25.11.13

LA REPARACIÓN DE LA POESÍA, POR SEAMUS HEANEY

El gran premio Nobel de poesía adelanta un ensayo de su próximo libro de crítica –ejemplar y necesario para muchos—poética en la extraordinaria revista mexicana LUVINA de otoño del 2013. Provecho.



La reparación de lo poesía

Los profesores de poesía, los apologistas y los propios poetas, desde Sir Philip Sidney a Wallace Stevens, tarde o temprano se sienten tentados a demostrar que la existencia de la poesía como manifestación artística guarda relación con nuestra existencia como ciudadanos en sociedad: a probar que la poesía posee «una utilidad actual». Detrás de todas estas defensas y justificaciones, más lejos o más cerca, se encuentra Platón, empeñado en poner en duda las prerrogativas y la utilidad que la poesía pretende reivindicar para sí dentro de la polis. Sin embargo, el mundo platónico de las formas ideales es a la vez el tribunal de apelación al que recurre la imaginación poética para intentar reparar los defectos de la actual situación. Y todavía diré más: que las respuestas «útiles» o «prácticas» a tal situación derivan igualmente de ciertos valores imaginados: tanto los gobiernos como los revolucionarios se justifican por medio de ficciones poéticas, de sueños de mundos alternativos. La diferencia es que los gobiernos y los revolucionarios querrían obligar a la sociedad a adoptar la forma de sus fantasías, mientras que la mayoría de los poetas están más interesados en intentar averiguar qué es aquello que tanto ellos mismos como sus lectores consideran como posible, deseable, e incluso imaginable. La nobleza de la poesía, según Wallace Stevens, «es una violencia interior que nos protege de la violencia exterior».[1] Es la imaginación que obliga a retroceder a la opresiva realidad.
Al final del ensayo «El jinete noble y el sonido de las palabras», Stevens insiste en que sus propias palabras son algo más que sonidos, y tal insistencia resulta comprensible. Es como si respondiera mentalmente a las quejas de uno de esos oyentes molestos que siempre interrumpen al orador en una conferencia y que Tony Harrison define como «ruibárbaros»; a las objeciones de un individuo que despotrica contra la mistificación del arte y su apropiación por parte de los aristócratas de la estética. «En nuestro tiempo», lamenta este hipotético interlocutor, haciéndose eco de unas palabras que ha escuchado en otro lugar, «el destino del hombre muestra su significación en términos políticos».[2] Y a su entender, y al de la mayoría de quienes se niegan a atribuir a la poesía una fuerza metafísica, esos términos se derivan de la política de la subversión, la reparación, la reafirmación de aquello que no se puede expresar. Nuestro molesto oyente, en otras palabras, querría que la poesía fuera algo más que una respuesta imaginada a la situación del mundo; querría saber inmediatamente por qué no debería ser un arte práctico, al servicio de los movimientos que intentan aliviar esa situación a través de la acción directa.
El oyente, por tanto, no mostrará demasiada simpatía hacia Stevens al sostener que el poeta es una figura poderosa porque «crea el mundo al que constantemente volvemos, sin saberlo, y [...] da vida a las ficciones supremas sin las cuales somos incapaces de concebir este mundo»,[3] es decir que si consideramos que nuestra experiencia del mundo es un laberinto, su naturaleza infranqueable puede sin embargo contrarrestarse si el poeta imagina un equivalente a ese laberinto y se regala (y nos regala) una experiencia intensa de ese sustituto. Un acto de estas características sólo puede intervenir en la realidad al ofrecer a la conciencia la oportunidad de reconocer el propio sufrimiento, de prever sus capacidades y de ensayar sus réplicas ante todo tipo de situaciones arriesgadas, algo que resulta en un acontecimiento beneficioso, tanto para el poeta como para los lectores. Ofrece una respuesta a la realidad que posee un efecto liberador y verificador sobre el espíritu individual. Sin embargo, entiendo perfectamente que para un activista político esta función no sea suficiente. Para el activista, carece de sentido concebir un orden que comprende acontecimientos pero que no crea otros acontecimientos nuevos. Las partes comprometidas no van a mostrarse agradecidas por una mera imagen, por creativa u original que sea, del campo de fuerzas en el que se encuentran inscritas. Siempre querrán que la reparación de la poesía beneficie su punto de vista; exigirán que todo el peso se incline del lado de la balanza en el que ellos se encuentran.
De modo que si eres un poeta inglés que lucha en el frente durante la Primera Guerra Mundial, se te presionará para que participes en la guerra, preferiblemente deshumanizando el rostro del enemigo. Si eres un poeta irlandés que escribe inmediatamente después de las ejecuciones de 1916, se te presionará para que critiques la tiranía de la autoridad que las ordenó. Si eres un poeta americano en plena guerra de Vietnam, todo el mundo esperará que agites retóricamente la bandera. En estos casos, considerar que el soldado alemán es un amigo y un compañero de desgracias, que el gobierno británico es un Estado capaz de cumplir su palabra, que la campaña del sudeste asiático es una traición imperial, es complicar las cosas cuando todo el mundo desea simplificar.
Estos gestos contrarios frustran las expectativas colectivas de solidaridad, pero tienen fuerza política. Su propia capacidad de exacerbación garantiza en cierta medida su eficacia. Se trata de instancias particulares de una ley que Simone Weil anunció con la radicalidad y la concisión que le caracterizaban en su libro La gravedad y la gracia:

Si sabemos de qué lado está desequilibrada la sociedad, hay que hacer lo posible por poner más peso en el platillo más liviano de la balanza. Aunque ese peso sea el mal, si se le maneja con esa intención tal vez uno no se ensucie. Pero hace falta haber concebido el equilibrio y estar siempre dispuesto a cambiar de lado, como la justicia, «esa fugitiva del bando de los vencedores».[4]
Evidentemente, esta visión se corresponde con estructuras mentales y emocionales profundas derivadas de siglos de enseñanza cristiana y de la paradójica identificación de Cristo con el sufrimiento de los desdichados. Y en la medida en que la poesía es una extensión y un refinamiento de las apreciaciones mentales más radicales, y de las más inesperadas intuiciones de la lengua, también expresa el mecanismo de la ley de Weil.
«Obedecer a la ley de la gravedad. El mayor pecado», afirma Simone Weil en La gravedad y la gracia.[5] De hecho, el libro se articula en su totalidad en torno a la idea del contrapeso, del equilibrio de fuerzas, de la reparación: de hacer que la balanza de la realidad se incline del lado del equilibrio trascendente. Y en la actividad de la poesía existe también una tendencia a situar en la balanza una «antirrealidad», una realidad que quizá sólo sea imaginada, pero que sin embargo tiene peso porque ha sido imaginada dentro del campo gravitacional de lo real y, por tanto, puede resistir el peso y encontrar un equilibrio con la situación histórica. Este efecto reparador de la poesía se debe a su condición de alternativa vislumbrada, de revelación de un potencial que las circunstancias niegan o amenazan constantemente. Y a veces, por supuesto, sucede que esta revelación, una vez consagrada en el poema, se convierte en un valor para el poeta, de manera que entonces queda sometido a la presión de tener que trasladar a su propia vida el plano de conciencia que ha establecido en el poema.
(continuar leyendo)


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