20.3.14

RESEÑA DE "TRÍPODE" DE RENATO SANDOVAL


 

 

 
Trípode o navegando a tres velas de Renato Sandoval

 

Por Sylvia Miranda.

 

Entrar en Trípode de Renato Sandoval no es una tentativa fácil, el libro pide ser desgranado como una mazorca de maíz, con buenas uñas y una razonable dosis de cuidado. La sincera invitación que nos hace el autor recién abierto el libro nos anima, sin duda alguna, a adentrarnos en sus densos meandros. He de confesar que siento un especial aprecio por los prólogos escritos por los propios poetas, tal vez porque presiento el riesgo y la honradez que este gesto supone por adelantado, la exposición a la plaza pública a la manera de los toreros (tan denostados en estos tiempos de la comida sin sal), sin más abrigo que la palabra como capote. Me refiero, a ese dar la cara en solitario cada día más escaso.

Asimismo, el prólogo es un espacio distinto y privilegiado de acercamiento al lector, tal vez el más parecido a la conversación de café. Es el lugar donde el autor nos da pistas de la obra, apunta algún detalle que le es relevante. En su caso, Renato Sandoval es bastante directo al definirla, para él Trípode es “tan solo un gesto contrahecho, un insomnio sin aliento, una vacua esperanza que quiere creer que lo alguna vez dicho con toda la urgencia del mundo puede aún seguir diciendo algo que entrañe cierto sentido…”. De esta forma, los textos de Trípode suponen los restos de un naufragio personal, de un viaje a la propia noche, todo ello en busca de una forma que organice y declare algo de lo vivido intensamente, como refería Emilio Adolfo Westphalen con luminosa ironía al hablar sobre la tarea poética llamándola simplemente “Pecios de una actividad incruenta”.

            Componen la obra: Nostos, El revés y la fuga y Suzuki blues, tres libros, tres asedios o tres revestimientos a un mismo centro, tres dianas que apuntan inexorablemente a ese entrañable desconocido, a ese loco angustiado, a ese eterno adolescente parado frente al mismo barranco que todos somos en algún sentido o medida. En esta labor de examinarse se va desde la epidermis hasta las luengas vísceras. Desde las innumerables matrices (“las cavernas maternales”, los huevos, los marsupiales) se asume el cuerpo y el deseo, en su límite y en su aspiración. Esta búsqueda que incide en las zonas eróticas pero también en otras menos "nobles", por así decirlo, del cuerpo como las axilas, los pies, los dedos, enlaza con lo social a través de la angustia, del odio y la impotencia frente al "tirano". Esta angustia que recorre todo el libro se presenta principalmente frente a la amada, el eros personificado, cómplice del deseo y de la soledad. El cumplimiento del deseo en el poema acarrea siempre la llegada de la petite mort y la vuelta a la soledad y a la desesperación. 

            Nostos, como su nombre lo indica en la tradición literaria grecolatina, es la vuelta a casa del héroe, la nostalgia del hogar, la vuelta del viaje que es vida y es espejismo, es justificación y desengaño. Pero, ¿cómo no zarpar cuando alma y cuerpo llaman a la aventura? Aunque como advierte el poeta "Más tarde el éter se quebró cuando salí dando un portazo, / tenía aún migajas de retina en los labios" y le comenzaba a pesar ese estar "exhausto ya de hurgar en vano la costa medianera" sin encontrar más que dunas y simulaciones de oasis.

Hay algo en este libro que trae a la mente los conocidos versos de “Brise marine” de Mallarmé: “La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres./ Fuir! là-bas fuir!”, esa tentación inmensa y repetida de huir marcada a fuego en nuestra condición moderna, a cualquier parte, a cualquier precio, al mar sobre todo como en “Brise marine”, a ese horizonte sin fin del mar o, a su espejo, el desierto con interminables olas de dunas, o a algún espacio sideral donde encontrar una forma de felicidad. Hay una nostalgia de la felicidad. Como la hacía notar Baudealire cuando escribía en “L’invitation au voyage” de sus Petits poèmes en prose :“Cette nostalgie du pays qu’on ignore, cette angoisse de la curiosité? ”, como si en algún lugar desconocido hubiera algo que nos esperara, que nos revelara, que nos llenara al fin.

Así el poeta en su delicada citación del verso sanjuanista llama la atención preguntando, “¿Quién, pues, oye testar las islas?”, como si nos dijera, quién oye a lo que llama desde lejos, desde esos espacios ignotos, desde esas “zonas ultrasensibles de la tierra”, como llamó Bretón a Las Canarias, no por nada, antiguamente llamadas Las islas de los Bienaventurados. Esta relación del viaje y del descubrimiento de uno mismo figura en el libro como un duro pasaje del tiempo heroico de la juventud a la adultez, tema fundamental de la obra: “verdes fueron las tierras de mi melancolía, / hoy el polvo las vela y el mar apenas si las resana”. Musicales versos en el que el término resanar cumple brillantemente su función de curar, de cubrir con su flujo y reflujo aquello ya casi perdido. Hay en estos versos de Nostos un aliento al Álvaro de Campos de Pessoa, a esas ganas originales de ser a pesar de todas las imposibilidades, de un futuro que debe existir en algún lugar y que Sandoval expresa cuando dice “El viaje, el viaje hacia la sangre empozada en los / remansos de la gloria”.

El revés y la fuga es un título cuyo impacto me recordó al del "El pozo y el péndulo" de Poe o a una suerte de historia de espadachines a lo Dumas, pero este poema largo es otra estrategia para continuar el mismo asedio. Bajo el signo de Pessoa, Sandoval sabe que un ser es muchos mundos, muchas "formas" y que cada forma es una posibilidad más que se despliega para ser. Así, el tema sigue pero bajo otro ritmo, la angustia pasa aquí examen a las prístinas ilusiones del pasado venidas a pique: “Yo que creía en parusías y redenciones, / en aquella voz flamígera que siempre estaba ahí / cuando despertaba”, y a los amores que terminaron por encallar en alguna playa medio olvidada. Todo recuerdo instalado en la conciencia, varado en el lugar de la indefinición, en ese "doble /círculo del deseo, aquel pozo indiviso en la pendiente / que ya no se entrega / y tampoco se marcha".

En Suzuki Blues el asedio va camino de la forma contemplativa, sucinta, sentencial de la poesía oriental. Sandoval navega también por estos mares, en las pieles de Li Po, de Basho, de Takuboku Ishikawa y otros; hace suyas "la luna en la quebrada", las "flores del manzano", "del cerezo", "la noche" explorando los territorios del miedo, de lo estático. "La noche (...) una mole/ de espanto..." nos retrotrae de golpe a los miedo infantiles. Una niña aparece varias veces en el libro, una niña que recuerda lo frágil, lo que se escapa, lo que flota sin esfuerzo. Los poemas son más cortos en Suzuki blues y apelan discretamente al lamento religioso del canto afroamericano que no abre las heridas sino que busca resanarlas en un acto que recoge la “Compasión absoluta / al otro lado del estío”, pero no de forma gratuita sino a través de la certeza de una justicia todavía válida para el ser, es decir, de que la poesía es conciencia verdadera e indoblegable. Por esta razón el último poema de Suzuki blues dice “Ignorado por todos, / sólo él no ha cambiado./ Por la noche enciende el fósforo / y una luciérnaga atraviesa / la sombra de su mano. Antes/ fue la mentira, a menudo /el pequeño placer y la indiferencia. / Ahora, el sudor a cada instante / y ese latido incrustado en sus mejillas. Que / los que lo humillaron se muriesen todos / al menos por una sola vez, / esa es su plegaria.”

Es un libro denso, cargado de angustia y de una búsqueda de la propia verdad, del lugar del poeta, y es una visión del mundo y de la vida vista desde el viaje. Es destacable y, por estos tiempos que corren, casi sorprendente encontrar un poemario que privilegie con tanta claridad el lugar del lenguaje, la materia del poema, lo que habla por sí solo del lector y el traductor que asoma por estas líneas. Su riqueza terminológica llena de vocablos de uso náutico, del mundo animal y de la naturaleza en general, así como sus cultismos, ésta última en una tradición moderna muy nuestra, de la poesía peruana, le otorgan una gran capacidad metafórica y musical a su palabra, revitalizándola en sus nuevos contextos, exigiendo de ella la expresión más precisa y a la vez sugerente de la propia representación. Físicamente, es también un libro de cuidada estética, desde su pulcra diagramación hasta las bellas ilustraciones de kanjis japoneses a modo de títulos secretos en Suzuki Blues o desde la sencilla portada que dibuja un rústico trípode que tiene algo de palo de atracadero al que se amarran para nosotros, los lectores que queramos zarpar, todos los barcos de este libro.

 

Madrid, marzo de 2014


---Sylvia Miranda es escritora y Doctora en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Complutense de Madrid, sus investigaciones versan sobre el imaginario urbano y la poesía de vanguardia peruana. Entre sus últimas publicaciones están el ensayo Caminantes por una tierra baldía. T.S. Eliot y E. A. Westphalen. Una lectura transtextual de Las ínsulas extrañas, Madrid, Del Centro Editores y su libro de relatos Las mañanas sagradas, Madrid, Catriel, ambos de 2011. Asimismo, ha aparecido recientemente su edición de 5 metros de poemas y otros textos de Carlos Oquendo de Amat, Ica, Biblioteca Abraham Valdelomar, 2012 y su poemario La foudre demain, (con pinturas de Sylvie Lobato), La Rochelle, Les Arêtes Editions, 2013.

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