11.3.13

APUNTES SOBRE LA NOVELA DEL SIGLO XX EN CANETTI




El fin de semana lo dedique, entre otras cosas que luego les iré revelando, a leer los casi siempre sorprendentes y acertados Apuntes del Nobel búlgaro de lengua alemana escritural Elias Canetti (1905-1994). Un ejercicio de limpieza estilística e intelectual que recomiendo al menos una vez al año a todo escritor actual.

Esta vez cogí el segundo volumen, traducido irreprochablemente por el peruano Juan José del Solar para Mondadori, acompañado de Cristina García Ohlrich y Genoveva Dieterich.

En este volumen los apuntes se adelgazan y se afinan notablemente, hasta el punto de llegar a ser verdaderos aforismos, al estilo de Lichtemberg, Joubert, Kafka y otros pocos a quienes el autor de Masa y poder admiraba. Nunca pierde lo esencial de la importancia de la brevedad en su estilo:

El estilo seco, que atraviesa el tiempo como una momia incorruptible, cita Canetti de su admirado Paul Valéry.

Hasta ahí todo bien. Creo con Canetti que una buena parte de la novela llamada moderna se ha convertido en cháchara, en yesca abundante y fácilmente combustible al viento impaciente de los consumidores de novedades y de los fascinados tardíos y retardados, de los embobados de lo posmoderno literario, esa reliquia repulida y vendida como nueva cada año.

En casi un noventa por ciento suelo estar de acuerdo con las observaciones maduras, agudas, humanas, metaideológicas de Canetti. Pero en Apuntes, si se lo lee de principio a fin, la progresión es evidente en cuanto a sus preferencias sobre la novela del veinte y sobre autores clave como Proust, Joyce, Musil, Robert Walser…




Casi desde las primeras páginas, Canetti se compromete con la idea de “rescatar” a Musil –no se sabe exactamente de qué—en oposición al triunfo fácil de otros autores menos dotados, menos experimentales, con proyectos más convencionales, etc.

Este tipo de observaciones a favor de su amigo Musil, porque fueron muy amigos, y en detrimento, por ejemplo, de la obra de Thomas Mann (“En 50 años no se sabrá nada de Mann, pero El hombre sin atributos quedará”), pueden ser discutibles, pero también pueden ser aceptables hasta cierto punto: la novelística de Mann ha erosionado con el tiempo y varias de sus grandes novelas hoy se caen de las manos de buenos lectores, además de que, como dice el mismo Canetti, ha descuidado la construcción de personajes humanos para erigir una suerte de paradigmas, de posiciones intelectuales con cuerpo físico que cada vez convencen menos.

Lamentablemente, lo mismo podría decirse del epopéyico e intelectualísimo personaje-observador de El hombre sin atributos, Ulrich, que es casi un pretexto para verter sus ideas. Y acaso lo mismo podría decirse de la serie Los sonámbulos, de Herman Broch, donde cada una de las tres novelas que la conforman es una tipología humana antes que un personaje que intente ser real.

El punto que abona en de favor de mi crítica tiene que ver con la lectura sesgada, soterradamente peyorativa que Canetti –de quien  tantas otras cosas sigo como si fuera la luz—hace de la novelística de James Joyce. Poco a poco, a lo largo del libro, el Nobel centroeuropeo va soltando afiladas cerbatanas a lo que considera el punto débil de Ulises:

En primer lugar, Canetti considera que Musil tiene cierta superioridad sobre Joyce porque nunca sucumbió a los encantos de la fama, ni siquiera en la vejez, y jamás abandonó su proyecto –El hombre sin atributos—que fue un proyecto de vida. Esto es al menos injusto: la escritura misma y la experimentación fueron para Joyce su proyecto de vida, que lo haya hecho con menos ideas y más y mejores palabras (Mallarmé) que Musil, no es su culpa.

Tampoco es culpa del irlandés que sin abandonar la música --algo esencial a toda arte, incluso a las visuales, pues toda arte tiende al arte más puro que es la música--, haya dado un paso más y nos haya legado (nunca tan preciso ese término) el Finnegans Wake, que es música con palabras, dodecafónica, schomberiana, pero también folclórica y de duelo y de feria.

*

Vaya como nota final y curiosa que Canetti consideraba ya en los noventa que las dos grandes novelas del siglo veinte eran En busca del tiempo perdido y El hombre sin atributos. ¡Antípodas totales! El ciclo novelístico del francés figura en el canon de la mayor parte de los críticos occidentales y latinoamericanos; el libro de Musil, para muchos, es solo un tratado de filosofía, antropología, ciencia, política y otros saberes en un intento de ser engarzados en una trama que se subsume y desaparece, con unos personajes que muchas veces no pasan de opiniones que fuman y se desvanecen como todo lo que parece muy sólido y se desvanece como la bruma de marzo limense. 

----El Nobel. Portada del Finnegans Wake, de Joyce.

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