28.2.12

¿PUEDE UNO NO SER UN POETA? II


Este particular, a lo largo de casi veinte años de conversaciones y contactos con artistas narradores y músicos, jamás ha oído a alguien poner en duda la ‘artisticidad’, ‘narratividad’ o ‘musicalidad’ de un creador en esos campos. Parece ser que el solo hecho de que alguien pinte o haga instalaciones o performances, de que alguien escriba novelas y/o libros de cuentos, de que alguien toque un instrumento o haga chillar una guitarra o aporree una batería, es razón suficiente para considerarlo narrador, músico o artista plástico, según el caso.

En el campo poético, sin embargo, el cuestionamiento del propio estatus es recurrente; vuelve una y otra vez, como una maldición, ideas de que alguien “no es poeta”, “escribe versos pero no tiene obra”, “perpetra textos que no logra plasmar en poemas”, “solo es poeta para sus cuatro amigos”, “es demasiado intelectual para ser un poeta” (sic), y cosas peores que abundan, pero de una manera cobarde --otros la llamarán “estratégica”--, en habladurías, chismes y tertulias porosas.


¿Por qué la diferencia?


La última vez que recuerdo que alguien negó rotundamente la calidad de poeta a alguien fue hace unos pocos años, cuando Rodolfo Hinostroza destrozó el ego de mi amigo Renato Sandoval al afirmar que es “un traductor y no un poeta”.


Tal vez una suerte de explicación la podamos encontrar en una entrevista de 1984 que le hace Carlos Molina al autor de “Nudo Borromeo”, para la revista Lienzo 5. El entrevistador pregunta al poeta sobre la “reducción de la dimensión lírica del poema”, y RH responde:



Si uno hace un tipo de poesía que se dirige nada más que a la emoción evidentemente está reducido al nivel emocional. La poesía que yo practico no se dirige únicamente al nivel emocional. En ese caso, lo que yo pierdo por el lado emocional lo gano por el lado mental. Lo que hay es una reducción de la gente informada, que tiene los datos culturales para recibir este mensaje, si tú quieres colocarlo como mensaje. (pp 68)


Aunque años después el mismo Hinostroza se encargó de desdecirse y afirmar un “retorno” a formas simples –algo que dio por resultado su menos logrado poemario: Memorial de casa grande--, sin duda, como en los casos de Valéry, Ashbery, Stevens, Ojeda y otros, estamos aquí frente a una concepción moderna de la poesía. Se ha abandonado la ecuación romántica, poesía = expresión de sentimientos, para hablar de dos niveles jerarquizados: el nivel emocional (primario) y el nivel mental (superior). Tal vez para algunos poetas, los que escriben en el llamado nivel primario no sean poetas (¡o solo ellos lo sean!), tal vez para otros solo el que alcanza a dominar ambos niveles deba ser considerado como tal.


Pero hay un matiz. Hinostroza habla de “emoción”, y uno puede emocionarse espiritualmente, por decirlo en tono de vals, o mentalmente, como te emocionan las circunvoluciones discursivas asombrosas de un Ashbery. La posibilidad de emocionar, así, parece ser la clave para la calificación de una persona como poeta, más allá del número de libros que haya publicado, de los respaldadores que tenga, o incluso de la concepción poética que propugne o pretenda practicar.


En otras palabras, si lo que escribes no emociona a tu lector, si no lo inquieta, lo pone a pensar, lo cuestiona, lo conmina, entonces tal vez tu condición de poeta estará siempre entre paréntesis; solo tendrás derecho a recibir esa peculiar distinción cultural por parte de una sección –pequeña o grande, qué más da-- del consenso literario que te rodea. Nunca de todos. ¿Hasta qué punto puede ser esto cierto?


Pensemos por un momento en dos casos concretos: Víctor Ruiz Velasco y Teresa Cabrera, dos poetas asignados a la llamada generación del 2000. De los primeros libros de VRV solo podemos decir que su originalidad y llegada al lector puede estar debilitada por una “conexión” (no influencia) demasiado explícita con el Pound de los primeros libros, no el de los Cantos. Sin embargo, no me atrevería a afirmar, en ningún momento de su producción, que no es un poeta (un amigo en común me ha hablado muy bien de su reciente poemario, ganador de un importante premio en el Perú).


En el caso de Cabrera, su primer libro zozobra en una ambición desbocada por retratar a cierta Lima a partir de recursos formales (poemas cortos, brochazos sintéticos) que resultan insuficientes frente a la enormidad de su intención poética. Ello, a juzgar por unos poemas leídos en el cuarto número de la revista Poentos (Num. 4, Dic. 2011), no parece haber encontrado solución, sino que incluso puede hablarse de una acentuación de ese desencuentro entre los recursos formales escasos y la magnífica intencionalidad de su propuesta. Puede haber, aquí sí, una fisura que debilite la calidad poética de la escritora, aunque corre de su parte la juventud y la posibilidad, siempre presente, de terminar de entender su propio proceso poético y reformularlo.


Lo interesante es que, en ambos casos, no hay duda de que los dos poetas citados llegan de manera óptima a un nivel emocional –dentro del esquema hinostroziano— en su trabajo, y en el caso de la segunda, al menos intenta llegar a la emoción mental, con resultados cuestionables**.

No ocurre ello con otros poetas respaldados por la algarabía solidaria de sus entrañables. Y es que aquel que no llega a ninguno de estos niveles, el que simplemente trata a la poesía como una prolongación, un poco más libérrima, del discurso crítico-político-académico, sí está en serios problemas para lograr esa curiosa distinción de poeta en nuestro país***. Porque la especificidad del lenguaje poético no es un elemento axial en su trabajo –no se si por cansancio o por preocupaciones de otro tipo--, porque la confianza en la supuesta autosuficiencia de la poesía como discurso por sí mismo “corrosivo”, llega inocentemente a llenar las expectativas del autor, todo lo cual --seamos sencillos- indica que la poesía en cuanto creación no es una prioridad para esta persona.


De todo lo dicho, entonces, se podría desprender que, si el escritor no logra algún nivel de emoción en su lector (reparen en que no hablo de lector en general; el lector de poesía peruano normalmente no tiene el mismo background que el poeta, y su nivel de connivencia poética con el vate, o con el que funge de tal, normalmente no excede los versos “recordables” y la extenuada exposición de emociones y confesiones íntimas), es extremadamente difícil que llegue a la extrañamente codiciada condición que tanto le interesa.


Quedará acaso como un apilador de libros de trayectoria sinuosa y calidad inaprensible, al que siempre le servirá el consuelo --profundamente mediocre-- de que a Baudelaire no lo reconocieron durante su vida, y al final el tiempo le dio el lugar que se merece. Pero recuerden que “el tiempo” también les ha dado un lugar nada envidiable a poetas encumbrados en su momento, como Chocano, Jiménez, Nervo, incluso Neruda (salvo mejor opinión) y muchos más.






Seguimos...







(*) Tendría que elaborar una reseña del primer libro de Cabrera para terminar de dar sustento a lo que afirmo, algo que estoy siempre a punto de hacer, pero por desidia y falta de tiempo, no plasmo.

(**) Al matar a Dios en los albores de la modernidad (ver la entrevista citada), a Dios y a todo ente supraterrenal al que atenerse para vivir, y por lo tanto para juzgar, no queda a la crítica de poesía más que crear sus propias coordenadas que la ayuden a erigir pilares desde los cuales juzgar la calidad poética de lo producido. Así, entiendo aquí “calidad poética” como la cualidad de conmover a una colectividad lectora, sea en el campo de la emoción o en el campo de lo racional, mas con la ejecución acertada de ciertos rasgos formales y de expresión que sostengan y encajen con lo que el poeta quiere decir (Hinostroza prefiere el verbo “contar”) en su texto.

(***) En la parte final de esta entrega hablaremos de Berlín, de Guerrero.

25.2.12

Chacho Martínez: diez años de ausencia



Conocí a este entrañable poeta en las afueras de San Marcos, hace unos nueve años. Le gustaba juntarse con los entonces aún jóvenes poetas de los noventa. Bebía a discreción y solía contar anécdotas muy curiosas y hacer bromas terribles a los malos poetas de su generación. Pero, sobre todo, era un hombre que vivía en poesía, hablaba de ella, la respiraba... Esta nota de La República de hoy, nos lo trae a la memoria una vez más. ¡Salud, Chacho!


Hace diez años murió Cesáreo “Chacho” Martínez, el poeta que se alineó con los sindicatos y causas populares. La Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle y la editorial San Marcos presentarán hoy la reedición del poemario Donde mancó el árbol de la espada y arco iris (bando para que la dirigencia se alinee con las masas).


Las palabras de rigor estarán a cargo de los escritores, compañeros de rutas y también de mesas Oswaldo Reynoso y Maynor Freire. También del poeta Raúl Jurado. La cita es en la escuela de posgrado de La Cantuta (calle Los Agrícolas 280, Urb. Las Acacias, La Molina, a las 6.30 pm. El ingreso es libre.

El recordado poeta nació en Cotahuasi, Arequipa, en 1945. Además de poesía, hizo el periodismo cultural. Estudió en la Universidad de San Marcos. La muerte lo sorprendió en el 2002.

Además de Donde mancó el árbol..., publicó Cinco razones puras para comprometerse (con la huelga), libro emblemático de los años 70 y 80. Celebración de Sara Botticelli y El sordo cantar de Lima. También un libro de entrevistas.

16.2.12

ESTANTE de libros, revistas, cómics y más



Nace una nueva revista literaria, dedicada exclusivamente a la difusión y crítica de las principales publicaciones literarias que surgen en nuestro país actualmente.

Como se sabe bien, la crítica literaria periodística desfallece de desatención y falta de espacio. Se asfixia en sus reducidos y hasta ridículos espacios que aún les quedan en los medios tradicionales.

Para llenar ese enorme vacío, con reseñas de largo aliento, libros bien leídos y buena onda, surge ESTANTE como la alternativa al telegrafismo de la crítica famélica en diarios.

Más información sobre esta propuesta, en breve.

Saludos a los responsables de esta iniciativa.


pd: hoy empieza legalmente ESTANTE, revista de libros, cómic, revistas y más. Esperemos que nos acompañen. Saludos.


14.2.12

El fugaz paso de los poeta malos

Una interesante reseña de Nosotros Matamos Menos me llama la atención. No me referiré al libro cuestionado, pues no he hecho el esfuerzo de leer más que la mitad de los poemarios que reúne, sino a la posibilidad que parece proponer el reseñista: alguien puede no ser poeta hasta los 30 (las edades son aproximadas) y lograr entrar al mundo de la poesía a los 37, gracias a unos cuantos poemas supuestamente atendibles.

Antes que preguntarme si ese autor criticado puede ser poeta (lo cual reduciría todo a una cuestión personal y hasta mezquina), prefiero ir por la vía negativa –o más bien oblicua— y examinar si alguien puede no ser poeta en absoluto, incluso en potencia.

Parece innegable que todo ser humano con cierta relación despierta con la poesía, puede servirse de unos versos para “expresar” algún sentimiento, alguna inquietud interna. ¿Ello lo convertiría inmediatamente en poeta? Y aun alguien que ya empezó una carrera --a trompicones, de manera consensualmente fallida, con tres libros de poemas--, ¿puede súbitamente quedar convertido en un compañero de Eielson y de Adán por la obra y gracia de un par de textos nuevos?

Claramente se ve que esta visión del hecho poético se sostiene sobre dos ideas: una importada de la ciencia, la evolución, y otra supérstite del inacabable Romanticismo, tiempo en el cual empieza a equipararse, de una manera reduccionista: poesía = expresión de sentimientos. Pero, claramente se ve, también, que en muchos casos lo que hay en un poeta verdadero es una involución más bien: los últimos poemarios de Eielson no están a la altura de muchos de los anteriores, lo mismo sucede con Hinostroza, con Cisneros, y con otros grandes poetas de nuestro país.

Tendremos, así, que desgarrar las veladuras del lenguaje un poco, para ver la desnudez cegadora del poeta, o la nadería trapacera del no poeta. Lorand Gaspar:

Todo sucede como si hubiera en la vida del hombre algún contenido que exigiera manifestarse, ser comunicado y no lo consiguiera más que “jugando” con el lenguaje, deshaciéndolo y remodelándolo, corroyéndolo, escarbándolo, encontrando en él energías, relaciones, vínculos desconocidos, olvidados, recubiertos por alguna costra de oxidación, encerrados en el cascarón de algún proceso fibroso. (…) Para llegar a pesar de todo a la palabra, o al menos intentarlo, entonces hay que reaprender a hablar. (cursivas del autor)

Dos ideas claves, definitorias entonces: manipular el lenguaje irrespetándolo (vamos a decirlo así), pongamos que a la manera de un Santiváñez, o de un Favarón; o aprender de nuevo a hablar, lo que exige olvidarse del habla sustentada, sólida, “clara” del no poeta, del mero intelectual. Pero aquí llega Michaux a restregarnos algo más:

La lengua de la poesía no se deja encerrar en ninguna categoría, no puede ser resumida por ninguna demostración. Ni instrumento, ni ornamento, escruta una palabra que acarrea en ella las edades y el espacio fugaz, fundadora de piedras y de historia, lugar de acogida de sus cenizas. Se mueve al compás que hace los imperios y los arruina.


(…)


No se justifica la poesía y esta no necesita defensores; intento solamente ver lo que en mí, instruido por la precisión, va de modo tan inalterable hacia el tanteo nocturno, en busca de una precisión otra, más rocallosa.

No es, así, la feble precisión inocua del lengua de la medianía la que hace la poesía (y la que hace al poeta, consecuentemente), sino otra precisión que para Michaux puede ser lítica, pero para un Cisneros puede ser íntimista, y para Ollé puede ser absolutamente corporal…

Y lo principal acá es el reconocimiento de que una poesía que necesita justificación y defensores (y sí, esta es una alusión directa al libro reseñado en NMN), evidencia falta de plenitud; es como una escultura-argamasa informe que es necesario sostener por este lado, apuntalar por el otro, vivificar por este, para que siga dando la impresión de que recoge algo de lo real (que según Gaspar citando a Matisse, es lo que queda después de que uno se ha quedado sin nada que decir –cito de memoria) y de esa movilidad huidiza, y solo aparentemente coincidente con la dinámica de la naturaleza, que tiene la poesía actual; esa especialidad de lo poético tan difícil de alcanzar.

Tal vez por esto, por una incomprensión que es a la vez incapacidad de congeniar con la movilidad de lo real poético, es que suceden cosas aparentemente peculiares: un poeta logra resultados excepcionales con un lenguaje coloquial, sencillo y fiel a su limitada precisión (otra vez Cisneros), mientras que otro, empuñando las mismas armas décadas después, se ahoga en el vaivén de sus propios despropósitos versiculares; y muy lejos de este último, un Montalbetti o un Ramírez Ruiz tocan fibras de complejidad superiores con formas de asumir el lenguaje absolutamente exigentes y rupturistas, en tanto que otros más jóvenes regurgitan versículos que repudian sentido, comunicación y conmoción (los poetas han repetido hasta el cansancio que lo que la poesía lo que busca es principalmente conmover) en una pose experimental que pronto requerirá, tristemente, su propia justificación.

Vaya esto por delante, a manera de conclusión inicial –luego volveré sobre este tema: parece que nada impide pensar que todos somos poetas en potencia, o bajo ciertas circunstancias (hace poco escuché a un narrador aún joven un piropo realmente poético a una chica; por otro lado, no pocos grafitis tienen esa calidad especializada).

Pero ello tiene poco que ver con la idea del poeta como, no solo el que se empecina en adunar uno tras otros poemarios intrascendentes, sino con aquel que usa esa constancia más bien para internarse en los pliegues aglutinantes de lo poético, para así comprenderlo mejor y establecer ese vínculo intangible con unos atributos hoy incuestionables: lo proliferante, la movilidad, el descentramiento y la multiplicidad de los discursos, la desaparición u ocultamiento del yo poético, y, sobre todo, ese reaprender el habla, ese desgarrar, desollar el lenguaje para buscar su verdad; la de la poesía y la del poeta.

(Toño Cisneros, gran poeta peruano.)

David Grossman en Letras Libres




En el reciente número de la revista Letras Libres encuentro una entrevista al novelista David Grossman, autor de La vida entera (2010) y uno de los cronistas más fieles del Israel actual, que mezcla fantasía y realidad en cantidades solo atribuibles a un gran chef. Aquí la breve entrevista:

--¿Por qué escribe, qué le inspira a ejercer la escritura como profesión?
La respuesta a esa pregunta ha cambiado a lo largo de los años. En un principio fue un arranque de pasión, una necesidad incontrolable como la que acompaña al sexo. El sentimiento arrebatador de un joven hombre que no piensa en los porqués y solo sigue su instinto. Quería escribir porque necesitaba encontrar un lugar en el mundo. Sin embargo con el paso del tiempo esa pasión, aunque omnipresente, se ha ido transformando en una necesidad de entender la realidad y, en esa medida, de entenderme a mí mismo.
--Del compendio de su obra, ¿cuál de sus libros considera el más personal, el más íntimo?
En realidad todos mis libros son muy íntimos, no escribo sobre cosas que no sean profundamente relevantes para mí. Como escritor me parece injusto elegir a uno de entre todos mis hijos, literariamente hablando, por encima de los demás. Espero que hacia el final de mi vida pueda ver en retrospectiva todos y cada uno de los libros que haya escrito y calificarlos de esenciales, en la misma medida en que cada uno de los órganos del cuerpo resulta esencial para el hombre.
--Sus padres ejercieron una influencia muy importante en su formación personal e, incluso, profesional. Lo siguen haciendo a la fecha, viven en la misma ciudad y los ve con frecuencia. Con su padre comparte cada nueva traducción de su obra y siempre ha sido uno de sus primeros lectores. ¿Cómo describiría su relación?
Creo que nuestra relación es muy buena aunque fui un niño muy difícil de criar, rebelde y obstinado. Siempre supe lo que quería de mí pero invariablemente contradecía sus expectativas. No podía renunciar a mi sueño de infancia, vinculado con el arte, que después se manifestó en la escritura. En aquella época era una decisión arriesgada y, sobre todo, sospechosa, algo que siempre lo mortificó, pues, por lo complicado de su historia entre la Europa de la Shoa y el naciente Israel, rehuía cualquier cosa que llamase la atención innecesariamente. Ahora, tantos años después y a nuestras respectivas edades, lo que me resulta fundamental y no cesa de impresionarme es que, para mí, sigue siendo un padre en toda la extensión de la palabra.

9.2.12

El blog de Jaime Bedoya




Haríamos bien los peruanos en visitar con más frecuencia el blog del escritor y cronista Jaime Bedoya: el humor y la lucidez son casi una norma en este sitio. Basta darle una mirada a su post sobre el Movadef para saber que se está leyendo a un pensador interesante, profundo, sin dejar de ser legible y divertido. Recomendado.


"ES UNA ABERRACION que jóvenes que gateaban cuando Sendero Luminoso mataba gente pida ahora la amnistía para Abimael Guzman. Es un error explicar eso con el argumento de que están desinformados. Todo lo contrario. Los del Movadef saben perfectamente lo que están haciendo. Y lo han estado llevando a cabo en silencio y organizadamente, recurriendo a una estrategia programática. Ninguna generación como esta ha tenido, gracias a internet, la posibilidad de informarse sobre la historia reciente del país. Oir a una chica de veintipocos decir en televisión que Guzmán es un hombre consecuente con sus ideas no es escuchar a una chiquilla despistada, es oir a una militante radical para quien la sangre es solo color rojo. Los desinformados, somnolientos y perezosos, tal como sucedió en los ochentas, hemos sido el resto. La cómoda parálisis que suscita el bienestar propio, desinteresado del de los demás".


8.2.12





SER TODO LO QUE INVENTA MI MANO
La poesía de Laura Rosales


Este texto me fue enviado hace un tiempo por la poeta y profesora Sonia Luz Carrillo, pero se me quedó en el buzón de mensajes. Espero que no sea demasiado tarde...

Sonia Luz Carrillo

Tengo ante  mí la poesía de una joven escritora, Laura Rosales, a quien conocí en una mesa de lectura compartida, ocasión que me permitió constatar la rotundidad de su vocación poética.
Invitada ahora a presentar su primer libro, lo primero que me intriga es saber quién habla en Von, su primer poemario.  Me interesa indagar acerca de algunas de las características del sujeto que emerge de los textos, interés motivado por el hecho de que toda escritura establece identidades y más nítidamente,  cuando esta escritura  se da en clave de poesía.
Y así encuentro  desde el inicio, con los epígrafes de Washington Delgado y la poeta argentina Olga Orozco,  que la voz poética registra la huella que la cultura y el arte ha trazado en su visión de mundo;  significativamente,  el libro comienza con el poema “Muros y constelaciones”,  dos estancias, la primera titulada  “Sumergida en una pintura de Chagall”  y la segunda  “Contemplando una fotografía de F.A”. Pintura  y arte fotográfico  para “Encontrar la vida”, empiezan a delinear  la identidad  productora del discurso poético que  sugiere a la vez una comunidad de interpretación.
Más adelante,  hipertextos y referencias  puntuales continúan proclamando  afinidades y afiliaciones, especialmente en la primera parte del libro  donde, por ejemplo, la voz poética dialoga con  la célebre poeta suicida Alejandra Pizarnik  “Electrizada conmigo/ frente  al sauce/ despierta” (p. 16), o el piano de Chopin que deja oír “la tormenta infalible de un Dios nocturno” (p.17), seguido  por  Hokusai,  pintor y grabador japonés, “sueños del pájaro cometa/  música de bambúes /salidos del tintero/  tintero triste/ ahogado / en hermosura” (p.18).  El diálogo con Pizarnik, ícono de la desolación, la tormenta nocturna de Chopin y la tristeza en el tintero de Hokusai rápidamente instalan la tesitura  emocional del conjunto y del libro entero.
Tres son las partes de este poemario, Estancias del ensueño, Jardín interior y Patio de espejos y precisamente poetizar sugiere una operación de colocarse frente al espejo o asomarse temerariamente al  estanque de Narciso. En la primera parte una atenta subjetividad repasa la  obra de los otros a la luz de la propia mirada. Una contemplación activa y recreadora de las atmósferas planteadas casi siempre patinadas de una serena desolación. Sin embargo, hay más, queda patentizada  la determinación de construir  un espacio personal  y definido a pesar de las heridas  “Invento un lugar/  con flores y música/  donde oigo mi voz/ como el grito más grande / del mundo animal… sonrío con inexactitud”  dirá en “Islas”(p.21)  y en “Celdas”: “Arrojo mi corazón desde la montaña más alta/  apuñalo mi garganta con un talismán / El principio de mis voces en un muro/ el frenesí del tiempo..” (p.22).
Jardín interior,  se inicia con el poema “Beber de mi propia leche”, reafirmación  de una voluntad  de persistencia a través  de la escritura: “Ser todo/ lo que inventa / mi mano”. Sin embargo, en esta parte del poemario es fundamentalmente la memoria la que va creando los sentidos. Hay pérdida y melancolía en casi todos los textos. Permítanme detenerme en “¿Quién teje la madriguera del tiempo con orladas flores de inminencia?” en que la voz poética registra la nostalgia de lo vivido y trasmutado  a la vez que informa de las pequeñas o grandes pérdidas íntimas, privadas,  de las  que no hablarán los libros de historia.  (pp.29-30)
¿Recuerdas las cometas
atadas al árbol de casa?
¿A los columpios en sosiego
tras la espera de las sombras?

Se ha extinguido de la tierra
el verdor de los puentes
que lloran todavía;
los libros de historia
no hablarán de esto,
pero sí los pentagramas
sujetos a mi cadáver,
pero sí el vuelo
del rey pez sobre la vida,
sí la lluvia,
las piedras,
la telaraña sobre el bostezo
de mi sueño inexpugnable.

Dónde radica la desesperanza? Un verso sugiere el motivo: “Estoy varada en medio del jardín donde persiste la razón. Los fríos estandartes del mundo  han hecho de mí  una niña sin muñecas  un pequeño animal borrado por el fuego”.  Desolación sin estridencia  que solo es atajada  en   poemas  como “Toda la sal al viento”  contundente poema de amor que registra una vocación de autenticidad “nada de simulacros”  y donde nuevamente  encontramos las referencias culturales y artísticas: “somos de Bach, de Varo y de Tilsa / aquí pulsa una música azul /  y cantas” (p. 33) y el celebratorio “Mano viajera” dedicado a Carmen Luz Bejarano  “Mano sedienta descascara el mundo. /Emprende tu  vuelo  desde mi entraña a la luz / Mano que escribe y pinta / la música”  (p.35)
Patio de espejos trae nuevos tonos sin que se logre atenuar  la sensación de una atribulada memoria  en combate con los anhelos.
II

Terminó la vigilia de la desesperanza
a lámpara encendida
a rumor de luna en hermosura.

Camino de dioses
jardín musical
rastro de albatros

                                 ¡Cállate miedo!
En la atmósfera de Patio de espejos, como antes con Pizarnik, también habita la sombra de un joven muerto, el cantante Jeff Buckley,  en un texto que termina “jamás tanta soledad en el pudridero” (p. 41) imagen de la devastación y la inutilidad y que une a las referencias canónicas (Bach, Chagall, Chopin) rasgos de la cultura de los mass media. 
En este conjunto destacan, además,  las referencias  corporales. “Mi cuerpo es una playa solitaria”  dirá en el poema V (p. 43); “Solo mi cuerpo desvalido de donde las mariposas volaron” (p.48)  y en el VII “Extravío la música / junto al silencio y mi sexo / mi oído ciego /junto a una fuente / imbebible.// Sorda es la flor extinta / de mi corazón / y mi lengua.” (p.45).  
El espacio poético está marcado por la tarea de hurgar  en la memoria en búsqueda exasperada e infructuosa  “Mi voz existe en la memoria / no aquí”  (p.49)  y en otro poema dirá “Tejo los agujeros de mi pecho / donde busco goce en la memoria. /Tejo y destejo /sola / y sin manos.” 
El ser poeta, ya se trate de un sujeto hablante masculino o femenino,  emerge nimbado de la inutilidad, de prescindencia, en un mundo que privilegia la materialidad (gran tema contemporáneo).  Y así aparece en el libro de esta joven mujer  en el que, significativamente,  no existe  reclamos  “de género”. Son textos  que representan  instantes  intensamente vividos y meditados y que traen el recuerdo de  lo señalado por Josefina Ludmer  en Las tretas del débil (1984) acerca de la escritura de mujeres y las forma como las mujeres se han apropiado de lo que tradicionalmente se suponía extraño “leer en el discurso femenino el pensamiento abstracto”. Parafraseando, hallar en el discurso poético femenino la existencia en su complejidad.
La voz construida en VON  nos habla desde una subjetividad  transida de añoranzas de un tiempo ido y experiencias vitales iluminadas por los más diversos goces estéticos, manifestación de una situación histórica y discursiva de características precisas. Momento que sospecha de las utopías y que impulsa a una desafiante  pregunta: “¿Quién llora en su lenguaje invisible / la grisura del ser?”
Laura Rosales con VON nos deja esa y otras preguntas   y el desafío de hallarles respuesta.  Su mérito es la inquietud que nos provoca en su primer libro  en el que también se anuncia la determinación de ser todo lo que inventa su mano.  Bien  por ello.

Lima, 8 de setiembre de 2011
Instituto Raúl Porras Barrenechea.




7.2.12

Para terminar con la idea de Thays: amiguismos y enemiguismos



Una calculada generalización –todas las generalizaciones son desconfiables y farsescas- de Iván Thays en un blog del diario El País, ha desatado en los últimos días un bombardeo de insultos y burlas en las redes sociales peruanas.

Sin haber probado ni siquiera el 10% de la gastronomía nacional –lo que se come en Puno, Cusco, Pataz, Arequipa, Áncash, Satipo, etc--, y haciendo demasiado caso de su debilidad estomacal, este escritor no opinó, DICTAMINÓ que la comida peruana es “indigesta”, y punto. Por que a mí me parece, ¿manyas? Porque yo lo digo.

No demoraron ni lo que dura en cocerse un picarón los amigos (pocos) de Thays en levantar su voz para defender el derecho del escritor a dar su “opinión”, aunque esta fuera solamente una estupidez lógica. Lo hizo Rocío Silva Santisteban, dejando a un lado su habitual capacidad crítica, y lo hizo el inefable Faverón, esgrimiendo argumentos populistas y realmente cojudos.

¿Por qué tanta ceguera frente a un evidente yerro lógico?

Por el amiguismo, pues, ese que te lleva a decir que tal poeta es bueno porque juega fulbito semanalmente contigo y se pone los drinks en el bar de moda de Barranco o Miraflores, ese que hace que un grupillo de poetas tropicales de intermezzo para abajo se alaben los unos a los otros y se sobajeen sin vergüenza para darse unos a otros becas en el alicaído EE. UU.

El amiguismo es una tara social que corroe al país desde siempre y no hay posibilidades de que cambie gran cosa, por lo menos en el mediano plazo. Dejémoslo ahí.

Algo que puede parecer nuevo es el enemiguismo. La otra cara de la moneda de lata del amiguismo. Lo definiré como la costumbre de considerar a una persona, prácticamente para siempre, como un enemigo personal, solo porque en algún momento hizo, dijo o simplemente se comportó de una manera que no te gusta o no te conviene.

Ese enemiguismo se puso en juego inmediatamente en cuanto Thays lanzó su pachotada internacional sin fundamento racional. Salieron sus antiguos y actuales enemigos a lanzarle improperios, a maltratarlo, a humillarlo y a morbosearse sádicamente con él.

Creo que la conversa de hoy en la mañana entre Jorge Bruce (lucido y displicente), Javier Wong (sencilla y hermosamente indignado) y Beto Ortiz (acucioso), dejó en claro todo.

El enemiguismo tiene un ingrediente adicional: si bien el amiguismo puede ser visto como “natural” en un país democrático donde cada quien es libre de comer sus viandas favoritas solo con sus amigos, el enemiguismo se guía por lo más perverso: sentimientos de odio y de venganza; es algo irracional y repulsivo.

Frente a estas dos taras sociales, me inclinó por la primera: finalmente, el amiguismo siempre existió, y dio frutos –de una manera directa, y a veces de una manera indirecta (recordemos la soledad de Vallejo al irse a Europa)--; pero el enemiguismo lo que único que logra es, o darle más importancia de lo que tiene a unas declaraciones torpes, o incrementar la querencia entre supuestos pares que conforman camarillas donde solo si eres enemigo de tal o cual “proscrito” por un padrino cebo (esta descripción es casi literal) puedes acceder a los “bienes” que puede otorgarte la mafia de odiadores.

Así estamos. Y no me vengan con comentarios indignados, por favor, no me malogren la digestión.

5.2.12

Julien Green: Cristina y la cuestión del estilo




Ya he hablado antes de este escritor en este blog. Esta vez me referiré a un breve relato titulado Cristina. La forma en que el narrador lleva la trama resulta casi perfecta, si atendemos a lo que Ricoeur decía en Tiempo y Narración: que toda trama es una dinámica entre acciones y reacciones, entre movimientos y deseos, rechazos y permanencias (cito de memoria).

Cristina parece haber sido escrita bajo esos parámetros a pesar de llevarle algunas décadas al libro de Ricoeur. La llegada a la vieja casa del protagonista, de una tía lejana junto con su hija púber de una extraordinaria belleza, parece poner en cuestión la tranquilidad provinciana de aquella mansión, y pone a fluctuar las más recónditas pasiones de un hombre de trece años que empieza así, entre dudas y desbordes, su vida amorosa.

Pero Cristina es más una presencia elusiva que una realidad carnal. El narrador dosifica con sensatez rasgos de ella, apariciones y desapariciones, contactos y ausencias, de manera que Cristina, la chica, termina siendo poco menos que una entidad evanescente, una “aparecida”.

En este punto es que debo recordar al gran Gilles Deleuze y su raro escrito sobre el estilo:

‎"Nous devons être bilingue même en une seule langue, nous devons avoir une langue mineure à l’intérieur de notre langue, nous devons faire de notre propre langue un usage mineur".

Y esto es lo que hace precisamente Green en este cuento, y es lo que le permite dejarnos con esa desazón casi metafísica que no termina de resolverse porque la dialéctica presencia/ausencia se ha instalado con veracidad en el texto, invadiendo al lector con su indefinición. 

Green se ha creado una lengua menor para escribir este cuento –sin que esto signifique que se haya alejado demasiado de sus grandes novelas-, y con esa lengua "peculiar" pero minuciosa ha conseguido que su cuento se nos quede en nuestro interior como algo bello aunque mal resuelto, desencajado.

El autor dijo en una de sus últimas entrevistas que los escritores modernos no se creían lo que contaban, “piensan que son demasiado inteligentes. Un niño cree en su historia por encima de todo. Si el novelista puede conservar esta confianza en el relato que inventa, es muy bueno para el libro. Esto se ve en Dickens".

Exacto. En Cristina, Green se cree a rabiar la ambigüedad radical de su personaje, y por ello logra transmitirnos con tanta intensidad los sentimientos correspondientes a dicha naturaleza.



  




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