22.10.14

SAAVEDRA: LENGUA NEGRA DE COLORES ANTIGUOS



En un medio poético complaciente y autocomplaciente, donde los amiguitos seudoizquierdosos de "trayectoria" poética se huelen y reúnen entre ellos como las hienas en la noche, es reconfortante hallar una voz distinta, exploradora, que no se casa con nadie ni se cansa de buscar sentidos nuevos a una práctica tan vieja y problemática como la poesía --pero ciertamente renovadora.

"Edgar Saavedra ha sentado cabeza", fue lo que pensé al hojear este libro hace un mes, sobre todo luego de enterarme de que se ha embarcado en un curso de escritura creativa a 40 grados a la sombra, siguiendo los pasos de su amigo Paul Guillén. Felizmente me equivoqué con esa primera percepción, y les diré por qué.





El poeta intenta con un encono realmente admirable explicarnos su weltanshauung personal, su visión no solo del mundo hoy, pero sobre todo de lo que, en un tour de force profético (levemente profético, para ser más justos), se le presenta como única salida al entrampamiento cultural y moral de nuestro tiempo.

Es la naturaleza, sí, pero también la recuperación de un mundo ido que resulta añorable ahora, en momentos de poderes fácticos, irracionalidades celebradas por TV e Internet y masas manipuladas políticamente con extrema sutileza.

Javier Bello dice bien en el posfacio que acompaña el libro:

"El decir es aquí el ensayo general del origen perdido/recuperado/perdido --la operación resulta permanente además de absoluta-- donde el poeta, transido por el vértigo que lo extraña de su propia presencia perceptiva, nos devuelve no ya al desarreglo total de los sentidos, sino a la imposibilidad de la retención..."





Y más. Lo que hace de Lengua negra de colores un libro memorable dentro del espectro de mediocridades intelectualoides publicadas últimamente, es su sinceridad con su propia derrota, la cual, por fortuna, no es expuesta en el discurso poético en un anticuado guiño posmoderno (sic); todo lo contrario: el yo poético se empeña admirablemente en moverse entre la fluidez de un no saber irretenible (el símbolo del agua) y la certeza de que la pérdida de otros saberes no formalizados (vamos a decirlo así) es catastrófica pero no definitiva, pues

indisciplinadamente
recogeremos los filtros
que ayudarán a reconocer la soledad

entre fallarones guardianes
ojos de agua
empezará la fiesta*
con arpas
               y
                    vientos de cuerno.


*Cursiva mía.

Parafraseando a Vallejo: su libro está lleno de mundo; pero de mundo deseable, exquisitamente expuesto desde la poesía.


3 comentarios:

  1. Anónimo22.10.14

    bien ahí
    tas con tas

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  2. Anónimo23.10.14

    habría que leer atentamente esta propuesta de escritura..

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  3. Anónimo25.10.14

    A mí si me gustó. Me parece un poemario unitario, con un centro, una idea (original-originaria) que se irradia a través de todo el conjunto. Percibo un acercamiento a la realidad en su faz microscópica, desde una planta, una hoja, una visión del Perú, tras su follaje y misterio.

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