6.12.15

DOS NOTABLES POEMAS INÉDITOS HASTA AHORA, DE TULIO MORA



EL BIG BANG DE LOS DESESPERADOS


Cuando eras guapo y delgado podías entrar en la casa de un famoso ingeniero que tenía cinco hijas muy bellas y todas te rodeaban mientras hablabas seriamente de astronomía. Ser dramático era la clave de tu conversación avezada deseando que el momento angular de tu enorme deslumbramiento por la estrella Cygnus X-1 acabaría fascinando a las chicas que bailaban contigo –era un arcaísmo exquisito- el rock alrededor del reloj. 

El horizonte de los sucesos apenas parecía un pretexto para besarlas o llevarte a la decepción. Les contabas que Clarence King, un geólogo gringo, se descolgaba de un cerro filudo y mortal con una cuerda convencido de que construiría un puente por el que cruzaría el tren redentor de sus encubrimientos. Porque él llevaba una doble vida: nada más atravesaba el puente de Brooklyn y ya se llamaba James Todd, padre de cinco hijos y esposo de una negra. No tenía amigos, no atraía a la vecindad, no invitaba a chicos delgados y guapos como tú ni leía "El puente" de Hart Crane. 

“Tengo fotos de una gigante roja transformándose en una enana blanca, así es la Gravedad del Colapso”, les decías a las chicas admiradas de tu autoridad sobre los agujeros negros en una ciudad que no tiene estrellas. Entonces su padre leía en alta voz los poemas acéntricos de Oquendo de Amat y tú soñabas que sus hijas estaban locas por ti. 

No tenemos la seguridad de que Clarence King entendiera que los puentes no son necesariamente el tránsito de una disociación. Tampoco que yo me hubiera librado de la elección porque el amor no es abundante precisamente porque no hay forma de que un astrónomo contemple la Constelación del Cisne amando a la vez a tantas muchachas en el mismo telescopio.

Escucha: yo entonces ignoraba lo que era la transparencia. Cargaba revólveres, asaltaba bancos y me movía entre sombras escondido por esas alturas que a King-Todd le costaba la tragedia de su duplicación. Suspenderse de una cuerda ya es un estilo de vivir devorado por 14 soles que a su vez se devoran a sí mismos hasta acabar en un agujero negro, allí donde el exceso me arrojaba al terror: mucha simulación, muchas chicas perturbadoras bailando pegaditas a mí.

Y el puto cielo que no derramaba la señal del amor ni de la revolución. 

Vamos a llamar a esta época de tu vida la Era del Teorema sin Pelos. Un curso irreversible. El Big Bang de los desesperados. Una plena certeza del acabamiento.

Pero James Todd desandaba el puente de Brooklyn y volvía a ser Clarence King.






EN CASITAS (Tumbes)

Las cabras son la sobrevivencia.
Tras el polvo balan por esa flaqueza que destierra
el aire abrumado de sol.
Algarrobos sin edad te recuerdan
que sus espinas se incrustan en tus zapatos
para sellar con dolor una diferencia indeseable.

Empieza a envenenarte la bienvenida
después de admirar el esplendor de la cordillera
que prolonga su verde maldición por el arenal.

Ringleras de papayales y mangos,
oro y aroma de dioses que viajan
en baldes al país de los derrepente
donde las cabras en los corrales arruman
con balidos las profecías desnudas.

Manadas de caballos salvajes galopan despavoridas
por las quebradas resecas
y una anciana de ceguera azul
palpa en la arena el próximo apocalipsis del Niño.

Desdentada ríe,
entre ella y los caballos no queda más
que la postración que se parece a la gloria. 

¿Qué gloria? Aquella oración
de lealtad de las cabras con una perseverancia
que ya adelanta la furia y sensualidad
de los aguaceros,

alborotándolos hasta la entraña de la agonía.

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