30.4.13

"Manuel Maples Arce y el Estridentismo", por Víctor Sosa

Este primero de mayo se cumple un año más del nacimiento del poeta Manuel Maples Arce, artífice del estridentismo mexicano. Los dejo, a manera de homenaje, con este texto del poeta Víctor Sosa sobre el gran poeta hispanoamericano.





I

a todos los grandes sinceros
Manuel Maples Arce

El pasado 1° de mayo se cumplieron 100 años del nacimiento de Manuel Maples Arce. Su centenario fue olímpicamente desatendido en la Ciudad de México, cosa lamentable y, a su vez, sintomática. Sintomática por una tradición de negación de aquellas actitudes más iconoclastas y vanguardistas en las letras y, sobre todo, en la poesía mexicana. Maples Arce fue, en nuestro país, la primera figura que encarnó un coherente proyecto de vanguardia. Ese proyecto, como sabemos, se llamó estridentismo. La importancia de Maples Arce en las letras nacionales y latinoamericanas en general, no puede deslindarse de ese movimiento que fue un parteaguas en la poesía e incluso en la plástica postrevolucionaria.

El estridentismo nace en diciembre de 1921 con la aparición de Actual N° 1, hoja volante que a su vez es un manifiesto, una declaración de principios, una bofetada al tradicionalismo, al costumbrismo, al modernismo y a sus decadentes epígonos de cisnes y princesas. El estridentismo, hasta entonces, no podía entenderse más que como un "grupo" conformado por una sola persona: Manuel Maples Arce. Actual N° 1 se subtitulaba: Hoja de vanguardia, comprimido estridentista de Manuel Maples Arce, y estaba acompañado por una foto del autor, lo cual no deja lugar a dudas del inicial carácter personalista de dicho movimiento, más allá del extenso Directorio de Vanguardia que intentaba legitimar e internacionalizar al estridentismo - compuesto por nombres tan estéticamente disímiles como Cansinos Assens, Jorge Luis Borges, Marinetti, Van Gogh, Picasso, Modigliani, Ortega y Gasset, León Felipe, Fermín y Silvestre Revueltas, Breton, Éluard, Duchamp, Kandinsky, Chagall y Alfonso Reyes, entre muchos otros. Esa utópica conjunción de varias figuras, a veces antagónicas, no deja de ser una importante clave para entender el cometido y los derroteros del estridentismo y de su entusiasta impulsor - e, incluso, del zeitgeist, o espíritu de la época, que rezumaba por esos emblemáticos nombres.

Mirar hacia fuera. Había que mirar hacia fuera - y ese afuera era sinónimo de Europa -, hacia los epicentros culturales donde se jugaba el destino del arte y las letras modernas del siglo XX. La influencia del futurismo italiano es lo primero que se impone en las declaraciones de Maples Arce: "Es necesario exaltar - dice en su Manifiesto- en todos los tonos estridentes de nuestro diapasón propagandista, la belleza actualista de las máquinas, de los puentes gíminicos recientemente extendidos sobre las vertientes por músculos de acero, el humo de las fábricas, las emociones cubistas de los grandes trasatlánticos con humeantes chimeneas de rojo y negro (…) junto a los muelles efervescentes y congestionados, el régimen industrialista de las grandes ciudades palpitantes, las bluzas (sic) azules de los obreros explosivos en esta hora emocionante y conmovida…" Sin duda que la hora era emocionante y que Maples Arce estaba conmovido. Se justifica su actitud e, incluso, se justifica la mimesis y la retórica de las vanguardias europeas - que hoy suenan tan anacrónicas como aquello que intentaban erradicar - porque había que hacer algo en estas adormiladas tierras literarias. Veamos lo que, una década antes había dicho Marinetti en su Manifiesto del Futurismo: "Cantaremos a las grandes multitudes agitadas por el trabajo, el placer o la rebeldía, las resacas multicolores y polífonas de las revoluciones en las capitales modernas: la vibración nocturna de los arsenales y los almacenes bajo sus violentas lunas eléctricas (…) los puentes parecidos al salto de un gigante sobre la cuchillería diabólica y mortal de los ríos (…), las locomotivas en su gran chiquero que piafan sobre los raíles, bridadas por largos tubos fatalizados, y el vuelo alto de los aeroplanos, en los que la hélice tiene chasquidos de banderolas y de salvas de aplausos, salvas calurosas de cien muchedumbres". El acento es el mismo, la urgencia por homologar el arte a las grandes transformaciones científico-técnicas del momento, son las mismas. Pero también las diferencias son obvias: México salía de una cruenta revolución que apenas había acabado con un sistema autoritario, antidemocrático, semi-feudal y que, además, carecía de un desarrollo industrial como el de los países de allende el Atlántico. Entre las chimeneas europeas y los nopales mexicanos se imponía una gran diferencia. Recordemos que algo similar estaba ocurriendo en Argentina con el movimiento ultraísta - continuación de lo acaecido en España años atrás -, en Brasil, con el modernismo (vanguardia brasileña que no debemos confundir con el modernismo hispanoamericano) y, un poco después, con Amauta en Perú y con otros movimientos similares en América Latina que lograron reciclar, a su manera, los influjos de las vanguardias europeas. En ese sentido, Maples Arce supo aquilatar un sentimiento - un fantasma que recorría el mundo - que se imponía en aquellas mentes más abiertas y atentas al cambio - al cambio en un sentido amplio: político, social, estético, literario. Por eso Maples Arce decía (al igual que los futuristas, quienes habían reclamado la muerte del claro de luna): "¡Chopin a la silla eléctrica!", proclamando "la aristocracia de la gasolina" como atributo de modernidad. Porque había que ser, por ese entonces, "absolutamente moderno" - como, proféticamente, lo había adelantado Rimbaud -; cosa que hoy sentimos como una consecuencia difícil de evitar, en verdad nadie quiere serlo: lo somos por fatalidad histórica, por circunstancia, para usar el término de Ortega y Gasset; somos modernos a pesar de nosotros mismos. Para Maples Arce como para Marinetti, la modernidad había que conquistarla. Y - no lo olvidemos -, que estamos hablando de poetas y los poetas trabajan con palabras. Había que comenzar por demoler la sintaxis tradicional ("Un arte nuevo - cita Maples Arce a Reverdy  - requiere una sintaxis nueva"), los lugares comunes de las metáforas, el aire bucólico y provinciano, la melcocha romántica del siglo XIX, la introspección melancólica de un yo decadente, todo eso debía desaparecer "gracias a los nuevos procedimientos técnicos, porque éstos cristalizan un aspecto unánime y totalista de la vida". Detengámonos en esos dos vocablos: "técnica" y "vida" - ambos cristalizados, fundidos, hechos uno gracias a la labor del poeta como demiurgo. Una pasión propia del siglo XX y compartida por la gran mayoría de artistas que vivieron en las primeras y entusiastas décadas de comienzos del siglo XX - años prolíficos en ismos y en radicales propuestas artístico-literarias. Lo interesante de Maples Arce - desde la ignorada periferia mexicana - era la búsqueda de una síntesis que anulara las diferencias y los antagonismos vanguardistas para fundirse en esa común "urgencia espiritual". El poeta lo expresa así en su Manifiesto: "Hagamos una síntesis quinta-esencial y depuradora de todas las tendencias florecidas en el plano máximo de nuestra moderna exaltación iluminada y epatante, no por un falso deseo conciliatorio -sincretismo-, sino por una rigurosa convicción estética y de urgencia espiritual". El estridentismo, así, iba más allá de sí mismo y pedía una ecuménica fusión del espíritu moderno. "Cosmopoliticémonos", exigía Maples Arce a sus compatriotas, e invitaba a todos los poetas y artistas jóvenes de México, "a todos los que aún no se han corrompido con los mezquinos elogios de la crítica oficial" y "a todos los grandes sinceros" a sumarse a las filas del estridentismo.

Poca fue la resonancia en un medio impermeable a los radicalismos estéticos, pero la piedra del escándalo había sido lanzada y sus ondas expansivas comenzaban, poco a poco, a dejar huella sobre la adormilada realidad literaria mexicana. Las adhesiones - y los rechazos- no tardarían en llegar. Manuel Maples Arce podía considerarse satisfecho.




II

El Segundo Manifiesto Estridentista aparece el 1° de enero de 1923 en la Ciudad de Puebla. A la firma de Maples Arce se suman ahora la de Germán List Arzubide, Salvador Gallardo, M.N. Lira, Mendoza, Molina y doscientos nombres más. Allí se pedía la participación de "la juventud intelectual del Estado de Puebla" y la adhesión a las "filas triunfales del estridentismo". El acento seguía siendo incendiario, panfletario, provocador. Sin embargo, nada nuevo proponía de lo que ya se había planteado en anteriores hojas-volantes. "La exaltación del tematismo sugerente de las máquinas"; el "vivir emocionalmente" o el "Ponerse en marcha hacia el futuro", no eran grandes propuestas artístico-literarias. Los insultos e improperios a los héroes nacionales sólo podían tener el mérito - efímero mérito - de sacudir a las conciencias más tradicionales: "CAGUÉMONOS: Primero: En la estatua del Gral. Zaragoza, bravucón insolente de zarzuela (…). Horror a los ídolos populares. Odio a los panegiristas sistemáticos", etc. Por último, proclamaban: "Como única verdad, la verdad estridentista. Defender el estridentismo es defender nuestra vergüenza intelectual. A los que no estén con nosotros se los comerán los zopilotes. El estridentismo es el almacén de donde se surte todo el mundo. Ser estridentista es ser hombre. Sólo los eunucos no estarán con nosotros. Apagaremos el sol de un sombrerazo. FELIZ AÑO NUEVO. ¡VIVA EL MOLE DE GUAJOLOTE!"

Más allá de las bravuconadas homofóbicas a los llamados "asaltabraguetas" - epíteto seguramente dirigido al "grupo sin grupo" de Contemporáneos- y más allá de los hiperbólicos sombrerazos, los estridentistas comenzaban a mostrar un trabajo de creación que justificaba el brío de sus declaraciones. En 1922 Maples Arce publica Andamios interiores. Poemas radiográficos, un libro - o, para hacerle mayor justicia- el primer libro de poesía mexicana que hace uso de un lenguaje vanguardista y de una temática urbana, cosmopolita, acorde con los tiempos. No todo el libro de Maples Arce mantiene ese nivel de exigencia, todavía se siente demasiado la edulcorada retórica postmodernista, el uso del alejandrino, las supuraciones de índole romántica; sin embargo, el poema "Prisma" - que abre dicho poemario-, desde su título mismo, responde al espíritu que su autor quería imponer. La ciudad moderna deviene prismática, caleidoscópica, eléctrica y veloz. Ninguna novedad: ya lo habían dicho en sus poemas Apollinaire, Cendrars, Reverdy, Marinetti, Maiakovski; ya existía el cubismo y el futurismo - quienes habían pintado la simultaneidad de visiones y el movimiento de las cosas, respectivamente-, pero Maples Arce fue el primero que lo hizo en México - que trasladó esa visión y la encarnó en su poesía - y uno de los primeros en América Latina, teniendo en cuenta al Borges ultraísta que algo similar hacia, por ese entonces, en Buenos Aires. Y citar a Borges viene al caso, ya que - según comenta Luis Mario Schneider en su imprescindible El estridentismo o una literatura de la estrategia -, el argentino fue el primero en elogiar el libro del estridentista; sin embargo - y este punto puede potenciar el elogio a Maples Arce -, Borges desestima al estridentismo en tanto movimiento - ¿se prefigura en esas líneas al Borges neo-clásico de sus años de madurez? -; veamos parte de ese texto: "El libro Andamios interiores es un contraste todo él. A un lado el estridentismo: un diccionario amotinado, la gramática en fuga, un acopio vehemente de tranvías, ventiladores, arcos voltaicos y otros cachivaches jadeantes; el otro un corazón conmovido como madera que acomba el viento fogoso, muchos forzudos versos felices y una briosa numerosidad de rejuvenecidas metáforas (…). Por su raudal de imágenes, por las muchas maestrías de su hechura, por el compás de sus versos que sacuden zangoloteos de encabritada guitarra, Andamios interiores resultará como vivísima muestra del nuevo modo de escribir…" Dichos comentarios aparecieron en Inquisiciones, libro que el propio Borges erradicó de su bibliografía personal (ya que, seguramente, al magistral y mesurado Borges maduro, los "zangoloteos de encabritada guitarra" le habrán parecido - y con cuanta razón - absolutamente insoportables).

La época exigía novedad, pero no todas las novedades se vuelven clásicas. De las vanguardias históricas nos quedan un ramillete de obras insustituibles - y le dejo al lector la tarea de enumerarlas - que hoy podemos leer con la misma emoción y entrega con que leemos el Quijote, la Divina Comedia, La Ilíada o Hamlet. Agrego esta digresión pensando que, el estridentismo no pudo ir mucho más allá de la mimesis con las radicales propuestas europeas y de un aporte - sin duda importante- pero más histórico, cultural, que concretamente artístico y literario. Creo que eso queda claro en dos cosas: en la falta de teorización de los integrantes del movimiento - carencia plasmada, como ya señalamos, en la repetición de las mismas ideas y diatribas de los sucesivos manifiestos - y en la ausencia de una necesaria potenciación de sus postulados estéticos.

En 1924 Maples Arce publica Urbe. Super-poema bolchevique en cinco cantos. Pesa más aquí el compromiso político - compromiso que también responde a un factor de mimesis, de identificación con una época de grandes transformaciones- que el compromiso con "un nuevo modo de escribir", con una nueva sintaxis. Los estridentistas fueron, obviamente, izquierdistas (la relación entre política y poética vivía, en esos días, su mejor momento), pero también fueron un movimiento elitista, intelectual, nada propensos a un populismo cultural que rebajara la tarea del artista a simple propagandista de un sistema. Esta contradicción o contrariedad histórica - que sufrieron los artistas en todas las latitudes -, se refleja en un texto que Maples Arce publica en el Universal ilustrado en 1922: "La revolución social de México se proclamó en la incidencia de dos fuerzas convergentes: el impulso dinámico del pueblo y el esfuerzo integral de los políticos. Al terminar la revolución por razones de orden estructural, la primera quedó trasegada en la segunda, y ésta, que en materia social y económica formaba las izquierdas, en cuestiones literarias y estéticas, por falta de preparación intelectiva, no era sino una rama reaccionaria. Los pocos intelectuales que fueron a la revolución estaban podridos. La tiranía intelectual siguió subsistiendo y la revolución perdió toda su significación y todo su interés (…). A los sacudimientos exteriores no correspondió ninguna agitación espiritual (…), pero las inquietudes post-revolucionarias, las explosiones sindicalistas y las manifestaciones tumultuosas fueron un estímulo para nuestros deseos iconoclastas y una revelación para nuestras agitaciones interiores. Nosotros también podíamos sublevarnos. Nosotros también podíamos rebelarnos." El estridentismo - como sabemos- no fue el movimiento más estimado por la revolución institucionalizada - el "exilio" en Xalapa de Maples Arce y de sus más cercanos colaboradores, puede entenderse bajo esa perspectiva. En la Ciudad de México se imponían los poetas-funcionarios de Contemporáneos, opuestos estética e incluso políticamente a los estridentistas. Sin embargo, no es por su "oficialismo" que los poetas de Contemporáneos se imponen mayormente en la cultura nacional, sino por sus obras. No innovan, de acuerdo, pero crean unas obras de mayor trascendencia y calidad poética: Muerte sin fin de Gorostiza, o Nostalgia de la muerte de Xavier Villaurrutia, o la prosa lúdica - y lúbrica - de Novo, serían suficientes.

El estridentismo, liderado por Manuel Maples Arce, pero enriquecido por voces poéticas como las de List Arzubide, Salvador Gallardo y la prosa de Arqueles Vela - autor de La señorita etcétera (el mejor texto en prosa estridentista) y El café de nadie), entre algunos otros, sigue significando en la cultura de México un vórtice, un momento de alta temperatura y de puesta al día en el panorama de una cultura cada vez más universal. Los vórtices, las incandescencias políticas y poéticas, son naturalmente efímeras, pero son necesarias. Inmersos en este mare nostrum que nos ha legado la postmodernidad, donde ya nada nos exalta, recordemos a aquellos pioneros de la modernidad - como Maples Arce - que aún creían en la existencia de una terra incognita para la poesía y para la creación en plena libertad.

---Tomado de www.jornaldepoesia.jor.br


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