11.12.15

DOS POEMAS DE ÉDGAR D. VÁSQUEZ VÁSQUEZ

V
Los fantasmas que decidieron el orden y el color de las
tazas las cucharadas de azúcar a la hora que la tristeza
ingresó entre bisagras oxidadas nunca estuvieron en
mis fotografías estoy sola riendo porque la velita de
algún cumpleaños no se apagó y tampoco están la
sarta de palomas sin cabeza que la plástica violencia
arrancó menos en el instante que soy reina de aquel
imperio de nidos espinosos por estas fotos reconozco
la soledad que como un manojo de viruta se esconde
detrás de mi voz y estoy sola en el tropel en que
ingresamos a la cocina a ganar un lugar en la mesa que
esté cerca de los gatos muy cerca del fogón para
cuando el fuego se debilite lo aticemos con las
muñecas con que mi madre dejó de jugar porque el
primer hombre que fornicó con ella en los horcones
que sostenían el techo de la casa la dejó preñada como
esas cuyes panzonas que se arrastraban por el suelo de
la cocina Y desclavamos una a una las extremidades de
las muñecas y el fuego y el calor venían a galope y la
casa imponía su aroma de orfandad que nadie percibía solo los gatos que se revolcaban en las cenizas en aquel
tropel nunca está nadie de los que deciden hasta el
remolino del café para que el azúcar se disuelva
desaparezca como el poema se esconde ya sea en las
palomas asesinadas o en aquella rabia que parió a mis
ojos los fantasmas que llegan hasta el borde de mi mesa
y a dentelladas despedazan mi camisa me desnudan
lamen el monte en busca de mi humedad y de un
susurro que les dé un nombre una identidad un rubor
entonces inicio la épica del asco con palabras que
arremetan contra su tiranía y desajusto los dogales que
ahorcaron a los perros y a mi madre que nunca aparece
riendo en las fotografías aquellos años mis intuiciones
nacían desde las tetas alargadas de mi abuela de sus
pezones agirasolados y mi arritmia espiritual nació en el
garbo de la perra coja que un sangre de mi sangre
mutiló de un escopetazo y ella seguía ahí detrás de él
ovillándose en su borrachera arrastrándose debajo de la
mesa esperando el hueso chupado que alguno del tropel
soltaría con risa para burlarse de las tres patas que salían
por la puerta de la cocina por debajo de la humareda de
la leña verde y las muñecas aquellos años mi compañera
mi hermana semilla o hermana corazón sintió que la
muerte se le instaló en la sangre y combatía de día en
sus ojos y de noche en el ronquido de su asma mi
primer espanto ocurrió cuando el canto de la lechuza
abrió las puertas del mal agüero y todas las noches la
oscuridad nos daba un lugar cuando encendíamos las
velas y eran mis ojos los que palpaban el dolor de mi
hermana y muchas veces mis manos se encontraron
con su rabia fecal que dejaban las epilepsias me habría
gustado escribirle un poema que se rebele al mal agüero al canto feroz de la lechuza al vuelo rasante de los
gallinazos que sacudían las calaminas pero el amor que
se queda en las fotografías nunca saldrá de ahí Cuando
nadie esté detrás del café solo un día que mi madre
extienda sus cabellos y mi otra madre me invente algún
nombre desde la orilla de su dolor y reconozca la
procesión de burbujas que se le escapan por la nariz en
unos tubos amarillos que la llevarán a un invariable
olvido mi madre soy yo en unos años si es que no
ajusto pronto este dogal el mismo dogal que mató a los
perros que alguna vez nos enseñaron de amor en esa
casa el mismo dogal que mató al loro que daba brincos
en el muro de quincha cuando llegábamos con palabras
ahora que nadie está los fantasmas que estaban en mi
corazón aparecen en las fotografías Inés


VIII
La hora enemiga montada en las agujas
señala mi sepultura
y decide las dos palabras que sellarán mi epitafio:
Aquí, Madre!
En este muro
mi corazón se reduce con la temperatura de la tarde
y se columpia la armadura
que me ocultará de la muerte.
Tengo máscaras desdentadas a dos segundos del espejo,
sueños que el sol empuja a las orillas del mundo,
un puñado de cenizas que tuvo nombre de mujer
y la derrota del silencio en la geometría de los cuerpos.
Inés,
aún nos quedan niños fantasmas
chapoteando el agua de la lluvia.
La orfandad empuña tu mirada y regresas de puntillas
a golpear las puertas donde amputábamos las muñecas.
Los relojes se rebelan y busco en las telarañas
oraciones que nunca salieron de casa.
Tengo nostalgias de palabras
que se hundieron en la boca de mamá,
en el grito que envileció mi corazón,
en el triunfo caníbal de la muerte
en el reino agónico de la infancia.
Inés, la memoria envejece y deja retazos,
ritos de la muerte que el hombre reposa

en la mansedumbre de su rostro

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