8.5.14

UN CUENTO DE THORNDIKE (CON CARGO A ANALIZARLO)

Jessica Lagunas, Abuela, madre, hija, 2005

DÍA DE SALIDA

Jennifer Thorndike






 1
Hoy es viernes, día de salida. Me levanto, me cambio, me lavo la cara y me recojo el pelo en una cola. Luego salgo del cuarto. Ella está esperándome con la lista de víveres, el celular, las llaves y el dinero exacto. Sabe cuánto gastamos todas las semanas en el supermercado, no se necesita más. Ella saca los tres candados que resguardan la puerta antes de abrirla. No son los únicos: cada puerta o ventana está asegurada para evitar que alguien, sabiendo que adentro hay dos mujeres solas, entre a robar. Su miedo es enfermizo, como todo en ella lo es. Ahora se acerca para despedirse y darme su bendición, pero yo la rechazo instintivamente.

-No te demores.

No demoraré, no puedo. Ella controla el tiempo que debo estar fuera. Entre una hora y media y dos, no más. Si los minutos se dilatan, comenzará a llamarme sin parar. No soporto la vibración del celular ni sus preguntas de siempre: ¿Dónde estás? ¿Por qué te demoras? ¿No te parece mal dejarme sola tanto tiempo? Salgo.

Todos los viernes, cuando ella cierra la puerta y yo después de siete días respiro el aire exterior, revivo la idea de no regresar. Para cualquiera sería fácil robar el dinero de la semana, abandonar el celular y huir. Pero para mí no lo es: a medida que avanzo, siento que su presencia se vuelve abrumadora y me acosa, sin importar cuán lejos de casa esté. Entonces imagino la huída: comenzaría a correr, buscando desesperadamente perderme antes de que ella consiga darme caza. Pero sé que es imposible: ella tiene la capacidad de invadir todos los espacios de la ciudad donde me encuentre. Media vuelta y a comenzar de nuevo, a caminar sobresaltada, escondida, nerviosa, contando los billetes sin poder soportar sus ojos vigilantes y su voz repitiendo eres una desgraciada, mala hija, dejas a tu madre sola y sin comer sabiendo que es una mujer enferma, mala hija, en un eco sin final que me haría sentir culpable y terminaría partiendo mi cuerpo en unos pedazos que ella recogería para armarlos a su antojo y depositarlos, bajo custodia de un nuevo candado, en esa casa ultra segura que sólo abre sus puertas cuando su voluntad lo cree necesario.

Abandono la idea de la huída y entro al supermercado. Comienzo a comprar los víveres mirando el reloj, paso por la sección de limpieza siempre observando la pantalla del celular (no vaya a ser que haya llamado) y me detengo ante la licorería para hacer cálculos y ver si esta semana puedo comprar una botella de su vino favorito sólo para molestarla y que sienta tanto como yo el peso de la tonelada de pastillas para los nervios con las que se droga y no le permiten tomar alcohol. Pero desisto, dejo el vino en la caja y pago lo demás. No voy a recibir vuelto.
-¿Desea donar sus centavitos?
-No.

No, déjeme los centavitos para sentir que tengo dinero y que es suficiente para huir, cambiar de ciudad, de identidad y así evitar que me ella me encuentre. La ansiedad por enfrentar ese otro lado desconocido crece. Cuento: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… seis centavos. Los meteré en mi latita. Ojalá hubieran inventado estas moneditas hace veinticinco años, cuando todo esto empezó. Quizá ahora ya tendría suficientes. Las meto al bolsillo y regreso a la casa empujando el carrito con las bolsas. Quiero que el camino se haga más largo para no llegar, pero mis pies aceleran el paso porque saben que el celular puede comenzar a vibrar. Ella me está esperando: sus ojos colgados de la ventana, el teléfono en la mano. Abro la puerta, descargo las bolsas. Ella pasa los candados por sus aldabas. Me quita la llave y yo subo a mi cuarto. Cierro la puerta para no escuchar sus quejas. Lo último que logro entender es la palabra malagradecida que sobresale cada vez que pronuncia mi nombre.

2
Quise sacar el espejo de mi cuarto, pero ella no me lo permitió. Le di mis razones, pero como no quiso escucharme, decidí romperlo. Su desesperación la llevó a hacer una de sus escenas habituales. Sin embargo, por primera vez dio patadas contra la puerta y buscó que alguna de las llaves de su manojo pudiera violar mi cerradura. Pero sabía que era inútil, que yo había logrado quitarle la única copia de la llave de mi cuarto el día que decidí refugiarme en él. Era lo mejor: encerrarme dentro del cuarto para verla lo menos posible.

La puerta parecía no soportar más golpes. Jalé la cómoda y bloqueé la entrada. Luego me miré en uno de los pedazos de espejo y redescubrí los cambios que había sufrido mi cuerpo. Estaba cansada de ver las arrugas que atravesaban mi cara, la piel caída, las canas que asomaban cada vez en mayor cantidad, los vellos encima del labio, las cejas ahora varoniles. Mis razones eran válidas, se lo repetí hasta el cansancio. Volví a correr cómoda, abrí la puerta y le tiré los pedazos de espejo a sus pies.
-Lárgate.
-Pero hijita…
Volví a encerrarme. Al otro lado de la puerta, ella empezó a hablar en tono conciliador. Últimamente no lo hacía porque sabía que yo no iba a responderle. Con los años desarrollé la capacidad de no prestarle atención. Sin embargo, ella, con su mente siempre activa buscando la manera adecuada de hacerme daño, había inventado un sistema de torturarme incluso en el único espacio donde podía evitarla. Pasaba diariamente papelitos donde se encargaba de comunicarme lo que yo no quería escuchar. Finalizaba siempre de la misma manera:

Que Dios te ablande el corazón, hija mía, para que salgas de ese cuarto y vuelvas a estar al lado de tu madre. Tú sabes que eres lo único que tengo, que eres mi única familia. No me puedes dejar sola porque podría pasarme algo, podría morirme. Yo sé que tú no eres mala como tu hermano, yo sé que tú no harías lo que él hizo. No me trates así, encuentra un poco de comprensión para tu madre. Me muero por abrazarte y que me abraces. Lo necesito, hijita. No puedo estar sola. Ruego a Dios que te ablande el corazón. Te quiero mucho.

Tenía que leer cada papelito que pasaba por debajo de mi puerta porque temía que efectivamente hiciera algo, que ese papel fuera una carta de despedida y yo terminara cargando con la culpa. Ella no era una persona normal. Siempre había estado mal de los nervios. Por eso mi papá y su otro hijo la habían dejado. Yo también lo hubiera hecho, pero no pude. Ella restringió mis salidas y tomó todas las decisiones sobre mi futuro. Me hizo sentir culpable de sus errores, y finalmente impuso que me quede a su lado para cuidarla, diciendo que yo se lo debía en recompensa a tantos sacrificios que ella había hecho. Además, desde joven comenzó a actuar como si fuera una inválida, siempre con la excusa de sus nervios. Conseguía receta tras receta de ansiolíticos, antidepresivos y pastillas para problemas neurológicos, todo para convencerme de que estaba enferma y que no podía valerse por sí misma. Lo logró, y por eso sigo acá. Pero no pienso salir del cuarto más. Abrazarla me produciría repugnancia, odio. El odio es el único sentimiento que todavía puedo percibir con claridad.

3
Hay un cristal roto en la ventana de mi cuarto. Al igual que el espejo, lo rompí en uno de esos momentos de angustia que suelo tener con frecuencia. La noche que rompí el cristal, por ejemplo, fue la primera vez que tuve esa pesadilla que ahora se ha vuelto recurrente: la veo saltando por la ventana y estrellándose contra el piso. Luego se presenta la imagen de su cuerpo reventado, e incluso comienza a percibirse el hedor de la carne pudriéndose. Sin embargo, cuando me acerco y me detengo en la expresión de su rostro, me doy cuenta de que una sonrisa satisfecha se dirige a mí.
-Te he malogrado un poco más la vida.

Desperté. Al principio me quedé como apagada, ligeramente adolorida. Miraba el techo sin poder moverme. Luego sentí una angustia desbordante y quise tomar aire porque me estaba asfixiando. Me encontré con la ventana cerrada por un candado. Empecé a dar de puñetazos hasta que rompí uno de los cristales. Entró un poco de aire, pero no me era suficiente. Empecé a inhalar con fuerza como tratando de sacar aire de un respirador artificial. Sirvió. Cuando logré calmarme del todo, agradecí la pesadilla. Ahora tenía ese respirador artificial (que había cubierto con un plástico transparente) cada vez que lo necesitaba, sobre todo los domingos en que ella, una vez más, deslizaba la misma notita adjunta a los avisos clasificados de vivienda:

Mira, hijita, lo caros que están los departamentos. Sería imposible que te fueras a vivir a otro lugar con lo caros que además se han puesto los servicios. La luz es la peor, ya sabes. Te he marcado algunos para que te convenzas. Te quiero, a ver si sales un ratito.

Resaltados en amarillo, la lista de los departamentos que me eran inaccesibles, la confirmación de que estaba amarrada a ese cuarto, a esa casa, a ella, de por vida. Y en ese momento buscaba el respirador artificial, le quitaba su cubierta y sacaba la nariz. Me sentía aliviada. Pero luego abría los ojos y odiaba esa fuente de aire, la ventana entera, porque en lugar de ampliar mi espacio lo limitaba. Esa ventana era su representación perfecta y por eso el respirador artificial no era suficiente. Y el vértigo, una vez más, me tumbaba en la cama con el periódico al lado y los pulmones completamente vacíos.

4
Me he sentado contra la puerta de mi cuarto. Ella la golpea y grita. Me doy cuenta de que ha roto la botella de vino que le traje porque el líquido rojo se cuela por debajo de la puerta. Yo me distraigo formando figuras con las manchas que deja el vino en el parquet.
-Desgraciada, tanto me he sacrificado por ustedes para nada. Cuando me muera te vas a dar cuenta de lo mala que has sido con tu madre.

Toco las manchas con la mano, las estiro. El líquido es absorbido por la madera mientras yo recibo sus gritos, sus insultos, sus amenazas. Y las manchitas que se extienden, me envuelven y me protegen porque concentrada en ellas no escucho, no siento, no veo más que su color rojo sobre el parquet. Miro esa figura que se retuerce y que muta, y pido que ella se tranquilice porque si hace algo, yo seré la responsable y la responsabilidad se ocupará de borrar todas estas manchas que ahora me distraen.

-Mala hija.

Ella deja de golpear la puerta. Después escucho que se encierra en su cuarto, que está al lado del mío. Su presencia tan cercana me abruma.

Me levanto y voy a la ventana. El plástico cae y entra el aire helado. Nunca me es suficiente, pero no me quejo. En el respirador artificial se me pasó por la cabeza comenzar a contar. ¿Cuántos años tiene? ¿Cuántos años de vida le quedan? Yo tengo cincuenta, cincuenta y uno, cincuenta y dos, ¿cincuenta y cinco? Entonces ella debe tener ochenta y tres. ¿Cuántos años más tengo que esperar?

Desde que cumpliste ochenta, cuento y cuento y no tengo cuándo terminar de contar porque el tiempo se sigue estirando, la espera se prolonga y no hay nada que me indique que vaya a terminar pronto. El respirador no cumple su función y me ahogo y admito que tienes razón en lo de desgraciada, en lo de mala hija, en que no me importas en absoluto porque todos los días deseo que llegue el momento y vuelvo a contar y me agoto y me ahogo y la ventana con el vidrio roto no me sirve de nada.
En ese momento, no me queda más que recurrir al cajón donde están todos los papelitos que pasas por debajo de la puerta. Y saco uno que conservo un lugar especial, protegido, aislado, marcado, uno que todavía puede darme un futuro a pesar de los ¿cincuenta y seis? años que cada día siento más insoportables:

Hijita, quería conversar contigo, pero no me abres la puerta. Hablé con el abogado y me dijo que probablemente el resto de mi herencia quedará estancada en los procesos judiciales y las deudas de tu abuelo. No me dio esperanza de que ni yo, ni tú, ni tu hermano podamos disfrutar de ese dinero. En fin, no nos falta nada por ahora, pero imagino que el día que me muera, tú podrías quedarte en la calle, ya que ni siquiera terminaste la carrera que escogí para ti y que tanto sacrificio me costó. Como me preocupo por ti, a pesar de que no lo mereces, he decidido ponerte como beneficiaria de mi seguro de vida. Con ese dinero algo podrás hacer cuando tu madre te falte. He dejado los papeles en la maleta blanca donde guardo los documentos. Espero que Dios, la virgen y sus ángeles te protejan siempre. No dejo de rogar también para que se te ablande el corazón y salgas a ver a tu madre, que está sola en este mundo y solamente te tiene a ti.

El papelito y yo por un instante cobramos vida, nos ilusionamos: él por prometer, yo por confiar. De pronto, escuchamos que ella sale de su cuarto y comienza a golpear la puerta otra vez. El papelito se me escabulle de las manos y cae encima de la mancha de vino que está bajo mis pies. Se ahoga.
-Sal a limpiar, no esperarás que una vieja como yo se parta la columna haciéndolo.

Abro mi puerta y tomo el trapeador que ella sostiene. Me pongo de rodillas y recojo los vidrios. Ella supervisa, me indica lo que debo hacer, me hace cumplir sus órdenes. Yo limpio, encero, lustro mientras cuento y cuento y cuento…

5
Dos días sin pasarme papelitos por debajo de la puerta era una rareza en ella. Por eso salí, tomando precauciones. Ella podía estar planeando algo para obligarme a salir del cuarto y así dejarme a vulnerable ante su presencia sin puerta, ni respirador artificial, ni papelitos de por medio. Sin embargo, no se escuchaba nada, la casa parecía vacía. La busqué por el piso superior, no estaba. Bajé las escaleras y la encontré en la mecedora de la sala, inmóvil. Me acerqué. Todavía tenía un lapicero en la mano. Encima de la mesa de café, había una nota que no había terminado de escribir:

Hijita, estos días no me he estado sintiendo muy bien. No te lo dije antes porque no quería preocuparte, aunque si no fueras como eres e hicieras lo que debes de hacer, ya te habrías dado cuenta. Si este malestar no me pasa mañana, llamaré al doctor. Espero que estés presente cuando venga porque es lo que te corresponde. Sé que no me dejarás sola, que me quieres a pesar de ese carácter tan difícil que tienes. Yo no sé qué te he hecho para que seas así conmigo. En todo caso, espero que si te hice algo, entiendas que siempre fue porque pensé que era lo mejor para ti y por eso sé que no hice mal y no me arrepiento…

La nota terminaba ahí y, aunque hubiera seguido, no habría continuado leyéndola. La tomé y la guardé en mi bolsillo para almacenarla en mi cajón. Luego le tomé el pulso y no pude sentir nada. Tampoco respiraba. El lapicero se dejó caer de su mano para confirmarme lo que yo ya sabía. Había llegado el momento de dejar de contar, de salir, de olvidar. Vi su manojo de llaves. Lo llevaba colgado a la cintura. Me costó moverla para sacarlo. El rigor mortis se estaba encargando de continuar la misión que ella había planeado para mí desde el día en que me concibió. Y yo luchando, convirtiéndome en un ave de rapiña que necesitaba sus restos para sobrevivir. Hasta que cedió y yo comencé a ahogarme otra vez, a probar las llaves de los tres candados de la puerta. Y éstas, también conspirando, se resbalaban, se confundían, no coincidían hasta que pude vencerlas y romper los cerrojos con las uñas astilladas, con las manos enrojecidas.

Salí. Respiré hondo y me dejé invadir por los recuerdos para dejarlos ir. Y cuando se fueron me di cuenta de que eran lo único que tenía, que borrarlos significaba quedar vacía. Miré alrededor y no sabía qué hacer, ni a dónde ir, ni por dónde comenzar. Entonces recordé que ella siempre repetía que lo que ocurriera fuera de esta casa a mí no debía importarme. Y yo, cuando todavía era joven, me sentía indignada y quería pegarle, quería callarla y coserle la boca para que dejara de repetirlo. Cuando pasaron los años, ese comentario que antes parecía un aguijonazo dejó de dolerme, dejó de sentirse, dejó de molestarme. Finalmente, ahora me doy cuenta por qué.

1 comentario:

  1. Anónimo14.5.14

    Chévere, no he leído el libro, pero por la temática parece que podría formar parte de ELLA, el conocido libro de Jeniffer Thorndike. Me gusta. Me recuerda un poco el relato de Cortazar, Casa Tomada, por el ambiente ominoso del cuento.

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