde había sido cometido el brutal crimen colectivo, y sin muchas dilaciones da con un tercer elemento sospechoso: un peón llamado Alarza Aspur, que se encontraba preso por haber tenido antecedentes por ataque con armas a un guardia civil.

El lector, por supuesto, pasa rápidamente de una configuración narrativa a otra muy distinta. El abanico de sospechosos se amplía y, acaso, todo lo que había venido pensando sobre el asesinato múltiple se ve replanteado.

Ahora, el comisario recién llegado detiene a la mujer del peón y la somete a un interrogatorio en su propia casa. Esto parecer dar muy buenos resultados, pues lo que el fragmento “Seis” nos revela es la anagnórisis de los hechos, el descubrimiento final no solo de los asesinos sino de la forma, el móvil y aun la manera en que se pusieron en contacto con la familia a quien iban a matar.


Fragmento 6

Tal vez sea la más extensa e interesante de todas las secciones que componen el cuento. Escrita en segunda persona, aunque por ratos se acerca a lo que se conoce como un monólogo interior, encontramos al comisario Román del Pino relatando, en tono de reproche e indignación, con una certeza casi alarmante, todos los pasos que dieron los asesinos (Aspur y su esposa), desde su llegada a la casa de sus víctimas, hasta su desaparición y el miserable robo de una escopeta marca Stevens y de unos documentos personales que pretendió adulterar el peón asesino.

Repetir aquí la casi exquisita forma en que el comisario logró reproducir los aborrecibles sucesos, sería extenuante. Más importante es enfocarnos en la forma en que la destreza narrativa de Gálvez Ronceros permite al lector enterarse del desenlace del misterioso asesinato múltiple casi sin respiro. Hablamos de una larga y casi galopante sucesión de hechos realizados por los esposos, e incluso lo que sintieron, temieron, especularon mientras ponían en práctica su execrable crimen.

Para ello se ha valido de una extensa relación de los sucesos en donde, acaso, el tiempo de la narración y el tiempo del discurso han llegado a una compenetración poco lograda en otros relatos policiales peruanos. Esto me hace recordar algo que planteaba el hermeneuta y especialista en narrativa Paul Ricoeur sobre la relación entre experiencia humana y el acto de narrar:

Existe entre la actividad de contar una historia y el carácter temporal de la experiencia humana una correlación que no es puramente accidental.

Es decir que el tiempo se convierte en una experiencia humana en la medida en que se manifiesta de una manera narrativa y, asimismo, la narrativa obtiene su significación más intensa cuando es condición de la existencia temporal.

Esta síntesis, que es signo de gran nivel o quizá de excelencia en lo narrativo, parece haber sido posible solo tras una compenetración intensa del autor con los sucesos de la vida real que le sirvieron como base para elaborar el relato. Se sabe que los hechos que de manera tan especial e idiosincrática han sido expuestos en el relato de Gálvez Ronceros, constituyeron un caso policial muy sonado en la década de los setenta. Así, la identificación del autor con la vida de la gente humilde y sus a veces irritantes (debido a al abuso del poder y sus consecuencias), a veces tristes (como lo señala el título) desavenencias, puede haber sido esencial en la cohesión y en la excelencia lograda en los puntos más altos de un relato que, sin lugar a dudas, merece una mayor difusión, como toda la obra de Antonio Gálvez Ronceros que no se encuadra dentro de la temática llamada afroperuana.

    

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