23.11.15

UN CUENTO DE JOSÉ DONAYRE

LOS HADOS


  
Quiso el destino que heredara la casa más grande y elegante de la ciudad.
Siempre me había resultado difícil saber qué hacer con mis manos. Sin embargo, cuando estuve frente a mi nueva residencia y el abogado me entregó las llaves, mis manos supieron cómo comportarse. Ese fue el primer cambio que experimenté una vez que asumí mi flamante condición. Desde ese momento ellas parecieron tener vida propia, sueños particulares, decisiones ajenas a las que fabrica o tergiversa mi mente.
Mis manos abrieron la reja, di varios pasos sobre un sinuoso camino enlosado, subí por la escalera izquierda, llegué al porche, crucé la puerta y quedé maravillado en medio del recibidor. Me resultaba tan inverosímil que mi vida, de pronto, hubiese dado ese giro afortunado, que permanecí tambaleante, esperando despertar de aquel sueño exageradamente bueno y agradable. Pero seguí despierto, sintiendo con intensidad cómo la casa se llenaba a través de los vitrales de la luz exterior, cómo el aire contenido en mi nueva propiedad entraba por mi nariz y llenaba mis pulmones, cómo el tiempo que hasta ese momento parecía detenido se reanudaba con ímpetu. Un reloj de pie fabricado nada menos que por Auguste Moreau, de impresionante volumen, dio nueve campanadas y comparé la hora con el que llevaba en la muñeca. Ambos estaban perfectamente sincronizados.
Un carraspeo me recordó que, detrás de mí, estaba el abogado. Me di vuelta y le tomé ambas manos. Le expresé mi gratitud y cuando estaba a punto de despedirlo, no me dejó continuar, pues aún quedaban otros detalles pendientes referidos a la propiedad. Hizo una seña con su brazo y me hizo notar la presencia de tres personas impecablemente vestidas. Me las presentó como Hugo, Ivana y Sofía. Los dos primeros trabajaban en la casa desde que ambos eran jóvenes. Sofía, la hija de la madura pareja, tendría unos veinte años, y había crecido ahí y de algún modo reflejaba el esplendor del predio. Los tres me saludaron con respeto y se ofrecieron a mostrarme mi nuevo hogar.
El abogado refirió dejarme en grata compañía, y prometió regresar cuando yo lo requiriese, siempre que fuera después de un largo viaje que había planificado realizar. Hugo e Ivana me flanquearon y dirigieron a los salones principales de la primera planta. Me mostraron las piezas de arte de cada estancia, el magnífico decorado, y las espléndidas colecciones de diversos artículos que se exhibían en vitrinas, urnas y atriles.
—Imagino que la biblioteca debe de ser soberbia —espeté—. Me gustaría conocerla.
Hugo e Ivana se miraron entre sí, pero lo más extraño fue que se mostraron consternados.
—¿Hay algún problema?
—Ninguno —dijo Sofía, quien se había mantenido relegada durante el recorrido—. Yo puedo llevarlo, mientras mis padres se encargan del almuerzo.
Sofía me hizo una seña para que fuera tras sus pasos y seguimos una ruta que me resultó imposible registrar en mi memoria, pues aparte de distraerme por los retratos de personajes de siglos pasados y las cabezas disecadas de animales que jamás pensé que pudieran existir, el trayecto era serpenteante y, en muchos tramos, penumbroso.





Subimos escaleras, bajamos algunos peldaños, atravesamos corredores curvos apenas iluminados por lánguidos tragaluces, incluso me pareció cruzar dos o tres veces el mismo salón atiborrado por frascos con fetos de diferentes especies terrestres y marinas. En un momento en el que había escasa iluminación, creo haberme desplazado por pasajes secretos, espejos ciegos, mamparas invisibles y puertas camufladas en hermosos trabajos de madera enchapada. Todo fue un trayecto zigzagueante que hasta me dio la impresión de haber recorrido pronunciadas cornisas, estrechos rellanos y más de una zona con afiladas protuberancias. Me fue imposible calcular el tiempo que nos llevó llegar hasta una puerta majestuosa, con grabados en altorrelieve e inscripciones en una lengua semejante al latín.
—Son advertencias —dijo Sofía ante mi estupor—. Mis padres, que no son muy dados a la lectura, jamás vienen hasta aquí. Yo soy la encargada de mantener este recinto a salvo.
—¿A salvo? ¿A salvo de qué?
—De las polillas, del olvido, de la incomprensión, de los ojos que no saben ver ni apreciar la belleza ni la sabiduría.
Asentí sin estar muy seguro de lo que Sofía me estaba diciendo realmente.
—Esta llave le pertenece —dijo y me entregó una hermosa pieza de metal con diseños muy parecidos a los que mostraba la puerta—. Solo usted y yo podemos entrar…
—… y salir —añadí tratando de sonar ingenioso o, al menos, divertido.
—Por supuesto —respondió Sofía, tomando en serio mi participación.
Con una delicada seña, me invitó a introducir la llave en la cerradura. Apenas la giré, la puerta pareció cambiar, después de que una red de engranajes y clavijas resonara sordamente. Transformada en una superficie más plana, pero conservando aún sus características esotéricas, la puerta cedió ante la leve presión de mi mano.
La biblioteca que apareció ante mis ojos resultaría imposible de describir. Caminé hasta el estante más cercano y mis manos recorrieron en un vertiginoso delirio los lomos de volúmenes antiquísimos perfectamente conservados. Títulos que creía perdidos en guerras, saqueos e incendios, así como en rigurosas censuras políticas y religiosas, rutilaban ante mis ojos como estrellas radiantes en una noche oscurísima. La biblioteca era inconmensurable y, cosa absurda desde todo punto de vista, pero al mismo tiempo apasionante, uno se veía obligado a colegir que se trataba de una construcción más grande y vasta que la casa que la albergaba.
—¿Esta biblioteca es real? —le pregunté a Sofía.
—Tan real como el conocimiento y la verdad registrados en cada uno de sus libros.
Sonreí fascinado y ella también lo hizo. Me agradó la forma en que torció la boca para expresar una dicha discreta y plena. En un rapto que aún no consigo explicar, mis manos saltaron hacia su rostro y siguieron el equilibrado encanto de su mirada, la tranquila belleza de sus aletas nasales al tomar aire, las atractivas comisuras de sus labios invitando a invadir su boca. Sofía no opuso resistencia, pero tampoco siguió el juego de mi exploración. Recorrí su rostro infatigablemente y fue como descorrer el camino que me llevó hasta la biblioteca. Cerré los ojos —¿o ya los tenía cerrados?— y me dejé ir por la experiencia deleitosa de explorar la cara de Sofía y palpar no solo su materialidad sino el sentido de su existencia, como si la textura de su expresión silente fuera también una nueva puerta que cedía ante las claves de mis dedos.
Desperté en una suntuosa habitación. Al pie de mi cama estaba Hugo; junto a la puerta, Ivana; y a un lado de mí, un sujeto de porte distinguido que llevaba el típico maletín que suelen portar los médicos en sus visitas a domicilio. Traté de hablar, pero el individuo me contuvo colocando suavemente una mano sobre mi pecho.
Un aturdimiento que jamás había experimentado me sumió repentinamente en un profundo desasosiego. Una lucha interna empezó a crecer dentro de mí. Cruentas voces. Cientos. Miles. Incontables y cruentas voces pugnaban por hacerse oír, para prevalecer, acaso imponerse por una nimia razón, en tanto que la mía parecía doblegarse.
El médico no dejaba de observarme mientras sufría aquel trance. Por sus gestos, entendí que leía mi rostro, la pugna que enfrentaba, la transformación que se erigía.
Empecé a convulsionar.
Sentí súbitamente que una fuerza con deseos indomables estaba dispuesta a arrancarme de raíz cada una de mis extremidades. De pronto, algo se diluyó dentro de mí.
Mi rostro debió manifestarlo porque el médico no dudó un instante en acercar un espejo a mi cara. El reflejo, después de todo, no me sorprendió. Era, más bien, una consecuencia natural de lo que estaba ocurriendo.
       Reconocer las facciones de Sofía y ser una voz más del tumulto que ella albergaba fueron lo secundario. Lo más relevante fue comprender los verdaderos propósitos de mis manos. Entender, dando un giro a lo obvio, el sentido último de sus líneas.


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