15.11.15

POEMAS DE JAMES QUIROZ


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He visto cruzar a la eternidad como un rayo feroz y luminoso.
He visto a los ancianos cegarse los ojos por un poco de esa luz. Pronto dejarán el tiempo y el eco. Mientras tanto un látigo implacable les marca el rostro. Sus voces arrancadas como cáscaras silencian este pueblo. No sé dónde estoy. Estoy sin tiempo. Condenado a ver ese rayo crepitando en las hermosas espesuras. A escribir como en un tiempo suspendido. Sin esperar la gloria o la calamidad. Y sin embargo arranco fiero los pistilos y los lascivos pétalos. Danzo en el milagro de lo acontecido. Vida, esa palabra desprevenida que usan los hombres para inmortalizar su duración. Estoy solo, como cada valiente que pregunta: ¿Dónde tuvo final el bravío toro? Solo y conmigo despierto, no hay nadie más en el desierto. Sol, asienta tus afiladas garras sobre mi joven pescuezo. No tiembles! que es a un hombre a quien enfrentas!




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Contigo reconstruiremos la ciudad definitiva. Aquí, en los bordes, esculpiremos nuestros nombres. Haremos lanzas con las costillas enemigas. Levantaremos nuestra señal. Un gemido retumba en el monte. Son las nuevas desapariciones. Un oboe resplandece entre espinas calcinadas. Un gallo negro extiende sus alas. Las sacude en medio de la obsolescencia. Hemos llegado a los sagrados riscos. Espantado a sus guardianes: Sus halcones ciegos. Y estamos desmemoriados. ¿Valió la pena desgastar nuestros párpados y desmayar la luz? ¿Condenarnos con la inmortalidad? Nada nos fue dado. Nada nos es impedido. Aquí moran las otras especies. En mi mente hay un pozo en donde yacen todos mis muertos. Y esa agua negra, se renueva y endurece sus raíces. Me divierte el siniestro misterio de la nada. La jubilosa creación. La inocencia de los surcos. He escrito mi pasión. He calmado mi espíritu. He cantado en voz alta y no hay noticias de la muerte. Ahora, con el humo de los dioses, me arrojo al fuego de la libertad.

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El camino a la locura es mi camino predilecto
Es territorio comanche de los asustados
Ando, tronando, de pie, cabalgando sobre un potro de fuego, le corto la cabeza a la realidad, al fuego, aparten la esperanza del camino, por mis venas un río negro fluye enloquecido, cuando alguien escribe un poema un crimen simultáneo se practica en todos los tiempos, pero la muerte por ahora es un ave carroñera que no ha pisado estas nubes. ¿Dónde estoy?
La calidad de mis locuras es instinto de conservación.
Hoy quiero suspender lo que se ha escrito y decorar el cuadro. No hay resurrección. No hay nada más que ver. No me busques suspendido en esos valles. La aguas han inundado todos los campos yermos, llueve sobre la costa, llueven nuevas canciones, nuevas aguas y hemos perdido los vestigios de los antiguos monasterios, los antiguos faros. El parnaso se ha salido del cuadro. Hemos levantado el polvo a nuestro paso. Regeneración.
Ya quiero escuchar al amanecer estas cintas.

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Debo dejar mis pálidas alucinaciones.
Dejar de pensar en literatura.
No he dormido bien por siglos, he envejecido.
Pero no encontré alivio en los limbos ni en los viejos manuscritos.
En las aldeas comprendí que la carne se chamuscaba, que la piel se convertía en vinagre. El vino y la lujuria corrían en las cunetas. Los mendigos tarareaban sus mejores lunas, las zorras tras las uvas, enfurecían, entristecían el panorama.  NO PUEDO SEGUIR CORRIENDO SOBRE LOS CABLES DE ALTA TENSIÓN QUE SON LOS BORDES EL PERFECTO EQUILIBRIO LIBERADOR DE LA ENERGÍA INÉDITA sé que pronto todo llegará a su límite. Entonces mis ojos reventarán y liberarán un líquido viscoso y cenital. Arderán mis manos como bonzos.

En perfecto equilibrio.

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