19.2.13

Vasko Popa (1922 - 1991), el poeta


Biblioteca de Belgrado

Nos la quemaron
Los fuegos enemigos de las letras
Para que se nos consuma la memoria
La levantamos de nuevo
Sobre las cenizas clarividentes
Cualquiera tiene acceso libre a ella
El que quiera aprender
A leer de las estrellas
Y de los corazones humanos
Para los fuegos que regresan
Y no se dejan alfabetizar
Su puerta está cerrada
[1973]





Un momento elocuente

Observas el infinito a tu alrededor. En él, no todo está a tu alcance. El infinito dentro de ti lo ves en cuanto cierras los ojos. En él, nada resulta inalcanzable. Las paredes de las sienes te dividieron para siempre, pero tú jamás y por nada quieres vivir dividido, porque eres la parte indivisible de todo. Y a todo tienes completo derecho. No puedes quedarte eternamente encerrado dentro de ti, tampoco puedes salirte de ti por un momento. Desde que sabes de ti, surge la misma pregunta: ¿cómo vivir sin despedazarte entre esos dos infinitos, entre aquel fantasmal dentro de ti y el cruel a tu alrededor? ¿Cómo mantenerte en la delgada piel de la vida? Sí, eso: ¿cómo atar, día tras día, noche tras noche, un cabo con el otro?
¿Cómo? Tú lo haces con las palabras. Ese es tu trabajo o por lo menos tú crees que lo es. Palabras, montones de palabras, por ellas ya no ves el sol, ríos de palabras, tu boca está llena, llenos los oídos. ¿Para qué las palabras siempre? Como si a alguien le importaran. Sería más sencillo descalabrarse. Y si en la cabeza hay algo, que salga a la luz del día, que se muestre ante los ojos del mundo. Entonces, sería diferente para ti. Si en esa maldita cabeza realmente no hay nada, tanto mejor: significa que todo aquello era una fuerte ilusión. Solo te faltaría eso: que resultes ser un ilusionista. ¿Tal vez bajo los arcos del cráneo no hay nada más que imágenes? Pero ¿desde cuándo las imágenes muerden? ¿Las imágenes vivas, verdad? ¡Cómo no!
Sea lo que fuere, te quedan las palabras. Determinadas, insustituibles, tus palabras nativas. Ellas son la única encarnación de toda la realidad en los dos lados de tu frente. Las repites en tu interior, las alimentas con tu sangre y tu sueño, para que resistan el aliento del espacio y los estragos del tiempo. Para que sean como nunca habían sido, como tienen que ser ahora. ¡Y allí no hay otra posibilidad! O tus palabras serán irrepetibles como lo es tu vida, ese mero instante en el destino de tu pueblo, o búscate otro trabajo.
Tamizas así las palabras, una por una, a través de los dientes y en ellas confrontas y unes tu infinito interior con el exterior. Las unes afuera, pero según las leyes que ignoran lo imposible y que reinan dentro de ti. Lo haces así porque no sabes hacerlo de otra manera, lo haces por tu propia vida que puede subsistir solo en un mundo singular, que es el único mundo real. Lo haces ingenuamente como si fueras el primer hombre que vio el mundo, lo haces implacablemente como si fueras el último hombre que verá el mundo. En eso consiste tu responsabilidad ante el pueblo sin el cual no existiríais ni tú ni la maravillosa lengua de la que tienes la suerte de servirte.
[1955]

Cosas de poetas

Tú no quieres que tus palabras queden apenas como nombres y apellidos de las cosas. Como las sombras inventadas de las cosas. A ti te gustaría que tus palabras fueran las cosas y la creación misma. Después de todo, así te comportas con ellas.
Borras, borras todo en el mundo hasta quedarte solo con las palabras. Y entonces, ellas no tienen otra salida. Tienen que volverse todo. Todo en el mundo. Todas las cosas. Entonces, tú eres su dios: porque tampoco tú, entonces, tienes otra salida.
Y solo entonces es cuando empieza la verdadera empresa que tiene que revelar lo que tú puedes hacer con las palabras y lo que las palabras pueden aguantar que se haga con ellas.
Es loca y costosa esa empresa, no lo niegas. Pero también tiene un encanto irresistible, lo admites. De otra manera, no la repetirías sin que importaran las consecuencias. Sin que importara la sangrienta venganza de las cosas resucitadas que no saben de bromas.
(Hablemos claro: si fuera posible pasar el sol de una palma de la mano a la otra, ni a ti ni a nadie se le ocurriría hacerlo.)
[1957]

El secreto del poema

Te preguntan qué significa tu poema. ¿Por qué no le preguntan al manzano qué significa su fruto: la manzana? Si supiera hablar, el manzano, seguramente, les contestaría: “¡Muerdan la manzana y verán lo que significa!”
¿Cómo podrías extraer el significado de tu poema? ¿Cómo podrías exprimir tu poema o molerlo, o cocerlo de nuevo para ofrecer a los que te preguntan el jugo del poema, o el poema en polvo, o el poema en botones nutritivos?
Tú podrías, así de broma, componer un poema sobre tu poema. ¡Qué pobre poesía sería esa! Sería lo mismo que si el manzano armara una manzana de su tronco, de sus ramas y hojas. ¡Menudo provecho sacaría uno de ello! ¿Acaso eso no prueba que tú, justamente como el manzano, no eres quien debe hablar de tus propios frutos? A propósito, ¿no prueba eso también que tú no te pareces en nada a tu poema? Solo tus poemas se parecen entre sí, se parecen uno al otro, y entonces se les atribuye como un denominador común o como un gentilicio, tu propio nombre.
Después de todo, ¿qué significa una manzana? ¿Por qué nadie te contesta? Tu poema significa un secreto concebido en algún lugar dentro de ti, que ahí fue madurando y cuando maduró, tú lo pronunciaste en las sílabas de tu lengua. Si hubieras sabido qué significaba ese secreto no te habrías esforzado tanto ayudándole a que diera a luz bajo el sol, entre la gente y entre las nubes. Y es tarea de otros, y no tuya, contestar la pregunta ¿si el secreto se puede conocer o solamente experimentar?, ¿si es posible conquistarlo o solo caer rendido ante él?, ¿si se puede abrir o tan solo aceptar ser su prisionero?
Miras tras tu poema que levantó el vuelo de tus manos, callas, descansas un poco, o al menos crees que descansas, y lo dejas, tu poema, que conteste solo todas las preguntas, lo dejas, que sea su propia respuesta. Tú solo puedes hablar de tu poema como lector, porque eres el primer lector de tu poema. Pero eso, de ninguna manera quiere decir que tú eres su mejor y más competente lector. Entre los que te preguntan qué quiere decir tu poema, hay, desde luego, muchos lectores que son más sabios, más experimentados y menos subjetivos que tú.
[1966]

El lugar del poeta

Te preguntan dónde está tu lugar, dónde está el lugar que te corresponde a ti que escribes poemas. ¿Dónde está el lugar que te corresponde a ti que hablas de lo que no se ve a simple vista, de lo que no se alcanza con la mano, de lo que no se comprende con el sano juicio? Se diría que eres un contrabandista y metes en este mundo nuestro, claro y hermoso, algo aparte, algo que no le pertenece. Se creería que eres un delincuente y hablas de lo que la gente común e inteligente calla. Se sospecharía que estás loco y dices lo que la gente común e inteligente no dice.
¿Dónde está el lugar que te corresponde a ti que hablas de lo que aparentemente no existe, pero que, dependiendo del caso, puede salvarte o tragarte a ti o a cualquier otro hombre? Tu lugar está entre la gente. Porque la voz que desde tus adentros te habla, habla también desde cada persona, solo que tú no la callas.
Tú sabes dónde está tu lugar y jamás se te ocurrirá imaginar que está en algún otro lugar, en algún otro punto o en el corazón de todo. Resultarías ridículo: la rueda del mundo se deformaría en tus ojos, en tus palabras, en tu obra, empezaría a girar alrededor de su eje autónomo y trazaría ochos vacíos en el vacío. Y puesto que tú entonces no estarías en tu lugar verdadero, nadie y nada en tu torno estaría en su lugar verdadero.
¿Dónde está tu lugar mientras escribes un poema? En alguna parte donde el espacio no te pisa los talones. En algún sitio donde incluso el tiempo se olvidó de ti y donde tú te olvidaste de él. En algún lugar donde incluso te olvidaste de ti mismo. De otra manera, no podrías ver nada ni sacarlo a la luz del día en forma de un poema. Todo tu esfuerzo sería vano.
¿Dónde está tu lugar después de componer el poema? Seguramente no en el poema: ¡¿Imagínate que en la manzana encuentres grumos de tierra que la alimentó?! ¿Tal vez tu lugar está detrás del poema? No, tampoco detrás de él: tu sombra caería sobre él y lo haría borroso. Tu lugar está debajo del poema, muy profundamente debajo de él: como el de toda tierra nutriente.
[1966]

Los obsequios del poeta

Los obsequios del poeta hoy son modestos, pero prístinos, puros y ofrecidos de corazón. El corazón de cada poeta hoy es un libro en llamas. El poeta hojea ese libro y aprende a leer. Lo que el poeta hoy dice en sus versos, es un tartamudeo de las primeras letras del difícil e infinito abecedario espiritual. El poeta aprende ese abecedario para liberarse a sí mismo, y a la gente que lo rodea, de la vida analfabeta que procrea la muerte y de la muerte analfabeta que no procrea la vida. Con eso se expone tranquilamente al peligro de resultar sospechoso a los ojos de la gente omnisciente, satisfecha consigo misma. Así es su trabajo hoy y desde siempre. El poeta, cuyo quehacer a menudo no se reconoce como un oficio serio, en realidad, es hermano de los mineros, buscadores de perlas y fareros. Su oficio es uno de esos de los que se dice: “Pues, alguien tiene que hacer incluso eso”. De todos modos, al poeta no le importa él mismo: le importa la poesía. El poeta trabaja a pesar de todos los que no lo necesitan, a veces, incluso, trabaja a pesar de sí mismo. Las verdades a las que llega no miman a la gente a su alrededor, pero tampoco a él. Para persistir en su extraño, arduo y peligroso trabajo al poeta le da fuerza solo el saber que es imperdonable permitir que un libro llameante en el pecho arda y se consuma en vano, sin ser leído. Los obsequios del poeta, esas palabras salvadas de las llamas a costa de su vida, son útiles solo para aquellos que los quieren.
[1968]

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