5.4.13

UNA RESEÑA A "LÉGAMOS" EL RECIENTE POEMARIO DE MORALES-SARAVIA


Légamos o la estética de lo rastrero a lo ascensional


Víctor Coral





El proyecto poético de José Morales-Saravia (Lima, 1954), poeta insular dentro de la tradición peruana, se inició en un ya lejano 1979, con la publicación de Cactáceas, libro que dio inicio a una suerte de saga poética que ha mantenido, por un lado, una fidelidad a su propia idea de estética, y por otro, prefiguró lo que se ha venido llamando el neobarroco, o al menos constituyó prematuramente el neobarroco peruano.

La propuesta de JM-S continuó impertérrita, de espaldas a la ignara respuesta de la escuálida crítica literaria periodística del Perú con Zancudas (1983), donde la preocupación del peculiar diálogo del yo poético enunciante se desplaza hacia los elementos volátiles de la naturaleza; y continuó sobre todo con Oceánidas (2005), especie de proyecto dentro de otro proyecto, ambicioso en el mejor sentido de la palabra, desbordante, embriagador y proliferante, en el cual la atención se centraliza en una incursión, entre alucinada y suprarreal, en el mundo de las aguas mayores de esto que llamamos Tierra.

Con Peces (2008), termina de cerrarse el ciclo marino –vamos a decirlo así—iniciado en Oceánidas, de una manera calma, cuidada y detenida: un oasis eufónico necesario dentro del trabajo ya ciclópeo del poeta.

Lo que pocos imaginaban es que Légamos (Paracaídas, 2013) iba a retomar la radicalidad de los primeros libros y la ambición de Oceánidas, pero con una diferencia: el poema en prosa y la puesta en práctica de una “estética de lo feo” (así lo llama el mismo vate) que, luego de ser trascendida, permita al creador acceder a una estética superior, sin caer en lo cursi, lo “huachafo” y lo lírico manido.

El volumen, de más de 170 páginas, está dividido en varias secciones, todas ellas referidas a regiones de la realidad donde lo rastrero, lo grotesco, lo repugnante, lo viscoso, incluso lo diabólico –pese a ser esta una categoría moral y no estética sensu strictu—habitan o tienen su guarida donde aguardan no sé qué redención siempre (re)negada.

JM-S se solaza en describir y dialogar --con un lenguaje de un barroco de raíces siglodeorescas, pero también con una exploración incesante por los vocablos desconocidos, por las aliteraciones, por las metáforas más sorprendentes—con estos parajes oscuros, siniestros, nefastos, incluso con los mismos personajes-animales que habitan en él, con el fin de la exhaustividad, de dar por terminada su labor de arqueólogo clínico de la realidad más infrecuente, la más oculta.

Hasta ahí el libro sería un reflejo de un aspecto de la realidad, por más oscuro que fuera. Mas la fuerza de Légamos está en sus últimos poemas (dicho esto sin desmedro alguno de los demás). En especial, en los dedicados a los manglares, donde el lenguaje suelta las amarras de su rebuscamiento y hace una retorcida y bella oda ascensional a esa curiosa formación vegetal-marina, con la “bromista bondad de (su) vuestra muchachería”.

Es en esa mirada animada y nacientemente luminosa sobre los manglares donde se barrunta una salida a la corrosiva inmersión en los intersticios de la realidad física de un mundo que se viene destruyendo y que el poeta trata de asir o rehacer a través de una palabra que, precisamente porque no está hecha para cualquiera, acaso perdure más de lo que lo haga la misma physis cotidiana.

La poesía de Morales-Saravia, mejor dicho, su  proyecto poético de largo alcance, no tiene el más mínimo parangón dentro de la tradición peruana en los últimos cincuenta años al menos. Y eso no es precisamente lo que lo hace valioso, sino la forma, el formato literario “artificioso” –como él mismo lo ha confesado--, su lenguajería (excusadme el neologismo) entre atrevida y respetuosa de la tradición barroca que deja sin aliento, casi, a quien se adentre entre sus espesas, especiosas, preciosas aguas del crear, recrear y descrear el incesante universo de la poesía en búsqueda constante.


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