Reseña del filósofo español al libro de Edgar Borges El hombre no mediático que leía a Peter Handke.
Viernes, tarde, calor. Una luz cegadora aplana las
calles. Escondidos tras el ocio estival presentamos ayer en un pequeño espacio
de Madrid, ante un reducido público desconocido, el hermoso libro de Edgar
Borges El hombre no mediático que leía a
PeterHandke. Bajo este largo título, dentro de una cubierta
azul, se escondía el sencillo diario de una indagación sobre el destino de la
literatura en este tiempo de estruendo.
El libro de Borges tiene todas las características
de una obra fronteriza: no es exactamente una novela, aunque tiene elementos de
ficción; ni un diario, ni un ensayo, aunque contiene abundantes reflexiones; ni
una narración al uso. Se podría decir que estamos ante una obra fronteriza que
no podría no haber sido hecha. El propio autor aparece dentro de ella como un
personaje obsesivo, un poco fanático, enfermo por el encierro en una
investigación que no acaba de cerrarse y le obliga a romper amarras con el
mundo comercial de la literatura y sus agentes comerciales.
La familia del autor, sus hijas Camila y Miranda,
su mujer Nathalie, que aparecen en un delicioso claroscuro tras la obsesión
creciente de Borges y su encierro, también sufren las consecuencias prácticas y
diarias de esta “investigación” frenética. Hay algo del Elloegoísta del
escritor, que no acepta aplazamientos ni compromisos externos, que hace sufrir
un poco a las dos encantadoras niñas que se insinúan al fondo, también a la
paciente Nathalie, que más de una vez parece a punto de romper la baraja de la
convivencia.
Todos los elementos de incomprensión cívica que
rodean a la literatura se presentan desde las primeras páginas de este libro, a
pesar de que las tres figuras femeninas están rodeadas de un halo de gracia que
no siempre, los que tenemos una labor así de absorbente, tenemos la suerte de
encontrar. Pero la literatura no sería nada sin la prueba de la incomprensión
externa y las servidumbres cotidianas (ganar dinero, cuidar a los tuyos) que la
sociedad representa, encarnada en la figura del agente literario que sabe lo
que se vende y lo que la gente quiere.
Aparentemente, el libro de Borges está plagado de
nombres del mundo literario, de Vilá Matas a Barjau, de Handke a Vicente Luis
Mora. Bajo esta superficie reconocible, creo que el objeto de la investigación
es más bien el sentido anónimo de vivir. Quiero decir, la soledad del sentido
(no sólo de la literatura, también de la vida) bajo este régimen de poder que
Borges denomina “absolutismo social” (p. 219), este masivo control que hace tan
difícil hoy pensar y vivir de modo distinto sin ser un marginal.
Para combatir este cerco, Borges utiliza la
capacidad asombrosa de Handke para cruzar umbrales, para recrear estados
mentales y físicos que siempre están en tránsito, despejando cercos, cruzando
distintas prisiones. Diría que las dos niñas que pululan por la casa, y la
sabia silueta de Nathalie, no dejan de representar la imagen de una infancia
que no sabe nada y lo sabe todo a la vez. Una adolescencia, una crisis, que
lejos de ser una etapa que se puede dejar atrás, siempre vuelve como la
vacilación crucial que atravesamos en el umbral de cualquier decisión. La
juventud, si se quiere, no como una edad más, sino como el punto de fuga de
cualquier edad. El filósofo Giorgio Agamben explica muy bien en “Genius” (Profanaciones) el lugar capital
de estas crisis inconfesables.
El proyecto de Borges, su investigación, como a
Handke y a su personajes, le obliga a estar en perpetuo movimiento, atravesando
Puertas (así se llaman los capítulos), pasillos, umbrales, estancias. A veces
el cansancio agudiza la percepción, la hace enfermiza y permite (en casa o en
la calle) ver y oír otro sonido del mundo. Con frecuencia el libro toma la
forma de un diario donde se anotan los segundos (7:32) precisamente porque el
tiempo no pasa, o transcurre infinitamente lento en la espera de algo. Mientras
tanto, nada parece ocurrir. ¿Qué ocurre cuando no pasa nada? ¿Qué es la vida
cuando los segundos transcurren a cámara lenta y golpean las sienes? Esta es
otra pregunta contemporánea que Borges modula en distintos registros.
Se podría decir ahora que, de todos modos, el
destino atormentado e incomprendido de Handke es el de la misma literatura.
Aunque él no hubiera tenido el infortunio de tropezar con el caso Serbio,
Handke sería igualmente poco incomprensible para un público cautivo de la
información y sus consignas generales. Casi podríamos agradecerle a la
implicación de Handke contra las injusticias cometidas con esa nación
satanizada, el haberle librado de un éxito y una popularidad que, para el autor
de Carta breve para un largo adiós,
eran a todas luces equívocos.
Para un autor que tiene algo que decir, algo que le
atraviesa y no es de su propiedad, el “éxito” no es menos peligroso que el
“fracaso”. El éxito puede se también un mecanismo de anulación, no más fácil de
llevar que la impopularidad o el silencio. Para empezar, el éxito comercial
confunde (a veces, al propio autor) sobre una cuestión básica: la inmediatez
mortal, el secreto común del
cual se ocupa la literatura, jamás será patrimonio de este totalitarismo de la
transparencia pública. La vida jamás pasará a la Historia, por más que se
empeñe el oscurantismo de la información.
Clarice Lispector, por ejemplo, nunca ha sufrido un
“tropiezo” publicitario como el que afectó a Handke y sin embargo es tan
celebrada como ignorada. Bajo su halo de estrella mundial de las letras,
permanece escondida para un gran público y una maquinaria cultural que sólo
buscan en la “ficción” el suplemento de efectos especiales que complemente la
esclavitud universal a la economía, ese pragmatismo que rige sobre todo las
intimidades.
Aparte de las razones políticas, no tuvo mal olfato
literario Sartre cuando rechazó el Nóbel. En todo caso, estoy de acuerdo con
Edgar Borges en que lo más herético de Handke es su forma de intentar
comprender al hombre, su perpetua metamorfosis, esa atormentada incomunicación
de unos personajes que, aprisionados en un interior que reproduce el mundo,
ayudan a despejar barreras y a entender la vida de otra forma. Por eso los
personajes de Handke, en su perpetua ambivalencia, no dejan de representar elcualquiera que
somos bajo nuestra costra de identidad.
La gente no lee porque no quiere estar sola ante eso. Las pantallas
tiene la ventaja de que te conectan al estruendo gregario; están pobladas de
enlaces, opiniones, fotos, comentarios y todo ese narcisismo compartido en que
se ha convertido la comunicación. Por el contrario, la literatura brinda una
comunicación que una y otra vez ha de atravesar la incomunicación de vivir y
ser único. Una página de Handke o de Lispector te devuelve a un mundo primario
donde la tecnología y su religión de la seguridad no valen nada. La literatura
nos arroja a una infinita soledad en la que hemos de atravesar páramos sin la
cobertura y las “aplicaciones” que el dios Sociedad maneja, protegiéndonos del
miedo mientras nos hace sociodependientes.
Borges reproduce varias veces una obsesión de
Handke: aplazar la opinión salvadora, insistir en la contemplación, en la
duración de esta fugacidad inmediata, hasta que nazca la gravedad de una
sensación nueva. La idea se parece mucho a ese reto del músico John Cage:
escuchar los sonidos del mundo antes de que sean un signo que circula, un
código universal. En los dos casos, como en otros, se trata de perseverar en la
percepción hasta que se convierta en imagen. Siguiendo a Handke, Borges llega a
hablar de una “ecología de lo no advertido” (p. 247), podríamos decir, de lo
que para la sociedad es imperceptible. El cansancio, el de la creación, transfigura
el mundo, nos hace porosos a la epopeya de todos los seres vivos.
Por eso, instintivamente, los creadores como Handke
han de viajar continuamente para desquiciar la seguridad, para percibir los
signos por fuera de nuestro dogma in-formativo.
Se trata, para mantener la ciencia del ser único que respira en lo inmediato,
de mantener buena relación con el movimiento y mala con la fijeza que nos
retiene.
Entonces uno, bajo las tonterías de la identidad,
roza el “comunismo” de ser cualquiera.
Bajo la literatura subyace la herejía de que la “cura” del hombre, su salud y
su seguridad, se encuentran en aceptar la enfermedad de vivir, una subversión
que comenzaría por la aceptación. Pero nuestra sociedad no puede dejar de ser
oscurantista y represiva en este punto. Como estamos incapacitados para la
afirmación, desde la condición mortal, nuestro Bien sólo puede basarse en un
Mal continuamente sustancializado en otros. Por eso nos pasamos la vida
buscando judíos, musulmanes o serbios a los que masacrar impunemente.
No es fácil que, con o sin el escándalo del “caso
Handke”, una literatura que apuesta por la afirmación del universo mortal de la
inmediatez encuentre el aplauso de la aldea global, un “supuesto mundo” que
nunca ha salido de la mitología del recambio perpetuo, de la velocidad como
gran idea fija. Es de agradecer que Edgar Borges, con su estilo aparentemente
modesto, nos haya recordado toda esa grandeza que habita en la cercanía de unos
seres que respiran, como los árboles, indiferentes a la historia. (Ignacio Castro Rey.
Madrid, 19 de mayo de 2012)







