22.6.14

Fernando Ampuero: novela con olor a calle y pólvora



Por Víctor Coral.







El fenómeno de las pandillas juveniles es un problema que aqueja a las grandes capitales en casi todo el mundo. En Santiago como en Sao Paulo, en el DF como en Lima, las pandillas se apoderan de las calles y su accionar se aleja cada vez más del respeto de código alguno.

El escritor y periodista peruano Fernando Ampuero (Lima, 1949) ha logrado confeccionar en base a este tema una novela corta (nouvelle para los huachafos) trepidante, de aliento casi cinematográfico y con un conocimiento de los recursos narrativos de la novela negra en realidad notable.

Loreto es un temible barrio del populoso puerto del Callao, vecino a Lima, donde los bien delineados protagonistas de este policial trágico agitan sus jóvenes vidas entre guerras a balazos, emboscadas y peleas callejeras de barrio contra barrio.

El narrador tiene la virtud de no ensayar sanciones, juicios de valor ni emitir censuras o afectaciones para con sus personajes. Por ello la novela fluye para el lector como un balazo literario y caemos fulminados durante una hora o una hora y media de lectura feliz y con una sobredosis de encantamiento realista.

La historia de los excelentemente delineados Silverio, Laurita y Chito, se despliega ante nuestros ojos como si fuéramos vecinos del barrio que aguaitamos por la ventana la tragedia de vidas jóvenes truncadas por el dinero fácil y la violencia a fuego de pistola. El fin de sus vidas es el final, mortal, de sus vidas; pero todo eso, que puede sonar determinista, está como oculto mágicamente por la pericia del narrador, que, con una sintaxis narrativa impoluta, nos lleva de la mano hasta el final de la historia.

Con el propósito de hacer totalmente verosímil su historia, el narrador se ha apropiado notablemente de la jerga lumpenesca limeña actual, y ha investigado adecuadamente el accionar interno de las pandillas del Callao.

El resultado final es, sin duda, la mejor novela de Ampuero y, acaso, la mejor novela peruana del género en un par décadas. No poca cosa, sin duda, para un país cuya violencia callejera crece a la par con su crecimiento económico.

---Una parte del barrio de Loreto. Callao.


18.6.14

UN CUENTO DE UN GRAN NARRADOR POLACO

Slawomir Mrożek: "El pájaro ugupu"

(Tomado del blog El jinete insomne) 

Decía el maestro de la narrativa breve Slawomir Mrożek (1930-2013) en uno de sus cuentos: "Los tiempos han cambiado. Vivimos en una época de farsa, autoironía y parodia", y sabía de qué hablaba: nadie mejor que él supo retratar esos tiempos, esa época. Escritor, dibujante, periodista y dramaturgo, pasó sus primeros años en Borzęcin, su ciudad natal en el distrito de Brzesko, Polonia. Luego se mudaría a Porąbka Uszewska, donde recibió la enseñanza convencional católica y, durante la Segunda Guerra Mundial, a Cracovia, ciudad en la que padecería la ocupación nazi. Allí se graduó en la Nowodworski Lycée en 1949 para luego iniciar sucesivamente estudios de arquitectura, historia del arte y cultura oriental, dejando todos ellos inconclusos. Comenzó publicando dibujos satíricos en 1950 en las revistas "Przekroju" y "Dziennik Polski", siendo luego editor del semanario "Postepowiec". En 1953 aparecieron sus dos primeros libros de historias satíricas: "Opowiadania z Trzmielowej Góry" (Cuentos de las montañas Trzmielowej) y "Półpancerze praktyczne" (Una caparazón apropiada). Tras años después publicaría "Maleńkie lato" (Pequeño verano), su primer novela. Se unió al Polska Zjednoczona Partia Robotnicza (Partido Obrero Unificado Polaco) durante el dominio del estalinismo en su país y se ganó la vida como periodista político trabajando para la estatal Związek Literatów Polskich (Unión de Escritores Polacos). A partir de 1957 su carrera literaria se desdobló en tres facetas: a la de dibujante y narrador le agregaría la de dramaturgo. Ese año aparecieron la colección de dibujos "Polska w obrazkach" (Polonia en fotos), el libro de cuentos "Słoń" (El elefante), y su primera obra teatral, "Policja" (La policía), la que fue estrenada en el Teatrze Dramatycznym (Teatro Dramático) de Varsovia. Con ella -y las posteriores- obtuvo rápidamente un resonante éxito popular y sus obras teatrales comenzaron a representarse en Londres, París y Nueva York. En 1963, viviendo en Varsovia, decidió desertar y viajó a Italia, para luego pasar a Alemania, Francia (donde en 1978 obtuvo la ciudadanía) y México. Volvería a Polonia en 1996 (donde sus obras habían sido prohibidas) tras el debilitamiento del régimen estalinista. Sin embargo la abandonaría definitivamente en 2008 fijando residencia en Niza, lugar en el que viviría hasta su fallecimiento. Su visión crítica del mundo contemporáneo la expresó en obras de teatro cuyos personajes, enfrentados a determinadas situaciones sociales, llevaban hasta el límite la lógica de los estereotipos que simbolizaban y caían en el absurdo. Sin embargo, fue con sus cuentos breves y microrrelatos que cimentaría su prestigio internacional. Con una narrativa sustentada en el humor y la sátira, en lo insólito, sorprendente y paradójico, en la intertextualidad, en el absurdo, Mrożek reveló la condición humana en general a través de las creencias distorsionadas de sus personajes, primero desencantados con el régimen comunista, luego su singular adaptación a la economía de libre mercado, y finalmente desorientados ante la retórica democrática con su constante manipulación del discurso. De sus libros de cuentos más famosos se pueden citar "Deszcz" (La lluvia), "Dwa listy i inne opowiadania" (Dos cartas y otros cuentos), "Ostatni husarz" (El último círculo polar) y "Woda" (El agua) entre muchos otros. "Ptaszek ugupu" (El pájaro ugupu) apareció originalmente en "La lluvia" en 1962.





EL PÁJARO UGUPU

En mi infancia, mi hermano me hizo sentar en una cocina encendida. Eso me incitó, prematuramente, a reflexionar acerca de un gran proble­ma: "el hombre y la naturaleza". La influencia de la temperatura en nuestro comportamiento, no obstante haber actuado como estimulante en la ocasión, no por ello agotó la gama de preguntas a las cuales resolví encontrarles respuesta. ¿Cuál es el lugar del hombre en el gran ciclo de la naturaleza? ¿Cuál es su papel? La porción de ca­lorías que absorbí entonces en la plancha de la cocina, la devolví a la atmósfera por transforma­ción de la energía calórica en fonética, es decir -según mi parecer- en energía cinética, habida cuenta de que la voz consiste en modulaciones, es decir, en movimiento. De tal suerte, ya en la primavera de la vida me impresionó el hecho de que yo mismo fuera un eslabón del circuito na­tural. ¿Cuáles son los casos en los que el indi­viduo se integra en el juego de los elementos para convertirse en parte integrante de él y cuáles aquéllos en los que conserva las cualidades que le son propias? En una palabra, este margen, esta conexión y esta interferencia entre el hombre y la naturaleza, estaban destinadas a convertirse para mí, gracias a mi hermano, en una verdadera pa­sión desde mi primera infancia. Para satisfacerla debí hacer esfuerzos puramente prácticos, dominar el conocimiento. Sin ir más lejos, admití como jeroglíficos de la natura­leza a aquellas de sus formas más evidentes: la botánica y, ante todo, la zoología. Las aspiraciones, las experiencias y las tentati­vas de las cuales mi pasión secreta -sólo por mí conocida- eran el motor, me granjearon una re­putación de sabio bastante estimable ante la gente. Más, no obstante, lejos de sentirme satis­fecho, no dejaba de buscar. Ninguno de los resul­tados obtenidos me parecía suficiente. A esta insaciabilidad, a esta eterna ausencia de respues­tas satisfactorias ha de atribuirse el hecho de que, aún cuando ya había cumplido los cincuenta, hubiese emprendido una nueva expedición científi­ca a lo más profundo de una comarca salvaje, en compañía de un solo hombre. El clima era allí infernal. La flora y la fauna, de una exuberancia asombrosa. Era nuestra base una casilla que se levantaba sobre pilotes en las cercanías de una ciénaga en el mismo centro de la selva virgen. Allí permanecía durante muchos meses acompañado por mi único asistente, el teniente C., luchando contra las mil plagas de la región y prosiguiendo sin desmayo con mis inves­tigaciones relacionadas con el problema que más me apasionaba: el del misterio de la coexistencia y de la interdependencia de las diversas especies animales. El teniente C. era un joven de muy altos méritos. Sobrellevaba las dificultades, sabía mirar al peli­gro de frente y había demostrado que era, por añadidura, un observador perspicaz. Llevábamos una vida espantosa. El calor tórri­do, los vapores que emanaban de la ciénaga cer­cana, los ciclones inesperados, la multitud de criaturas y plantas, tanto ponzoñosas como venenosas, las enfermedades, la falta de todo vínculo con el mundo civilizado, la existencia de fieras de todo tipo, tales eran las condiciones en las cuales, no sólo teníamos que vivir, sino también llevar a cabo observaciones exhaustivas. Para nuestra propia seguridad tuvimos que adaptarnos rápidamente a la realidad circundan­te; asimilarla, aproximarnos, exterior e interiormente, a la naturaleza. Nuestros rostros se cubrieron de largos pelos. Nuestras uñas, que no recortábamos, parecían garras. Nuestro lenguaje se tornó gutural, animal, inarticulado. En cuanto a nuestros cerebros, olvidamos, simplemente, las sutilezas del intelecto y sólo conservamos nues­tro saber profesional. Si queríamos arrancar a la naturaleza sus secretos, debíamos borrar, en parte, las diferencias que había entre ella y noso­tros. Por eso mismo, no retrocedía ante la nece­sidad de hacerle ciertas concesiones momentá­neas. Me parecía que siempre estaría a tiempo de dar marcha atrás, que cuando hubiéramos reali­zado nuestra tarea podríamos volver a la civiliza­ción. Nuestros padecimientos alcanzaban su punto culminante entre las once de la mañana y las tres de la tarde cuando, en razón del calor insopor­table, debíamos interrumpir nuestro trabajo. Cada uno de nosotros pasaba esas horas a su manera. Yo, totalmente debilitado, me echaba en mi litera, mientras que mi joven amigo se queda­ba afuera, a la sombra, donde, según afirmaba, hacía un poquito más de fresco. Como ya he dicho, hacíamos investigaciones acerca de la coexistencia entre animales. El punto central de nuestras observaciones era una va­riedad de rinoceronte que, por otra parte, ya está totalmente exterminada. Un solo y único ejemplar vivía en la ciénaga, no lejos de nuestro paradero. Era un animal enorme y solitario, lo cual sabía­mos por antiguas crónicas que nuestra experien­cia había confirmado. Era extremadamente salva­je y peligroso. Por eso sólo podíamos observarlo a la distancia por medio de gemelos y tomando todas las precauciones de rigor. A poco notamos que alrededor de aquel rino­ceronte rondaba sin cesar un zorrillo de pequeño tamaño y pobre apariencia que se deslizaba con bastante frecuencia hacia los pantanos. Tiempo más tarde los vimos encaminarse con reserva hacia las profundidades de la selva virgen. La aclaración del enigma nos llevó unas cuantas semanas. He aquí de qué se trataba: el zorrillo corría adelante y le señalaba al gigante el lugar donde crecían raíces de rábano silvestre, la golo­sina favorita del coloso. El rinoceronte, con una sola patada, hendía la tierra y descubría, al mis­mo tiempo, las entradas a las madrigueras subte­rráneas de los tejones. El zorrillo, entonces, se metía en la madriguera y consumaba una rápida cópula con la hembra, aprovechando para ello la ausencia del macho que, en esos mismos momentos, se encontraba en lo más espeso del bos­que. Así era como el rinoceronte obtenía el rába­no que tanto le gustaba, al tiempo que el zorrillo eludía la responsabilidad que hubiera supuesto la fundación de una familia. Aquello me había impresionado. Como zoólogo que era, conocía el impudor de la inexorable naturaleza, pero allí, donde las condiciones eran las de las edades más primiti­vas, aquello alcanzaba una intensidad difícilmen­te soportable. Tracé el siguiente plan de acción; debíamos averiguar cómo sabía el zorrillo la hora a la que los tejones salen de sus madrigueras. De no ser así, no adelantaríamos ni un paso. Comenzamos por suponer que eran los ratones los que, a su manera, informaban al zorrillo, conscientes de que sería favorable a sus propios intereses que la vida erótica de aquél le tomase tanto tiempo como fuera posible y lo apartase de la preocupación de alimentarse racionalmente. Como se sabe, los zorros se alimentan, entre otras cosas, de ratones. Nuestra suposición era erró­nea. La naturaleza, al parecer, era mucho más refinada. Eran las pavas reales las que suminis­traban información al zorrillo. Esas criaturas as­tutas le informaban acerca de todas las ocasiones que se presentaban porque, sabiendo como sa­bían lo muy desarrollado que está el espíritu de imitación en sus propios esposos, les ofrecían, de esa manera, la posibilidad de copiar servil­mente el comportamiento del zorrillo. - ¡Es espantoso! -le dije una noche a mi compañero-. Dos sentimientos me invaden. El primero es de asco, de miedo; el segundo, es de admiración, lo quiera o no lo quiera, por la per­fecta organización de la naturaleza, - Lo que a mí me impresiona, sobre todo, es la organización -me respondió el joven, pensativo. - Un día -proseguí yo-, el hombre hará irrupción en esta cadena de interdependencias que hay en el seno de la naturaleza. Introducirá en la espontaneidad inconsciente de los instintos la premisa de los valores morales. Y sin perturbar el curso de la naturaleza sino al contrario, pues al constituirse en un eslabón consciente, la dotará de un contenido nuevo y más noble. Había otra cosa que no me daba reposo. ¿Por qué los tejones iban con tanta frecuencia al bosque aun cuando podían llegar a sospechar que su ausencia tenía consecuencias deplorables para el desarrollo biológico de su especie? Problema tanto más difícil de resolver cuanto que, con frecuencia, debía trabajar solo. El teniente había comenzado a quejarse de jaquecas y de vértigos y con frecuencia divagaba como si tuviese fiebre y caía en un pesado sueño de piedra entrecortado por sonoros ronquidos. No pude seguir adelante por más tiempo pues por entonces hicimos un descubrimiento real­mente perturbador. La distracción de los pavos reales, provocada por el vil comportamiento del zorrillo, era aprovechada por la serpiente pitón para deslizarse furtivamente en el nido de aqué­llos y llevarse los pavitos pichones. - ¡Es atroz! -dije esa noche. El teniente estaba echado en su litera. Se había sentido muy mal durante todo el día y, por pri­mera vez, había pasado en la cabaña los mo­mentos -entre las once y las tres- que en general dedicaba a dar un paseo por las profundi­dades del bosque. - ¡Qué tinieblas! ¡Si tan sólo pudiera saber cuál, en medio de este mundo de deseo brutal y de hambre, es el lugar del hombre! ¿Qué piensa usted? - ¡Qué sé yo...! -respondió el teniente con voz de adormilado. De pronto, un fuerte golpe estremeció nuestra cabaña. Tomé mi carabina y miré afuera. Allí, a la luz de la luna, el gigantesco rinoceronte se frotaba en los pilotes que sostenían nuestra casa. No se podía perder un segundo. Apunté... - ¡No tire! -exclamó el teniente con tono sal­vaje al tiempo que desviaba el caño de mi carabina-. ¿No oyó hablar de un pajarito llamado ugupu? - ¡Usted está loco! - ¡Si mata al rinoceronte, el pájaro ugupu mo­rirá! - ¡Es absurdo! - La pitón devorará al pájaro ugupu a menos que esté demasiado ocupada con los pavitos! - Y bueno, ¿qué importancia tiene? - ¡Si el rinoceronte deja de ir en busca del rábano silvestre en compañía del zorrillo, los pa­vos reales tendrán más tiempo para dedicarle a su progenie y la pitón devorará al pájaro ugupu. Ya estaba harto. - ¡Escúcheme! -exclamé-. ¡Qué me importa a mí el pájaro ugupu! ¡De un momento a otro el rinoceronte va a tirar abajo nuestra casilla! - ¡El pájaro ugupu no es un pajarito de tantos! Se alimenta de una variedad especial de hojas y, después de haberlas digerido... Su voz se quebró. - ...da alcohol -acabó con un susurro-. Cien gramos de guano seco del pájaro ugupu por cada medio litro de agua. Ya comenzaba a ver claro. - Y a cambio de eso, ¿qué le hacía al rinoce­ronte? -exclamé y le puse el caño de mi carabina en el pecho-. ¡Hable! ¡Hable! ¡Y rápido! - Lo masajeaba, todos los días de once a tres. Después siempre le daban ganas de rábanos silvestres. Había comprendido. Ese día, el teniente había pasado mucho tiempo en compañía del pájaro ugupu y había descuidado al rinoceronte, el cual, privado de su masaje, había venido a recordár­selo. Media hora más tarde, después de haber sido masajeado por el teniente ante mis propios ojos, se fue satisfecho. El teniente se rehusó a volver a la civilización. La naturaleza se lo tragó. Fue mucho tiempo después, en cambio, cuan­do supe por qué los tejones abandonan con tanta frecuencia sus madrigueras para internarse en el bosque: lo hacen para que los dejen en paz.


---El autor.

10.6.14

CRIMEN PERFECTO Y ESTAFA PERFECTA EN LITERATURA



Amigos: así como no existe el crimen perfecto, tampoco existe la estafa perfecta en literatura. Hace un par de años el señor Jorge Frisancho, respondiendo a no sé qué deuda o pedido, escribió un prólogo inusitadamente elogioso a la reunión de poemarios que publicó el inefable Paolo Gómez (A. K. Paolo de Lima).

En ese prólogo Frisancho forzó tanto las cosas que su discurso resultó inverosímil, amiguero, franelero in extremis.

Por supuesto y por cierto, el libro no trascendió. Entre otras cosas, porque los lectores de poesía serios estamos hartos de que se nos haga pasar puerco viejo por lechoncito tierno. El libro pasó al olvido y, por fortuna para Gómez, ha publicado este año un enjundioso pero discutible ensayo sobre poesía y "guerra civil" (¿cuál?) en el Perú de los 80 y parte de los 90. Lectura que recomiendo aunque sea solo para criticarla.

Con ese prólogo que quiso conservar algo de dignidad, pero que no pudo ocultar sus posibles vínculos con los ahijados de Mazzotti, y su suerte de subordinación literaria al antaño padrino de las becas a EE. UU., Frisancho dejó de ser ese jovencito independiente y sumamente actualizado que conocimos en San Marcos a fines de los 80, para convertirse en un incondicional, de escritorio, de las causas derrotadas, sobre todo de las políticas.

Nada de esto me sorprende. Ya se lo decía yo el 2006, cuando trabajaba en "Somos" a Óscar Malca. Tampoco me sorprende que tenga ahora Frisancho costumbres poco democráticas como sacarme de su lista de amigos (del Facebook) por haber criticado su pésimo libro. No obstante, es joven y esperamos lo mejor de él para el futuro, porque su presente es más que una pérdida: es un completo fracaso.

Acá pueden ver el curioso prólogo de Frisancho a Gómez, y en este otro vínculo un sorprendente texto de la buena poeta Victoria Guerrero sobre un libro de Gómez.

---En la imagen: De derecha a izquierda: Frisancho, Gómez y el poeta Medo.

2.6.14

JULIO ORTEGA PRESENTA LIBRO DE AMPUERO

Este miércoles a la hora indicada abajo, mi amigo el narrador Fernando Ampuero presentará su nueva novela. Espero que lo acompañen.




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