18.3.13

José Kozer revelaciones reverberaciones rebelaciones




Nadie puede dudar ahora que el cubano José Kozer es uno de los poetas más importantes de nuestra lengua. Su apuesta por la alquimia verbal, mucho más radical y profunda que la de otros vates más premiados y reconocidos que él, es todo un apostolado y una raison d’etre en sí misma. Geovannys Manso Sendán, desde Cuba, le hizo hace unos años una imperdible entrevista (El fulgor de las cosas que mueren) para Lanzallamas, de la cual extraigo algunos puntos esenciales. Barrunto un debate nuevo sobre el neobarroco, así que el que tenga oídos…




La necesidad de corregir

“Yo, Geovannys, cuido mucho mi trabajo: persistencia y proliferación no implican desaliño. Cuido ese trabajo sobre todo a la hora de corregirlo: cuando lo hago soy implacable conmigo mismo (con mi texto) y no lo suelto hasta estar convencido por completo que está como quiero, que no contiene debilidades, soseras ni flojeras, y en particular, caídas. Caídas para mí significan sensiblería y sentimentalismo, baratura: éste es el gran mal de la poesía, de la literatura, y pulula por todas partes, incluso entre los poetas que podemos denominar mayores. Mil veces he estado ante un autor que amo, y me he dicho, ¿pero cómo es posible que aquí incurra en esta bobería, en este lloriqueo retórico? ¿Por qué un escritor tan bueno baja la guardia, no se da cuenta del estropicio, de la flojera en que ha incurrido? ¿Pereza? ¿Descuido? ¿Ganas de salir del paso? No lo sé: sí sé que cuido día a día cada palabra, cada renglón, cada verso que hago. Y si noto un paso en falso, detengo de inmediato el teclear del corregir del texto, y no me doy reposo hasta burilarlo como creo corresponde. Puede que lo haya empeorado, puede que incluso le haya quitado la chispa original, pero si no estoy de acuerdo, en armonía conmigo mismo, con la escritura que corrijo, pugno, lucho, hasta conseguir teclearla (inscribirla) como es debido.”


Las caídas poéticas, el peligro coloquial

“Hay poetas que amo mucho, y justo por el amor y la devoción que les tengo, no les perdono sus caídas. Vallejo, un enorme poeta, y sin embargo, su poema Masa me parece flojísimo, pura retórica; Neruda, otro ejemplo a tener en cuenta: ¿cómo un poeta de su estro, de su altura, puede caer en la bobería politiquera que hace del poema un lloriqueo banal que se rasga las vestiduras y se da golpes de pecho en los que nadie cree? Poesía desaliñada, a la que bien pudo meterle cuchilla, dado que no le faltaban ni talento ni oficio. Ese relativo desaliño no lo encuentro, por ejemplo, en Lezama, cuyo instinto poético lo llevó siempre por buen camino. Ahora bien: quien hace poesía en este momento histórico, y conoce en un sentido lato e histórico lo que se ha escrito a través del tiempo, y en distintas culturas e idiomas, tiene que tener presentes dos peligros: en lo conversacional no incurrir en el registro común y corriente de lo coloquial ya tipificado, registro en el que incurren los llamados poetas de la experiencia en España. No sé de ningún poeta o crítico que respete, que reaccionen ante esa escritura con interés. Es una escritura de masas, de mercado, hecha, dicho en plata, para hacer plata.”


El falso barroco

"quienes hacemos una escritura más espesa, más cercana al registro barroco, quienes tenemos la necesidad del vericueto, del oscuro recodo, del repliegue dentro del pliegue, y del desplazamiento brusco, del anacoluto y de la paronomasia, debe cuidarse de no caer justo en la trillada retórica del Barroco. Hacer paronomasias no es hacer poesía. Hacer calambures gratuitos y chistosos no es ser Quevedo, el horrible Quevedo antisemita a quien tanto amo. Llenar un poema de palabras de diecinueve sílabas, de alteraciones sintácticas sin sentido, o de escritura quod escritura, no es ser Góngora o Joyce. Para un cubano, desde adolescente acostumbrado a jugar con las palabras, a hacer chistes lingüísticos, “blagues” o “piadas” durante la conversación, este peligro es grande a la hora de escribir poesía."


Rutina y creación

"El poema, reitero, es el día, el propio quehacer poético, durante su gestación. En mi caso, para que haya una continuidad, tiene que haber una rutina, y ésta se copia a sí misma, con una inclinación de rostro, de testuz: se remeda una y otra vez, dándose con cada amanecer el visto bueno. Me levanto a las seis de la mañana, de inmediato (es parte de un entrenamiento, una costumbre) dejo la cama: orino: me lavo: ayudo a Guadalupe a poner la mesa: desayuno (frugal). Paso al cuarto de baño, hora de corregir. Corrijo, y casi siempre, mientras lo hago, se inicia un poema. Observo que ese poema es distinto al que tal vez haya escrito el día anterior, distinto sólo en el sentido de constituir una variante de lo mismo, una diversidad dentro de la unidad. A una cierta altura del poema lo dejo. Bajo a nadar, o si hace mucho frío, salgo a caminar (todas esas actividades las realizo día a día en compañía de mi mujer). A la hora, hora y cuarto de haber nadado o caminado, subo (afeitado y duchado) y de golpe y porrazo, sin pensármelo dos veces, retomo el poema donde lo dejé. Ahí, lo que suele ocurrir, es que me releo unas palabras últimas, donde el poema quedó aguardando, y sin mayor esfuerzo, continúo escribiéndolo, hasta trancarlo. En ese momento, el poema, firmado, fechado y numerado, pasa a mi cuarto de trabajo, donde permanecerá 24 horas, hasta que al día siguiente lo corrija (curioso esto de corregir en su doble acepción en nuestro país). Hecha la corrección, que suele ser ardua, y que me lleva sin duda mucho más tiempo que el acto en sí de su escritura, lo tecleo (de hecho, teclearlo es corregirlo) y lo almaceno en una de mis carpetas, la mayoría contiene 60 poemas, la totalidad hasta la fecha de los poemas acumulados es 6997, válgame Dios".



El exilio

"Ahora bien, a mí me tocó el exilio, ese largo aprendizaje, útil a muchos niveles, fructífero cuando no nos mata, doloroso siempre pero al mismo tiempo nutritivo. El exilio cuando no encierra y se refugia de modo acomodaticio en el gueto, abre compuertas, permite que muchas luces entren por nuestra ventana. En el exilio se vive la multiplicidad, el auténtico pluralismo, el fuerte contraste. Ese exilio puede llevar al caos, por un lado, y al gimoteo mendaz, facilón, por otro. A mí la idea de nostalgia poética no me dice mucho, la nostalgia en el exiliado suele volverse un negocio, negocio que le permite al exiliado no tener que crecer y enfrentarse con el cambio radical que le ha tocado vivir, y que también les permite a muchos ganar muchos cuartos explotando ese sentimentalismo barato que hace lagrimear al más pintado. Así, exilio es circunstancia a aprovechar, a encarar, y desde ese enfrentamiento, ha de salir, para la persona, un mundo más rico, una experiencia mayor, y para la nación que lo expulsó, con el tiempo, ha de haber un rédito, que sería el del exiliado que regresando aporta ahora a esa nación que no dejó nunca de amar, un nuevo entendimiento: social, económico, político, espiritual."


La lectura

"Leo a mansalva, soy un lector asistemático. Leo a la vez tres o cuatro libros, intercalando poesía, novela, ensayo, diarios, cartas. Leo en inglés y en español, alternando ambos idiomas, durante el día. Desde que me jubilé en 1997, y hasta la fecha, suelo leer unas cinco a seis horas diarias. Por lo general empiezo el día leyendo ficción y/o poesía, luego leo ficción y/o ensayo, y suelo terminar la jornada leyendo algunos poemas y/o escuchando música clásica, una música que va de Bach a Bartók, por poner un par de ejemplos a manera de módulos. En estos días, leo Prepositions, colección de ensayos de Zukosfky, que alterno con la sistemática lectura de los Diarios de Edmund Wilson, diarios que contienen miles de páginas de las que ya he leído casi todas. También leo el extraordinario libro de Claudio Magris titulado Microcosmos, y un libro de poemas de Enrique Lihn. En la repisa en que coloco los próximos libros a leer me aguardan, en relectura, el Richard II de Shakespeare, un libro de los poemas selectos de John Berryman, el último volumen de los diarios de Wilson y The Build-up, volumen de la trilogía novelada de William Carlos Williams que me faltaba por leer. Leer, leer, esa obsesión: lector infatigable, la lectura como Paraíso, el Paraíso en cuanto lectura incesante. El lector cabalista que cavila leyendo, el judío errante que deja de errar afincándose en los libros, y en el Libro. Leer a Cuba; leer es Cuba; leer a Buda, oyendo sus razonamientos, sus palabras incrustadas en un razonable Zen; leer es Buda".


Su obra, grafofilia

"No por vanidad, sino “for the record” aclaro que en estos momentos tengo publicados 42 libros, y que para el próximo año, probable me acerque a la cincuentena. Ahora bien, su pregunta, Geovannys, es fundamental, crucial en quien es prolífico como yo. Créame que tengo plena conciencia de lo que implica esa grafofília a la que estoy sometido, por razones oscuras, por vínculo natural y no por obligatoriedad ni voluntarismo forzado. Tengo plena conciencia del peligro en que incurro. Ahora bien, debo empezar por decir que la mayor parte de los escritores son prolíficos, abundosos. Pero cuando el poeta es abundante, de inmediato el lector alza bandera roja. O sea, Picasso puede hacer millares de cuadros, y no nos sobresaltamos; Bach puede componer, al igual que Vivaldi, cientos y cientos de composiciones, y no fruncimos el ceño ni encogemos los hombros. Repárese en la tradición decimonónica, con sus monstruos de incesante escritura: Flaubert, Balzac, Dickens, Zola, Eça de Queiroz, Benito Pérez Galdós, Tolstoi o Dostoievski, o ya en el siglo pasado, autores como Thomas Mann, Robert Musil, o ese mismo Kafka que decía que no podía escribir y no dejó de escribir (sus novelas sin terminar están terminadas; toda su retacería es escritura en firme y acabada, incluidos sus cartas y diarios)."


La voz

"pocos escritores alcanzan lo que podríamos llamar una voz. Al alcanzarla ocurre un fenómeno que hay que comprender: la voz rige, manda, es si se quiere la “trampa” a la que ya tenemos que someternos. Nadie alcanza en vida dos voces. Malamente se puede aspirar a alcanzar una voz y sólo una. Quienes la alcanzan, y son relativamente pocos, se pueden dar con un canto en el pecho (y soltar su do de pecho o su gallo). Alcanzada esa voz, esa rara avis, lo demás es ir variando escritura, de modo que cada poema, así lo veo en mi caso, es más que un ejercicio, un acto de recurrencia y no de repetición. No es repetición justo porque cada poema, dentro de su tonalidad, su voz, forja y conforma variaciones, y esas variaciones, una tras otra, son las que enriquecen una obra, son de hecho la obra en su totalidad unívoca y variable. No temo incurrir en el agotamiento, ni del contenido, ni de las formas: me siento libre ante la página en blanco, ésta no me produce ni diarrea ni retortijones, no me estriñe ni me capa: por el contrario, me convoca a lo que prefiero llamar la página en lleno. A esa convocatoria acudo, y en el momento de hacer acto de presencia, me entrego. La escritura de poemas se ha vuelto en mí naturaleza. Y un ser humano no puede rehuir su naturaleza. Hacerlo es castrante; hacerlo es de hecho, para mí, una imposibilidad. Me importa, por supuesto, que cada poema, quede burilado como lo mejor que de mí puedo dar en un momento determinado, pero a la vez no me ando con remilgos pensando que esa poesía que hago tiene un destino mayor, que es trascendente, que se leerá en trescientos o dos mil años, a mi qué".


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