18.11.15

UN CUENTO DE JOE ILJIMAE

Un cuentito lumpen



Yo vivía entonces por el centro de Santiago y quería ser un escritor maldito. Acababa de cumplir dieciséis años y tenía un sueño y un amante y estaba loco. Pertenecía a un grupo radical de jóvenes poetas que gozaban destruyendo recitales y reuniones literarias. Algunas veces también disfrutaban golpeando a escritores mediocres que salían en televisión como “las grandes figuras culturales”. Mis amigos eran extremistas y fumaban marihuana, robaban casas y saqueaban bibliotecas. Estaban llenos de odio al igual que yo. No tenían padres y solo vivían en pos de la literatura. Eran mis hermanos y por eso peleábamos juntos.

Por aquellos días yo escribía poemas y cuentos cortos de temática homoerótica. De vez en cuando también me sumergía en el universo porno y hacía gigantescos textos que nadie –solo Gianfranco– entendía. Gianfranco era mi amante. Él tenía veintinueve años y estudiaba en la facultad de arquitectura de la Universidad del Centro. Su principal virtud era el de haber leído por completo a Góngora, a Quevedo y a Sor Juana Inés de la Cruz. Y claro, el de pintar cuadro obscenos que me obsequiaba con ardor. Yo no estaba enamorado de él, pero me gustaba su desborde creativo. Después de culear como salvajes, nos poníamos a discutir sobre literatura, música o tipos de narcóticos. A Gianfranco le gustaba consumir ketaminas bajo el influjo musical de The Doors. A mí, marihuana. La hierba me ayudaba a sobrevivir y a estar constantemente en producción poética. Para entonces yo ya había leído a todos los clásicos y tal vez por eso me daba una licencia para revisar los trabajos de los contemporáneos. Junto a mis amigos habíamos descubierto a Nicanor Parra y a Alfredo Gómez Morel. Poesía y narrativa nacional. Pinga y culo, como decía Gianfranco.

De Gómez Morel leímos El río y gracias a él, nos identificamos con los pelusas que sobreviven en los bajos fondos de Santiago. El viejo era nuestro ídolo más preciado. El Baal cananeo. La vaca de oro del desierto. Pero ya estaba muerto. Entonces solo nos quedaba Nicanor Parra, el abuelito que odiaba los aviones y la poesía llena de crepúsculos y falditas perfumadas. A Gianfranco nunca le gustó Parra, pues según él, la poesía del viejo estaba tachonada de quiasmos y retruécanos que afeaban sus textos. Desde luego, cada vez que decía esto yo lo mandaba a la misma mierda y no abjuraba hasta que se la corriera en el rincón, bajo el cuadro de un Jesús sangrante, recitando algún poema de Poemas y antipoemas.

Con mis amigos la cosa era distinta. Ellos admiraban y mitificaban al viejo, y solo por eso, yo me los hubiera levantado.        

Un día, en el Centro Cultural Mapocho, hubo una conversación sobre la nueva poesía chilena. Estaban invitados como ponentes los poetas Salvador Coto, Rafael Hinojo, Almuera Paz, Leonardo Veliz, Lino Arnao y Nicanor Parra. El conversatorio arrancaba a las siete en punto de la noche y después, para evitar el hacinamiento de los groupies, la puerta se cerraba. Yo llegué a las siete y media y, naturalmente, me vi fuera. Mis amigos ya habían entrado y me enviaban mensajes de texto llenos de burla.





Maldiciendo, me dirigí al baño del local para vomitar mi cólera en algún retrete. Cuando traspasé la puerta, paladeando mi furia, insultando mi descuido, fui recibido por un sonoro pedo que me hizo dar un respingo de alerta. ¿Quién demonios cagaba en aquel sitio? Al instante escuché otros dos pedos más. Y luego otro, mucho más poderoso que los tres primeros. ¡Eh!, exclamé, tranquilo. Hubo una sacudida en el wáter y después un silencio tan profundo que taladró mis oídos.

Sin ánimos ya de vomitar, me dirigí al lavadero y comencé a mojarme.  Había dejado a un costado un periódico y mi ejemplar de Obra gruesa para evitar que se mojaran. Mientras me lavaba el rostro, sentí que en el interior de uno de los baños alguien se agitaba y decía mierda, con enojo. Luego, escuché un fuerte golpe en la puerta y un gruñido seco, enfermo, cavernoso. Sin hacer caso de esto, seguí enjuagándome el rostro.

De pronto, una voz arenosa que emergió del retrete me hizo dar la vuelta:

-¡Hey, amigo!
Al principio no le hice caso, pero tras su insistencia (me llamó unas cuatro veces), respondí:
-¿Qué cosa?
-Un favor. ¿Me podría echar una manito?
-¿Cómo?
-Estoy jodido, hermano.

Por un segundo pensé que el sujeto se había quedado atascado en el inodoro o se había vuelto loco.

-En este retrete no hay papel –dijo con una gran naturalidad–. Se acabó…
-¿Y qué puedo hacer yo? –pregunté con sorna, interrumpiéndolo.
-¿Sería mucho pedir que buscara un poco de papel higiénico en los otros baños?
Mierda, me dije cerrando el caño. Un extraño impulso me hizo ir a revisar las papeleras de los otros baños. No lo hice por un sentimiento de piedad o camaradería, sino más bien por un extraño instinto ciego. Al cabo de un instante, dije:
-No hay.
-¡Carajo! ¿Y ahora?
-No sé.
-¿No tendrás algún papel a la mano? ¡Es una urgencia! ¡Debo de salir!
-Tengo un periódico.
-No importa –dijo sacando una mano huesuda, blanca, constelada de manchas marrones por debajo de la puerta–. Eso estará bien.

Treinta segundos después, escuché el agua correr y la puerta del baño se abrió. Entonces salió un sujeto con perfil rocoso, el pelo largo y blanco, la barba creciente como escarcha de hielo, la nariz roma, la frente otoñal, el mentón poderoso, brutal.

Yo me quedé pasmado.

-¡Este tipo de cosas son inaceptables para el artista! –exclamó Parra acercándose al lavado. Luego, me miro y agregó sacudiéndose las manos: –Muchas gracias, amigo. Me has salvado el culo.
No pude contestar.  La impresión dominaba mis sentidos y mi lengua parecía luchar con un elemento invisible que lo apresaba. Solo cuando Nicanor Parra traspasó la puerta, yo me pregunté: ¿alguna vez alguien se imaginó a Dios cagando? Ahora me respondo: yo creo que no. 
   


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