22.8.13

Visiones del tohé (i.m. César Calvo)


De la flor grande de la selva, de su tallo, bebí un pequeño sorbo y me sentí mareado. Poco después estaba en una ciudad muy vieja y muy moderna a la vez. Quiero decir, estaba en una ciudad moderna y enorme, pero que había envejecido y parecía abandonada súbitamente por sus habitantes. Sus enormes edificios lucían sucios y grises, y por sus calles rodaban papeles viejos, envolturas de golosinas antiguas, algún que otro perro o mapache o algún animal parecido.

Todo lo veía como si fuera real. No. Todo era real. Era una realidad reluciente y creíble a pesar de lo grisáceo del sitio donde me hallaba. Podía ser Sao Paulo, podía ser NY, podía ser Shanghái. ¿Cómo saberlo? No veía a ninguna persona por más que caminaba por las calles de esa ciudad olvidada de calles estrechas y rascacielos fantasmales.

De pronto entré a una casa, pues sentí un poco de frío –me encontraba exactamente con la misma ropa con la que bebí el tohé: ropa de selva, ligera--, y vi a una vieja sentada al fondo de un sillón art decó en una enorme sala completamente vacía, aparte de su sillón. Me miraba con mirada de madre, pero no era mi madre. Me miraba con mirada de entusiasmo débil, como si ya se hubiera cansado de esperarme; pero yo no sabía que me esperaba, es más, ni siquiera sabía que una persona, una casa y un sillón así, forrado con un terciopelo verde oscuro muy raído, existían en  algún lugar del mundo y tenían que ver conmigo.

En un momento miré hacia el costado de la habitación y vi una puerta delgada, alta, entreabierta. Por allí pude ver un escenario completamente distinto al que había tenido hasta entonces. Entreví un cielo muy celeste y un aire iluminado por un sol brilloso, un sol como de selva, que ardía a la vista. Caminé hacia la puerta –la vieja me miraba con rostro de aprobación o eso creí--, la abrí por completo y me encontré con otro escenario: una ciudad probablemente del norte del país, con casas bajas de color claro y gentes alegres que iban de acá para allá algo ajetreadas.

La casa tenía muchas puertas y ventanales amplios, y a través de cada ventanal pude ver un escenario distinto del país y escenarios futuros y pasados no sé si del país o de otro. En un momento sentí que la vieja estaba detrás de mí. Volteé y vi que en sus dedos antiguos tenía gotas de una miel transparente. Hizo un gesto que entendí para que levantara mi rostro. Lo hice. La vieja introdujo una gota de aquella miel en cada uno de mis ojos, y en pocos segundos estaba de nuevo en esta realidad, ya no en la del tohé.

Pero esa casa con incontables puertas y ventanales que daban a realidades diversas aunque de algún modo relacionadas, me dio una idea de lo que era la Realidad total. Mas hablar de eso resulta aburrido, así que dejó este relato aquí, donde debe terminar.


  


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