2.9.13

Cohen: el exitoso cantor de la derrota




Leonard Cohen (Canadá, 1934) es uno de los cantautores más singulares que ha dado la música moderna en las últimas cuatro décadas. Su voz cavernosa, profunda y de una rara melancolía ha encandilado a miles de chicas y chicos en todo el mundo, pero también ha generado la admiración de monstruos del rock como Peter Gabriel, Sting, Elton John y Bono.


I was born
I had no choice
I was born with the gift
of a golden voice

(“Tower of Song”)



Según Silvie Simmons, la autora de la voluminosa biografía (Soy tu hombre, la vida de Leonard Cohen. Lumen, 2012), el autor de “I’m Your Man” y tantas otras canciones de las que se han hecho decenas de versiones, es:

“Un hombre cortés, elegante, de modales tradicionales (…) Por naturaleza es un hombre reservado, más bien tímido, pero cuando hay que ser punzante se calza las espuelas con dignidad y humor”.

Tal vez algunos no sepan que antes de ponerse a publicar los álbumes que lo han hecho famoso, Cohen se inició como narrador, con la novela “The Favourite Game”, para luego iniciar una carrera poética más interesante, con su medianamente elogiado poemario “The Spice Box of Earth”. Pero sea en literatura o en su música, hay tres temas que nunca lo han abandonado: la depresión, el amor/desamor, y la desesperanza frente a un mundo que se derrumba ante sus ojos.


El seductor desenmascarado

Parece que el Judaísmo, religión que profesó Cohen desde su temprana infancia, y luego el abrazo fortísimo que dio al budismo zen, no le impidieron tener una relación muy especial con las mujeres. Todos coinciden en que las tenía a la mano cuando quería, y no desperdiciaba oportunidad de acostarse con una bella mujer si es que su estado de ánimo (fue depresivo durante décadas) se lo permitía.

Pero la verdad es siempre más cruda. Cohen era incapaz de establecer una relación medianamente estable con mujer alguna, ni siquiera con las que amaba o pensaba que amaba. A lo mucho, algunas de las más importantes en su vida han quedado plasmadas en una oscura canción de amor que probablemente perdurará. Este rasgo parece acompañarlo hasta el presente, cuando bordea los setenta años de edad, ha dejado atrás todas las drogas naturales y sintéticas que usó cuando creaba (y cuando no, también), y su narcisista pesimismo y sus tendencias depresivas han dado paso a una calma llena de dignidad.


¿Cuándo se convirtió en lo que es?

Dado que hacer una carrera internacional como literato le demandaba un desgaste físico y emocional extraordinarios, Cohen vio en la grabación musicalizada de sus poemas una oportunidad para ampliar su radio de influencia como intelectual y creador, y de paso incrementar sus exiguas arcas. Esto, para algunos, se decidió en 1965, para otros en 1967, aunque se sabe que el cantante ya hablaba de grabar un disco en 1960.

Sea como fuere, parece haber sido determinante para dar ese paso la relación de dependencia amorosa que estableció Cohen con Nico, la cantante de The Velvet Undergroud y engreída del genial Andy Wharhol, a quienes conoció en Greenwich Village en los años 60. A decir verdad, LC se sentía más que apocado entre tanto talento y glamour, y no pudo otra cosa que establecer una débil amistad con otro judío maravilloso, Lou Reed, y amar platónicamente a la inalcanzable Nico.

Este fracaso amoroso con la cantante fue el detonante de una larga lista de canciones hermosas y desesperadas que luego irían a parar a su primer álbum, publicado por Columbia Records a fines de 1967: “Canciones de Leonard Cohen”. En el ínterin de la producción de este disco, consiguió conquistar nada menos que a la cantante Joni Mitchell, aunque su relación amorosa tipo maestro-alumna, se desvaneció rápidamente cuando Mitchell supuestamente descubrió que muchas de las frases de sus canciones Cohen las extraía de libros de Camus y de textos orientales. “Además, es un poeta de tocador”, le confesó a una amiga antes de dejar a nuestro héroe una vez más derrotado.


El amargo aprendizaje del triunfo


Decepcionado consigo mismo, y con el mundo, Cohen no tuvo mejor idea que tomar como maestro espiritual a un monje zen llamado Roshi, quien encaminó en algo la turbación y falta de perspectivas del futuro ídolo. A esto hay que agregar que los siguientes discos que grabó Cohen no tuvieron una buena respuesta crítica y tampoco de ventas en los EE. UU., aunque hoy son muy venerados. Los setenta fue una década cruenta para Leonard Cohen, tuvo que refugiarse en las presentaciones en vivo para no languidecer, y su vida amorosa seguía siendo una montaña rusa imparable.

Para colmo, sus relaciones con la gente más conocida de su medio eran fatales. Con Bob Dylan tuvo un desencuentro famoso en el que casi hablaron en clave y con algo de hostilidad. Nico le había cerrado todas las puertas y ni siquiera contestaba sus llamadas. Y hasta la famosa Judy Collins, que tanto había hecho por su carrera en sus inicios, se mostraba distante. En cuanto al público, cuando podía lo abucheaba y hasta en una oportunidad un loco intentó asesinarlo.

Sin embargo, Cohen tenía que cumplir con cuatro álbumes ya pactados con Columbia, así que no le quedaba más que acudir a los antidepresivos de la época y ponerse a trabajar. A mediados de la década su compromiso estaba cumplido, aunque seguía siendo poco aceptado en Estados Unidos. Se estima que los 70 fueron los años en que el estilo y la forma de entender la música por parte de Leonard Cohen se forjaron, y eso definitivamente iba a dar sus frutos, incluso si el mismo cantautor no pensaba lo mismo sobre su obra en ese momento. Por fortuna, la década siguiente confirmó esta teoría.


Ochenta formas de homenaje

Los 80 se abrieron con un más que aceptable documental titulado “Song of Leonard Cohen”, filmado por Harry Rasky. Los conciertos en Europa se multiplicaron y la leyenda de cantante de culto empezó a erigirse cada vez más sólida. Cohen parecía haber aceptado que el público estadounidense o no lo entendía o simplemente no estaba interesado en lo que hacía. A esto ayudó mucho un largo retiro de cuatro años al monasterio Mount Baldy, donde se puso al servicio del monje Roshi, quien templó su ánimo y le enseñó la vida realmente dura que requería una verdadera espiritualidad.

Mientras tanto, una gran legión de jóvenes talentos comenzaban a escuchar sus canciones y admirarlo. Entre ellos el cantante de Pixies, Nick Cave, Ian McCulloch, el grupo dark Sisters of Mercy, Eric Clapton, hasta Iggy Pop hablaba bien de él.    

En el 88’ la aparición de su disco más famoso, “I’m Your Man”, marcó un cambio de paradigma en su música y en él mismo. Sus fans ahora eran los jóvenes, su oscuridad y sarcasmo iniciales se hicieron más amables sin dejar de ser auténticos, y su música se había modernizado en el buen sentido. Por primera vez, todo fueron aciertos para Cohen. Incluso llegó a vender 300,000 copias en EE. UU, todo un record si comparamos con las vergonzosas cifras de venta en dicho país de sus discos anteriores. Revela el cantante para una revista de entonces:

“Por lo que se refiere a mi supuesta carrera, ciertamente fue un renacimiento. Pero era difícil considerarlo un renacimiento desde el punto de vista personal, ya que se hizo en las habituales condiciones deprimentes y malsanas”.

Ya se ve que Cohen no había superado aún los viejos errores y vicios de juventud, ni siquiera al conseguir empatarse con la hermosa actriz de “Corazonada”, de Coppola, y “La mano que mece la cuna”: Rebecca de Mornay.


Los 90 y la consagración musical y espiritual

Su desaliento casi invencible no impidió que la notable revista francesa “Les Inrockuptibles” prepare en 1990 un álbum de homenaje a Leonard Cohen, titulado “Soy tu fan”. En es disco cantaran sus temas los mejores cantantes y grupos del momento. Allí estuvieron Black Francis (Pixies), Nick Cave, R. E. M., James, Lloyd Cole, Ian McCulloch y nada menos que el genial John Cale, quien interpretó un cover notable de su canción “Hallelujah”.

Hubo más. Tres de las canciones de su álbum de 1992, “The Future”, se incluyeron como banda sonora en “Asesinos por naturaleza”, de Oliver Stone: “Anthem”, “The Future” y “Waiting for the Miracle”. La crítica musical estadounidense que tantas veces lo había vapuleado, ahora lo comparaba con Bertolt Brecht, las giras mundiales bordeaban la centena de presentaciones y fue nombrado por el gobierno de Canadá como miembro del Salón de la Fama de la Música Canadiense y oficial de la Orden de Canadá. Cualquier cosa que significara ello, sonaba realmente importante.

Paralelamente, publicó una antología de sus poemas y una novela de bastante éxito entre sus fans; aunque no creemos ser mezquinos al decir que el fuerte de LC estaba en sus pesimistas y depresivas canciones con esa ironía tan especial que destilaban. En cuanto a lo espiritual, fue ordenado oficialmente monje zen, por su maestro Roshi, en 1996. Ello no le impidió experimentar en pleno encierro espiritual en el monasterio, con sintetizadores que intentaban imitar el sonido de “un altavoz roto que hubiera sobrevivido a la destrucción del cosmos, llena simplemente de una especie de absurda esperanza de regeneración”. No podía con su genio.

Hacia fines de los 90, Cohen deserta de su profesión zen y se aparta de la vida monástica. Pero no, como se esperaría, para ponerse a componer y “tirar” como loco, sino para enredarse en las calculadas claridades de un tal Ramesh, un monje hinduista de la escuela advaita que, millonario él, daba de vez en cuando conferencias gratuitas en su primorosa residencia de Bombay, en las que hablaba a sus discípulos --Cohen en primera fila- de abstrusas categorías metafísicas hinduistas, con la suficiencia y el paternalismo con que el gerente general de una transnacional habla de vez en cuando a sus trabajadores más aplicados.

Por supuesto, esta espiritualidad para algunos de dudoso peso, impregnó todos los álbumes que publicó Cohen del 2000 para adelante, aunque hay canciones que son simplemente lecciones de honestidad y desapego. Pero también es cierto que el último Cohen ha sido colmado de elogios, reconocimientos, medallas, premios y homenajes musicales a lo largo de todo el planeta, que según los más entendidos, rebasan el medio centenar.

Es como si la voz siempre oscura, sugerente y cavernosa de LC hubiera balanceado un cierto aligeramiento de sus letras.

Coda

El año pasado un Leonard Cohen sosegado, humilde pero rico en experiencias recibió el Premio Príncipe de Asturias con un discurso realmente notable. Las fronteras entre su obra musical y su obra literaria habían desaparecido o eso parecía. Era un hombre de letras, un paladín de la cultura con nietos a quien adorar y muchos buenos recuerdos amorosos que rememorar.

Todo ello tuvo una síntesis casi hegeliana pero sobre todo feliz el 31 de enero de este año, cuando se publicó “Old Ideas”, un disco donde lo espiritual y lo erótico van de la mano, aunque hay cierto nada desagradable énfasis en lo religioso. Con este disco, Cohen, el pesimista, el desesperanzado, el sarcástico de la oscuridad, se terminaba de convertir en el hombre de éxito que siempre quiso ser. Sin abandonar en lo esencial sus visiones y derrotistas ideales. Todo un hombre.

  
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Nacido con traje


Cuando estoy contigo
Quisiera ser la clase de héroe
Que quería ser
Cuando tenía siete años
Un hombre perfecto
Que mata


---Cohen. 

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