5.11.15

CUENTO DE LENIN SOLANO AMBÍA

VIAJES DE VIEJO
Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí,
sino también de lo que soy.
Samuel Beckett


― ¿Prometes que te casarás conmigo?
― Por supuesto que sí, amor. Ahora, no te pongas tensa.
― ¿Y si me duele? Recuerda que yo nunca he estado con ningún chico. ¿Y si solo buscas eso? Ningún hombre querría luego casarse conmigo si ya no soy virgen.
― Tontita, yo seré el único hombre en tu vida.
Y le quitó el polo y le desabrochó el sostén. Luego le levantó la falda y la enagua y comenzó a acariciar su sexo húmedo.  Finalmente la había podido convencer. La llevó en su Peugeot 1951 al bosque ubicado en las afueras de la ciudad. Había apretado a fondo el acelerador, pues estaba emocionado y excitado de poder hacerle el amor a la muchacha con la que tenía dos años de noviazgo.
― Ah, ah, no sé si está bien lo que estamos haciendo ― dijo la muchacha gimiendo.
Se había quitado los pantalones y estaba a punto de penetrarla. Ninguna negativa lo detendría ahora.
― No te muevas, hijo de puta, o te vuelo la cabeza de un tiro.

Quedaron paralizados al escuchar aquella voz que apareció de detrás del auto. No pudieron verle la cara, pues se había puesto delante de los faroles, pero sí pudieron reconocer el arma que tenía en una mano. Asustados, se separaron. La muchacha intentó cubrir su desnudez, cogiendo sus vestimentas.

― ¡He dicho que no te muevas, mierda!
El grito la petrificó de terror.
― Coge esta soga y amárralo contra el árbol. ¡Ya, carajo!

Temblando, y bañada en lágrimas, la muchacha amarró a su novio. El pistolero se aproximó y aseguró con fuerza las ataduras. Luego, se quedó observando por unos segundos a la muchacha.

― ¿Qué es lo que quiere? Llévese el carro o el dinero que está en mi bolso.
Pero el sujeto no respondió. Ante la sorpresa de la pareja, empezó a quitarse los pantalones.
― ¡Qué está haciendo! ¡No!

Sin pronunciar palabra, se abalanzó hacia la muchacha y la violó ante la mirada idiotizada de su pareja. Terminó a los pocos minutos. La joven lloraba desconsoladamente, cubriéndose el rostro, pero sin ninguna reacción. El extraño se puso los pantalones con prisa, se subió al Peugeot y apretó a fondo el acelerador.

― Tendrá que acompañarme a la comisaría.
― ¡Fue un accidente! Yo pagaré todo.
― ¿Está tratando de sobornarme? Usted está tomado, señor, y ha chocado un auto estacionado. ¿Quiere aún más explicaciones de por qué debo llevarlo a la comisaría?
― Pero estoy con mi nieta. Si voy a la comisaría, ¿dónde la dejaré?
― No se preocupe, la niña vendrá con nosotros y usted podrá llamar a sus padres desde la comisaría para que la recojan.
― ¡Es una locura! Nosotros vivimos en Canadá.
― ¿Y qué hace ahora en Washington?
― Le prometí a mi nieta que como regalo de cumpleaños la traería a conocer la capital estadounidense. Vinimos desde Vancouver.
― ¿Y a pesar de que venía con una menor, se le ocurrió manejar ebrio?
― ¡No estoy ebrio! Solo fueron dos cervezas.
― Lo siento. Tendrá que venir conmigo.
― ¿Qué pasa, abuelito?
― Nada, hijita, iremos un momento a pasear con el señor policía.
― Baje del auto, por favor.


El auto pasó a casi cien kilómetros por hora. El policía de carreteras encendió su sirena y lo siguió. Cuando el Peugeot se detuvo, el policía se estacionó a una distancia prudente. Avisó por radio que había detenido un auto sospechoso, luego bajó de la patrulla. Había caminado solo tres pasos cuando escuchó los disparos y sintió dos hincones en el pecho. Cayó pesadamente, pero logró sacar su arma y vaciar su cacerina apuntando al auto que desaparecía en la oscuridad. Luego, empezó a ahogarse en su sangre.

― Tómale las huellas digitales.
― ¡Esto es un atropello, no pueden hacerme esto! ¡Soy ciudadano canadiense! ¡Mi Embajada se enterará de esto!
― Si usted colaborara, todo sería más fácil.
― No me toque, ¡suélteme!, mequetrefe de porquería.
― Señor, quisimos ser comprensivos con usted, no por ser ciudadano canadiense sino por sus setenta años. No obstante, usted le ha faltado el respeto a la autoridad. Lamento informarle que tendremos que obligarlo si es que no quiere cooperar.
― ¡No! ¡Suéltenme! ¡Suéltenme!


The Washington Times
Un viaje que duró cincuenta años.
Jay McCain era el verdadero nombre del ciudadano canadiense.
La noche del verano de 1964, una pareja se encontraba en el Lake Easton State Park. Aquel era el lugar en donde muchos de los enamorados iban para alejarse de las miradas prejuiciosas y demostrarse su amor. Este fue el caso de un par de jóvenes que llegó en un Peugeot 1951. Sin embargo, no imaginaron encontrarse con el joven Jay McCain quien en ese entonces tenía veinte años. Acompañado de un arma, y bajo los efectos del alcohol, atacó a la pareja. Amarró al joven amante, violó a la muchacha y finalmente emprendió la huida en el Peugeot. Algunos kilómetros después, fue interceptado por una patrulla conducida por el oficial Randy Morgan. Luego de dar la descripción del auto por radio, salió al encuentro del sospechoso, pero fue abatido a tiros, muriendo en el acto. Al día siguiente, la Policía halló el vehículo abandonado, con rastros de sangre en el asiento del conductor. Se supo que el oficial Morgan había disparado contra el auto y había impactado a su asesino. Las huellas digitales dejadas en el auto, la sangre del sospechoso y el líquido seminal fueron analizados y conservados. Con el pasar de los años, el caso se archivó y no se encontró al culpable.
Hace unos días, un anciano fue conducido a la comisaría por chocar un auto estacionado y por encontrarse bebido. Cuando se le tomó las huellas digitales, los policías quedaron estupefactos al ver que coincidían, en la base de datos, con las del asesino y violador de hace cincuenta años. Al tomarle una muestra de ADN, confirmaron su sospecha. Descubrieron también que tenía una cicatriz en el hombro izquierdo, producto, tal vez, de los disparos realizados por el oficial Morgan.
Lo sorprendente es que el hombre escapó a Canadá y nunca más cometió ningún otro delito. Durante años, trabajó duro y parejo y llegó a convertirse en propietario de una cadena de panaderías. En el país del Norte, vivió con comodidades y educó con holgura a sus cinco hijos. Era respetado y conocido en Vancouver en donde no solo la familia ha quedado conmocionada sino también los vecinos. Ahora el anciano se encuentra apresado y el fiscal ha pedido cadena perpetua por el asesinato del oficial Morgan producido hace medio siglo. Esta noticia ha abierto el debate en las redes sociales. ¿Debe ser liberado aquel anciano que a simple vista parece inofensivo y así salvarlo de morir en la cárcel? ¿O debe aplicarse todo el peso de la ley a un asesino que  vivió sin castigo y que gozó de la vida que le negó al oficial Morgan? Usted, amigo lector, ¿qué opina?

París 09 de enero de 2014

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