10.11.15

UN CUENTO DE WÁLTER LINGÁN

En aquel rincón donde dormimos juntos mi corazón simplificado piensa en tu sexo

Sin duda Lucía es el amor de mi vida. Es verdad, creo que la única verdad. Aunque la frase suene cursi o resulte ya muy trillada. “Mi poeta privado”, me llama Lucía, se cuelga de mis hombros y me estampa un beso lleno de pasión, de enervante candela. Aunque ella realmente admira a Rubén Darío, a Luis Hernández, a Blanca Varela y a muchos poetas franceses. Como César Vallejo, yo sólo me adhiero.
Lucía se levanta apenas despunta el nuevo día, entonces sus pies desnudos son estrellas locas bailando sobre un mar de alfombras adormecidas. Descorre las cortinas, abre las ventanas y la descubro en todas sus formas. Su andar se desata acompañado de un olor sensual, de un obsceno aroma que se desparrama por toda la casa. Las enaguas de Lucía inauguran los amaneceres con más luz en el rabo de mis ojos, en la yema de mis deseos.
Tiene un estilo muy especial de provocarme, de invitarme al goce de grandes emociones. Se lleva una mano a su sexo, ese volcán que revienta luceros en las almas más feroces y multiplica el fuego de todos los sentidos. “Cómo huele”, me dice. Sonríe con malicia acariciando la matita pelumbrosa que cubre su bajo vientre, hurgando en ese amoroso fogón de océanos transparentes. “Uf, amor, como huele, dios mío”, dice colocando sus dedos de piano en su naricita. Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan / los que me sulibeyan son tus perjúmenes mujer…
Me quedo mirando su cuerpo de mariposa atrapada en su vuelo madrugador. Siento como la eléctrica serpiente de los deseos asciende a trancazos por las ramas de mis manzanos somnolientos. La cintura curva de Lucía, un tantito deformada por los hijos que tuvimos, me tienta sin miramientos al ayuntamiento, a la sabrosa perdición, a ese sesgo furor inapelable. La imagino desnuda, sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Las botas y las finas medias, la falda y la blusa, las enaguas, el sostén y el tanga rojo en el suelo. Todo un cuadro de Picasso o un poema de Mario Benedetti. Tu cuerpo chúcaro mi bien ¡ay! cómo me almeyara / ¡ay! cómo me almeyara tu cuerpo chúcaro mi bien…
“Voy a ducharme”, dice Lucía, y aleja su desnudez con quelónica paciencia. Lucía sin zapatos es una fiera desnuda, una venus galante, terriblemente delicada, enormemente amorosa. Mis ojos sin mayores defensas pajarean en sus caderas coquetas, con sus espuelas de plata enardecida galopan sus costados, sus volcánicas catedrales. Lucía es hermosa. Abstrusa. Asombrosamente expeditiva. Unánime como un cisne de Rubén Darío.
Los senos de Lucía saben levantarse en el instante preciso, se alborotan cuando es necesario, y cuando menos lo espero relampaguean, girasolean primaverantes. Me gustan los senos de Lucía porque son geranios salvajes amamantando leones con la seda de las mariposas. En las temibles puntas de sus pezones, sicalípticos botones pudorosos, sestean a pierna suelta los duros picachos de los alpes suizos. En sus pechos, qué duda cabe, germinan volcanes, águilas y palomas, duerme la dulzura disfrazada de aurora. Tus pechos cántaros de miel como reverbereyan / cómo reverbereyan tus pechos cántaros de miel…



La alegría de los labios de Lucía celestean con gusto divino el mar de mis fantasmas. Les cuento un secreto, algo que no sé si pueden imaginarse: en la boca de Lucía anidan querubines y vuelan jilgueros desafiando a la fiereza de los cóndores. Es verdad, nada más que la verdad, pero no se lo cuenten a nadie. En su risa hasta la nocturnidad más tenebrosa del destino arde luminosa. Si, Lucía es hermosa. Luminosa. Abstrusa. Unánime. Terriblemente irresistible. Sin más cierro La sombra del viento y me hundo a vagar por la estela de los sueños. Vaya, qué manera de quererla, de admirarla, de adorarla. Tus labios pétalos en flor cómo me soripeyan / cómo me soripeyan tus labios pétalos en flor…
Lucía, mi amor, cómo me gusta zozobrar en los balcones de tu mirada, perder los papeles bajo el embrujo de tus luceros. Ay, Lucía, Lucía, siempre estoy soñando con tus ojos vigilantes, con su aleteo en la aureola de mis helechos. Tú sabes, o por lo menos sospechas, cómo me derrito en la lámina festiva de los despertares de tu mirada. No hay dudas. Te amo Lucía, sin contradicciones, coherente, leyendo el libro rojo de las Cinco Tesis de Mao o el Qué hacer de Lenín. Ando colgado de ti, titilando como estrella en el canasto de sus ojos. Creo en tu belleza de cisne unánime, expeditivo, con o sin lucha de clases, con justicia social y derechos humanos. Aunque parezca mentira dicen que la verdad nunca se sabe, sin embargo creo en ti, Lucía, asi termine con mis huesos en el infierno. Tus ojos son de colibrí ¡ay! cómo me aleteyan / ¡ay! cómo me aleteyan tus ojos son de colebrí…
Y ahora Lucía regresa, entra a la habitación con paso de reina, de diosa acomodándose en su paraíso. Su cuerpo envuelto en la toalla, el cabello húmedo centellando en sus hombros. Me sonríe. “Ahora estoy limpiecita, fresquita”, me dice dispuesta a dejarse seducir. Con tono pecaminoso le digo que así me gusta mucho más, que así es más rico hocicarle entre las piernas, así es mucho más rico dejar mis besos en su ardoroso sexo haciendo la señal de la cruz, y luego, poco a poco, penetrarla. Nos abrazamos y enlazamos nuestros temblores.
“¿Sabes, amor?, dime palabras eróticas, sensuales, todo lo que quieras, todo lo que te gusta, dime, bandido mío, picarón, esas palabras vulgaronas, sucias, que se dicen por ahí, porque si vienen de tu boca ricotona no me suenan a grosería”. No le digo nada, sólo sonrío para mis adentros, pensando en esas maravillopecaminosas palabras. La sigo acariciando. Le beso el delgado cuello de princesa, de diosa. Ondulando cae la toalla.
Recorro sus espaldas y sus nalgas empinadas, sus muslos crispados. Se retuerce y siento que se va muriendo en mis brazos. “Ay, amor de mis amores, qué ganas tengo… ufff estas ansias me arrebatan… creo que me estoy volviendo viciosa, me vuelves viciosa, corazón…” Mis manos incontenibles, mis caricias imbatibles. “Amorcito, estoy arrecha”, me dice ensayando una palabra que nunca antes había dicho. Su olor ocupa mi cuerpo, asalta mis adentros, arrechavala mis sentidos. El deseo desorbita mis macizos, hace trizas mis alturas. Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan / los que me sulibeyan son tus perjúmenes mujer…
Mis besos la persiguen implacables, no le dan tregua. Siento como su piel se eriza. Se levanta. Su cuerpo de muñeca de porcelana se doblega ante mis caricias. “Tu arrechura”, le digo al fin, “es un perfume que envuelve toda la casa”. Lucía con los ojos cerrados dice que su deseo es una bomba incendiaria, volcanizante, inapagable. Y es cierto, su deseo es Lava. Candela. Hoguera. Sus gemidos y mis jadeos se unen en un equilibrado concierto de solfeos y coros alocados. La boca de Lucía, cereza monalísica, transita por las avenidas de mi pecho pobladas con fiestas de trigo y antiguos recuerdos. Nuestros besos son ramalazos removiendo las fibras más aceradas y firmes. Se rompen los diques de la discreción y el decoro. Ya no hay retorno posible y sus manos siguen bajando hasta lograr mis flancos más transcendentes. Sus caricias no transan, rebasan toda laya de diplomacias.
Besa y acaricia mi sexo. “Me gusta así, duro, enhiesto, levantado a su máxima potencia”, dice Lucía con un acento moribundo. Sus manos tienen la suavidad del cielo. “Ámame cariño, dime todo lo que te gusta”. A horcajadas se sienta sobre mí y tengo la sensación que voy entrando en un tunel sin principio ni final, ocupado por una tormentosa oscuridad luminosa. Ansioso entonces dejo escapar mis venados dispuestos a conquistar el alba en sus entrañas. Y como poeta comprometido, como el poeta privado de Lucía, locamente enamorado, amante de la belleza y la justicia, cuelgo la sábana somnolienta de mi corazón en los percheros de su alma. Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan / los que me sulibeyan son tus perjúmenes mujer…
¿Sabes, Lucía? El hueco de tu cuerpo dejado en las sábanas quisiera se repita todas las madrugadas del mundo.


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