19.12.15

Esperamos un final feliz - Juan Manuel Chávez





Juan Manuel Chávez


Esperamos un final feliz
Siempre se una primera versión de ti
Audrey Hepburn

Ella se sentó; cogió con ambas manos la taza de té, como se aferra al volante un conductor inexperto, y me indicó que comenzáramos ya.
¿Cuál es su nombre completo?
Gabriela Fabbri Aguilar; “limeña de Italia”, en palabras de mi padre.
¿En qué fecha nació? ¿Existe algún detalle singular para contar?
La mañana del 27 de marzo de 1977, luego de un trabajo de parto que casi acaba con mi mamá; o de eso le gustaba hablar cuando yo me ponía contestona y rebelde. “¡Tú vida casi me cuesta la mía, niña, así que pórtate bien!”, gritaba ella, cargando de buen humor su fastidio. El día que nací, además, chocaron dos aviones Boeing 747 en el cielo de no sé qué océano… Supongo que este hecho tiene algo que ver con lo melancólica que puede ser mi personalidad, y, también, con lo explosiva que soy a veces.
Hábleme de su familia. Sobre sus abuelos, sus padres….
Veamos. Mi mamá es Ana Paula Aguilar, una arqueóloga especializada en la cultura mochica. Me gustaría extenderme diciendo que es muy linda, con una carita algo pecosa de un resplandor especial; o contarle que es muy inteligente y que se hizo sola desde pequeña. El asunto es que casi siempre me da por contar lo feo, con esta sensación de extrañarla que a menudo se parece tanto al dolor. Nunca es sencillo hablar de ella porque no está a mi lado, a pesar de que soportó sus trece horas de parto para que yo naciera. Ana Paula desapareció en el norte del Perú, en el pueblo de Magdalena de Cao o en sus alrededores; incluso, muy posiblemente en El Brujo, donde trabajaba haciendo excavaciones. Tenía la edad que ahora yo tengo, o algo así, la noche que desapareció. En ese entonces yo contaba con trece años. Era una chiquilla de cole antes de los bimestrales. Como se imaginará, desaprobé todos los exámenes.
De acuerdo con la policía, mi mamá sencillamente nos abandonó a mi padre y a mí. Hubo indicios, ciertas coincidencias que parecían más razonables que un atentado personal… Para ellos, también para otros, ella se fue, se marchó; llámele como quiera. Varios de sus colegas de la investigación arqueológica sostenían algo distinto, pues sospechaban que el motivo tenía que ver con los altercados que Ana Paula tuvo en pocos meses con delincuentes que saqueaban tumbas precolombinas y huaqueaban en la zona.
Creo que yo le he sacado eso a mi mamá: no aguanto a los aprovechados, nunca dejo pasar un atropello y levanto la voz muy fuerte si las cosas van torcidas. La labor de ella, como la de otros, cercando la zona y fichando lo que encontraban, arruinaba el negocio de esos traficantes. Uno de sus antiguos compañeros me contó, muchos años después, que estos tipejos andaban armados y parecían protegidos por alguien con poder para comprar conciencias y las suficientes influencias como para archivar casos. Es cosa de pensar con cuánto dinero se aceitará la maquinaría de la corrupción para que un collar de oro de la cultura chimú llegue a una vitrina privada del extranjero. El hecho es que Ana Paula se enfrentó a ellos en tres ocasiones… la última fue la mañana del mismo día en que desapareció, en junio de 1990.
Lo anecdótico de todo es que recién me enteré, a partir de una conversación ligera con mi padre en una sobremesa de domingo, que su relación con ella ya no era la mejor. Mi padre aún la amaba; sin embargo, tenían problemas. Yo creo, bueno, con el paso del tiempo una arma los rompecabezas del pasado para integrar los recuerdos y entender, entender para no solo imaginar; y así, yo creo que habían perdido la pasión del inicio. Por un lado, las ocupaciones de Ana Paula, sus proyectos colosales: reescribir el mundo precolombino peruano con un hallazgo… Quizá habían dejado ir los intereses comunes que hacen falta para sobrellevar la vida de pareja. Mi padre me ha dicho siempre que Ana Paula, que mi mamá, era una joven con ambiciones, por eso nunca le pudo perdonar no tenerlas también. Qué poco italiano, ¿no? Una se imagina que todos los italianos anhelan tener un imperio en sus manos, construirlo o tomar uno ajeno; pero no, no todos, mi papito nunca. Entonces, por otro lado, también estaba la forma de ser de él. Unos tíos contaban que Ana Paula aceptó el proyecto en el norte del Perú para no tener que divorciarse o separarse, pero sí como una válvula de escape…. Una razón para alejarse, como es todo viaje; a veces, se está mejor en otra parte. Me gusta pensar que en ningún momento ella dejó de amar a papá, si bien ya no lo respetaba igual. En todo caso, Ana Paula es una mujer íntegra, amorosa y buena, no se habría marchado sin más, abandonándonos por una ambición personal o un amorío que nadie ha podido probar. No. Yo tenía trece años, señor Chávez.
Cómo son las cosas, las coincidencias que hacen pasar una desaparición forzada, como he sostenido en todo momento, por una miserable fuga. En cierta forma, mi padre, como tantos, nunca ha sabido muy bien qué creer, preguntándose de cuando en cuando, dudando. Quien no vacila soy yo: a ella le ocurrió algo en el norte, y fue un hecho terrible, muy malo. Y ya me cansé de solamente tener esta certeza sin resultados.
Mi padre, que es contador público, se llama Fabrizio Fabbri.  Su padre nació en Italia, frente al mar Adriático, y vivió entre Rimini, Misano y Urbino. No tengo ningún recuerdo de mi abuelo, pues falleció cuando yo era muy chica; aunque sí de mi abuela, una piurana alegre y bullanguera que nunca aprendió el idioma de su esposo. Mi padre, si tomaba unas copitas en alguna fiesta, decía de ella: la nonna è una chiacchierona. Le gustaba acentuar su tonito italiano para sacarla de quicio, mientras bromeaba por lo parlanchina que era. Mi abuela nunca se quedaba atrás y le respondía exigiéndole que le hablara en su lengua materna, que por lo menos para eso tenía madre. Aquellos son días inolvidables. Mi abuela murió hace cinco años, igual de contrariada y confundida como mi padre por la desaparición de Ana Paula. No llegué a saber qué creía, en el fondo, de todo esto.
Fabrizio Fabbri, mi padre, es un trabajador cumplido, una persona responsable y diligente, de los que nunca se inventan una fiebre para faltar el lunes y que prefieren saltarse el desayuno a llegar tarde una vez en la vida. Y bueno, inmensamente bueno. Si bien ambos nos desmoronamos cuando desapareció Ana Paula, él intentó día tras día que yo no me derrumbara por completo. Me apoyó cuando mis notas se fueron al tacho, me animó cuando tenía largos periodos de depresión, me entusiasmó por la vida sugiriéndome actividades, amigas, nuevo vestuario o peinados de todo tipo. Fue padre, madre y amigo íntimo. Cuando me gradué de arquitecta, recuerdo que lloramos abrazados para sorpresa de los demás, porque conmigo se cumplían los sueños de los dos. Yo soy su vida, y eso me alegra tanto como me asusta. Se lo digo en serio, entusiasma, pero también da miedo. Es natural, supongo. En el colegio, cuando alguien decía que yo era huérfana, me molestaba mucho, no solo porque siempre rechacé la idea de que mamá esté muerta, sino porque mi padre ha sabido cubrir tantos campos con su afecto y dedicación que no hay hija mejor tratada que yo. A veces, como si fuera una niña, me da por imaginar que si mi mamá supiera todo lo que ha hecho mi padre por mí, cómo me ha impulsado, motivado y engrandecido, lo respetaría por completo y terminaría por amarlo con una intensidad nueva a su regreso. Han sido veinte años dedicados a mí; sin embargo, no a sus ilusiones o deseos. Quién sabe si, veinte años después, tampoco se acercaría a él por hacer tanto, como en su tiempo se alejaba por hacer tan poco. Yo creo que, aunque no tenga salvación la pareja, sí tendría una hermosa segunda oportunidad mi relación con mamá… Lamentablemente todo esto tiene muy inquieto y preocupado a mi padre, pues como hice hace tiempo, cuando investigué las pirámides mochica para mi trabajo de tesis, volveré a Cao en busca de respuestas.
Es cierto que han pasado veinte años desde que desapareció; pero veinte años es menos que treinta, cuarenta, que toda una vida para saber la verdad. O para encontrarla.
Un detalle curioso sobre mi padre es que, cuando yo era chica, creía que él se dedicaba a contar historias, como los comediantes de plaza. Qué posibilidad tenía yo de figurarme que un contador público era un individuo que estaba más ligado a las cuantificaciones y las cifras que a los relatos. Mi padre, desde que tengo recuerdo, siempre me narró aventuras insólitas, aventuras que iniciaba una noche y continuaba durante semanas, con aportes míos para enredar la trama. Es curioso que, cuando pasé a Secundaria, antes de la desaparición de Ana Paula, nunca sentí una pizca de vergüenza de mi padre, asumiendo que para mí él era una suerte de fabulador ambulante en un entorno donde mis amigas hablaban de los suyos indicando la profesión de médico, de abogado, de profesor. Lo único que me intranquilizaba, me acuerdo claramente, era encontrarme con él frente a frente en un parque mientras estaba acompañada de mis compañeras de cole. Imaginaba el rochezazo que sería verlo pasar el sombrero para recibir las monedas del público por su cuento, si yo estaba con Natalia o Martha o Jazmine; peor aún, las tres juntas.  Hoy le parecerá una tontería, a mí me lo parece; pero todas tenemos derecho a la adolescencia… también yo, ¿no cree? En tercer año caí en la cuenta de que mi padre debía ser, por su formalidad y horarios laborales fuera de casa, un escritor o periodista. Que era un contador de noticias, como los de los diarios, o de ficciones, como los autores que leía en clase. El día que me animé a preguntarle sobre los detalles de su trabajo, me indicó aspectos tan extraños en torno a impuestos, pago de haberes y libros de cuentas, que supuse que todo era una reverenda mentira para guardar algún secreto. Preferí convencerme de que mi padre era un periodista de investigación o un novelista de género policial o detectivesco. Hoy, por supuesto, sé que no es así; no obstante, por las noches, a veces importuno su descanso para que venga con alguna historia, incluso repetida hasta el cansancio. Al fin y al cabo, él es un contador y yo, de veras lo creo, su creación más amada.
No tengo hermanos. Me habría gustado, de veras que sí, uno menor que yo, para confiarle mis dudas o temores y apoyarlo en sus problemas. Me habría gustado hacer con alguien lo que mi padre hace por mí. Sospecho que debe ser hermoso tener una persona a quien proteger. Tal vez por eso voy en busca de mamá.
¿Dónde vive en la actualidad? Y, si puede, que la imaginación tan viva que tiene se explaye en la respuesta.
Vivo en Lima, en un departamento en Jesús María. Vivo en Lima, pero viajo bastante. Disfruto mucho viendo ciudades, cómo se han levantado, el espacio que generan y cuál es la personalidad que trasmiten. Muy pocas aventuras son tan estimulantes para la creatividad como meterse por una callejuela y desembocar en una plaza... Por lo mismo, me gusta viajar; bueno, viajar en tren para ser precisa. No mucho en bus y tampoco en avión. Me desespera horrores aguardar una hora o dos para un trayecto local que dura menos tiempo. El avión me decepciona también porque cada persona viaja como aislada de las otras, inmersa en sus audífonos y obligada a permanecer casi siempre sentada. Eso no lo aguanto. Además, pocos andan con ánimos de conversar, perder el tiempo un rato. Creo, como alguna vez le escuché a alguien, que en los aviones no debería separarse a la gente en primera clase y clase turista, sino entre parlanchines y mustios. En lo buses, la exigencia de inmovilidad es similar… ni siquiera te dejan sentarte en el brazo de los asientos o pasearte en los pasillos si te aburres. Los pasillos, tan estrechos y cortos, no sirven para relajar ni a un franciscano. Yo viajo en tren para mirar, charlar, caminar dentro, escuchar su sonido sobre las vías, para comer. El tren de la costa, entre Lima y Trujillo, me encanta. Para eso se viaja también, ¿no? Algo de libertad y de huida hay siempre en los trenes.
Si hubiera estado en mis posibilidades, el viaje a Europa lo habría hecho en barco, porque es como un tren sobre el agua: las rutinas y prácticas funcionan igual. Bueno, no sé nada de barcos, pero así me los imagino, tal vez porque en sus orígenes, el tren que botaba fumaradas estaba muy ligado a la embarcación a vapor. Qué hermosos esos monumentos de la técnica surcando los ríos, humeando como los trenes sobre los rieles. Estructuralmente, pensando como arquitecta, me parecen vehículos análogos: uno edificios tumbados. El hecho es que vivo en Lima, satisfecha; pero a veces amo tanto estar lejos que parezco una extranjera en mi propia casa. Ahora, por ejemplo, no sé cuánto tiempo me quedaré en el norte, husmeando en Cao, como en los meses que dediqué a la investigación de tesis. No sé por cuánto tiempo y menos aún, cuáles serán las consecuencias de este viaje.
Mi siguiente pregunta era a qué se dedica, pero ya la ha ido respondiendo: arquitecta…
En efecto, soy arquitecta. Bueno, claro, no es lo mismo la profesión que la ocupación. Me gradué en la Universidad Nacional de Ingeniería, como las mejores de mi carrera. Era sobresaliente, de veras. Mis notas son ejemplares, incluso para esa institución en que se regatea cada punto. Y no sabe cuánto me costaron las décimas que no me pusieron. A pesar de todo, disfruté la carrera; pero ahora que recuerdo esos tiempos, lo que más evoco no son las clases ni los compañeros sino el trayecto que hacía siempre desde casa hasta la facultad… Miraba el río, abajo, cuando lo cruzaba por el puente. Marrón; intenso por temporadas, movilizando troncos; los gallinazos sobrevolándolo, expectantes; algo de verdor en su ribera; también bolsas de plástico y otros desperdicios inadmisibles; y las casuchas que el verano siempre se traía abajo. ¿Dónde hemos estado los arquitectos para ellos?... El Rímac, en sentido transversal a mi ruta, entre Caquetá y Alfonso Ugarte. Cuántas veces he querido seguirlo, unas hasta su desembocadura y otras, hasta su origen.
Los limeños tenemos en el río nuestro botadero. Ni siquiera vivimos de espaldas a él, como alguna vez reclamó Le Cobusier a los bonaerenses con respecto al Río de la Plata; nosotros lo tenemos presente para arrojar lo que nos sobra, inmundos y obtusos, sin darle la importancia que en otras ciudades tienen los cauces y sus caudales. Pensé que me especializaría en puentes, para buscar otros ríos como motivo para viajar. Algunos son legendarios y dan para los suspiros: Nilo, Amazonas, Sena, Danubio; no obstante, me licencié con una tesis sobre la arquitectura mochica.




De los moche, esa tremenda cultura precolombina que se desarrolló bajo el misticismo, la sangre y el urbanismo, me centré en sus pirámides y rampas. Fue la primera vez que intenté, bajo la excusa de la investigación académica, dar con el paradero de Ana Paula. Qué útiles me fueron sus apuntes, sus datos, sus esbozos para terminar la tesis. Dejaba en casa cuadernos y cuadernos cada vez que volvía de algún sitio arqueológico. Una visionaria, mi mamá. Busqué a varios de sus antiguos amigos, con la coartada de que este interés profesional era una herencia de ella. En cierta forma lo es; pero lo que pretendía era enterarme del chismorreo y las conjeturas, todo lo que mi padre no llegó a conocer por temor o por cautela, todo lo que dejó pasar. A menudo, la verdad aterra. Por todo esto regresaré a Cao: para completar lo que inicié hace años.
Sobre la arquitectura, me dedico a ella de forma independiente, con proyectos pequeños, de inclusión social. La tesis, en vez de abrir mi carrera al campo de la conservación del patrimonio o la edificación de carácter museográfico, me llevó al territorio de los discapacitados. Si una empresa constructora precisa de opciones creativas para el acceso de personas en sillas de ruedas a un edificio, yo soy la experta; si es momento de rediseñar los servicios municipales para personas con muletas o prótesis, a mí me contactan. Me gusta mi trabajo, me gusta lo que conlleva y genera. Mi padre se siente muy orgulloso de esto, sobre todo después del accidente.
Si no lo hubieran atropellado, yo me habría quedado en Cao hasta averiguar el paradero de mamá, téngalo por seguro; pero tuve que regresar para ayudarlo todo el año que duró la rehabilitación. Creo que no lo he mencionado: mi padre usa una prótesis en la pierna desde que un auto se pasó una luz roja como si fuera un ámbar. El miserable se dio a la fuga, en pleno día, en San Borja, a una cuadra de su trabajo. Pobre mi padre… en esos meses estaba muy alterado por el hecho de que yo siguiera viajando a Cao, incluso después de la graduación. El hecho es que ese accidente tan perjudicial generó, a su vez, un efecto positivo para su entusiasmo: me quedé a su lado. En los meses previos, yo había hecho lo posible por conseguir empleo en algunos proyectos en el norte, con las miras puestas en permanecer más tiempo allá; sin embargo, retorné para ayudarlo. En fin, esa es otra historia.
Quizá, esa es la historia.
Ahora que viajo para Cao, posiblemente lo sepa. En Lima no encontré cabos suficientes para desentrañar ni siquiera un accidente tan sospechoso como el de mi padre. Tiendo, por deformación profesional, a comprender muchos asuntos gracias a que me alejo de su meollo con un rigor que voy cuantificando, como se conoce la circunferencia por la distancia precisa que se toma de su centro.
Si tuviera que describirse física y moralmente, ¿qué diría?
Bueno, fui Miss Perú hace unos años, reina nacional de la belleza por 366 días… Cayó bisiesto. Supongo que este galardón nos ahorra las descripciones; por lo menos, tendrá claro que parezco brillante cuando me preguntan sobre la paz mundial y que feo no tengo ni el ombligo, ¿cierto?
Doy por sentado que no pensará contradecirme... Creo que eso hablaría mal de su percepción e inteligencia, señor Chávez.
Fuera de bromas, supongo que no espera que yo le diga si soy alta o baja, gorda o flaca, bondadosa o desgraciada. Tan ingenuo o superfluo no se anda, confío, con todo respeto. Creo que lo que le interesa saber es cómo me percibo, qué idea tengo de mí; sospecho que por ahí va su pregunta. Pues bien: tengo la idea de que soy una persona justa y, muy posiblemente, simpática. No es raro darme con alguien que repara en mí con un semblante de agrado, como quien toma en sus manos un postre. Si quiere detalles, me siento cómoda con mi cuerpo: que sea un tanto largo y las formas que tiene, sinuosas. A menudo, no solo considero que soy una chica simpática sino también, atractiva. La gente voltea a mirarme; felizmente, sin groserías en la mayoría de ocasiones. Por cierto, no termina de gustarme mi voz porque es un tanto indefinible; a diferencia de mi cabello, con su negrura de eclipse. Si un día hicieran un tinte artificial con el color del mío, llevaría ese nombre: eclipse. Quizá sea lo que más me agrada de mí, físicamente.
Si tuviera que cambiar algo… no cambiarlo, solo limitarlo, hacerlo más selectivo, sería la sonrisa, que la tengo bonita pero fácil; no discrimina a nadie, democrática hasta la caridad. Hay quienes malinterpretan un gesto de atención o, simplemente, no toman en serio completamente un fastidio mío porque a la curva de mis labios les da por contradecir mi semblante y mis palabras.
¿Tiene algún pasatiempo? Mejor aún si es vano o trivial. ¿Y cuál es su sueño más hondo?
Señor Chávez, qué latoso es usted cuando se me pone esotérico. ¿Qué es eso de sueño hondo? Ni que fuera una buceadora o un lenguado para tener sueños con profundidad. En lo hondo están las piedras, lo otro es lo privado, distinguido caballero, y hasta esas alturas no ha volado esta entrevista.
Por otro lado, déjeme contarle que tengo algunos pasatiempos, nada que pueda ser considerado demasiado excéntrico, la verdad: cuento con una colección de antiguos pretendientes que decepcionarían a la mujer más ingenua, como le ocurre a cualquiera de nosotras. Por supuesto que no escondo en mi habitación hombres momificados, aunque lo he llegado a considerar; lo que conservo es algún objeto que en su momento tuvo el valor de ser la marca personal de cada uno. Un reloj de plástico que nunca funcionó bien, como el enamoradito de la Secundaria que me lo regaló; un cartucho inservible de Atari, con el que jugábamos un muchachito de barrio y yo en la sala de sus padres; la mitad de una tarjeta de crédito que supimos desfondar con un amigo de la universidad en un viaje de solo cinco días, y que me marcó por medio año; discos de grupos que ahora me parecen un espanto; algunas estampillas que hoy son más valiosas que los sobres y cartas que he mantenido dentro; una postal de Roma, con Audrey Hepburn sobre una Vespa, que me compró un napolitano farsante con la intención de enamorarme por el parecido con la actriz. El muy cretino me lo dijo así: “me gustas porque te pareces a ella”. Fue la ocasión inaugural, aunque no la última vez, en que un individuo quiso ligar conmigo por parecer una copia. A ver, me ordeno: Audrey Hepburn es hermosa, es distinguida, impactante, y la comparación es un halago que se acomoda en la vanidad, pero no lo es que te busquen esencialmente por ese conjunto de semejanzas.
Los únicos objetos extravagantes que conservo son un anillo de compromiso y una cámara web. El primero, de un joven que durante meses me vio pasar cerca de su oficina, en Trujillo, en los tiempos que hacía mi tesis. Nunca había puesto atención a su presencia; sin embargo, él sabía de mí detalles que asustarían a una señorita de pueblo: conocía los diversos tonos de mi voz, reconocía el sonido de mis pasos y podía adivinar mi estado de ánimo a partir de ciertos surcos de mi rostro. En cierta forma, era una persona para temer por su enorme contención, esa incapacidad para actuar y el codicioso silencio que mantuvo semana tras semana. Por lo menos, es lo que ahora pienso. Un día, en plena calle, me saludó con solemnidad, se presentó con excesiva información de currículo para mi gusto, pasó lista de sus títulos y estudios como si fuera una entrevista laboral, y se explayó con todo lo que sabía sobre mí. Al instante, propuso que me casara con él. A mí se me hizo muy entretenido el asunto, pues como estrategia estaba entre lo suicida y lo inviable. Entonces, cuando comenzaba a tomarme a broma su oferta, esperando relajar el asunto con una mistela en el Bar de Juguete o algo por estilo, sacó del bolsillo de su saco una cajita aterciopelada con un brillante dentro, una piedrecita muy linda. Rechacé la proposición por varias razones de consideración, aunque la más estética es que el tipo era demasiado pomposo para mi gusto; además, se me hizo un signo de mucha petulancia ¾o machismo, o prejuicio, quién sabe¾ plantarse ante mí con un cristal engastado como si este fuera un pasaporte irrefutable hacia una vida en común conmigo. Ni siquiera tenía la menor intención de cortejarme. Estrategias de feo, supongo. Yo no habría sido la primera imprudente que abría las puertas de un municipio con el fin de casarse una noche para divorciase a la siguiente, pero la situación no daba para tanto. El punto es que lo tomé por un tipejo arrogante y desconsiderado, así que cogí el anillo, le di un beso en la mejilla y le confesé que no aceptaba su propuesta, que tampoco lo pensaría, aunque sí me sobrecogía su resolución. Me guardé la joya para no desairarlo del todo. Él, más complacido de lo que yo esperaba, se marchó sonriente y, desde esa tarde, aprendió a saludarme a la distancia.
La cámara web es el trofeo de guerra que obtuve de un enamorado que me sacaba la vuelta frente a la computadora. El repugnante depositaba dinero a una cuenta de mujeres al otro lado del mundo para que lo vieran tocarse en vivo como si fuera un niño en el despertar de su adolescencia. Un fin de semana que no me esperaba de visita lo encontré con la virilidad al aire, amasándose el cerebro que le quedaba entre las piernas, jadeando ante su pantalla de la forma más patética que pueda imaginarse: un cerdo, el guapo ese. Ahora me río, pues era un puto al revés, pagando por recibir; si bien en ese rato me enfurecí como nunca. Me sentí tan insultada: mi pareja era un narciso despilfarrador que prefería ser contemplado, exhibirse sin ningún contacto de piel, que estar a mi lado, pasando el sábado en la cama. Hubiese preferido que se acostara con mi vecina, de verdad, señor Chávez.
Los otros pasatiempos son igual de presentables: tomar fotos, viajar como ya quedó muy claro, coleccionar tickets de todo tipo e imaginar, imagino situaciones posibles, sucesos que nunca ocurrieron. Supongo que, como buena arquitecta, siempre proyecto hasta lo inviable. No piense mal, ese es mi lado girly.
¿Tiene fobias, manías, enfermedades o alguna debilidad psíquica?
Ay, Dios, qué pregunta, señor Chávez. ¿Estas consultas se las inventa usted o alguien se las ha dictado para dedicarse a escribir?... ¿De veras le hacen falta?
Hay una fobia que arrastro desde pequeña. Y lo peor no es tenerla, sino que ha sido la raíz de otras, como por analogía. Un hecho justifica a otro que se le parece y este a sus consecuencias. Disculpe, me pongo enredada cuando hablo de esto porque la gente se ríe, le parece gracioso a la mayoría, una bobada de niña. Nunca falta un huevón disculpe mi francés que dice: ah, eres mujer, pues. El asunto sucedió en la sierra, en uno de esos viajes de vacaciones que impulsaba mi mamá y aceptaba mi padre. A Ana Paula siempre le gustó visitar los mercados para tomar desayuno, pedir grandes vasos de jugo y panes horneados en barro. En alguno de estos puestos, un señor bastante descuidado, que yo imaginaba un minero y a veces un campesino, pidió una naranja para comer. Una naranja y un cuchillo; pero el cuchillo que le dieron no tenía el filo suficiente para partirla con delicadeza o él era un individuo demasiado tosco para llevar a cabo una acción aparentemente sencilla. El hecho es que no lograba partir la fruta. Entonces, aplicó mucha más fuerza, fue agresivo. Logró abrir con violencia la naranja, que disparó chorros de jugo entre sus dedos y sobre la mesa, medio aplastada y tajada por el centro. La sola acción, tan brutal, me asustó; sin embargo, lo que me impactó llegó después: cogió con ambas manos una mitad y desgajó la naranja con la boca, embarrándose las palmas, goteando el zumo entre los labios y destruyendo la carnosidad de la fruta a dentadas.
No me dio asco, me aterró. Señor Chávez, ¿nunca ha visto a un niño abusivo rebanar la pelota de uno más chico o a una señora con responsabilidad social acuchillar una botella de plástico para que no sea reutilizada por falsificadores de productos? Momentos de ese tipo se me hacen interminables y me crispan los nervios. No puedo ir a una feria de comidas y enfrentarme a la imagen de una persona abriendo un pescado o destripando un pollo. Siento que luego de un acto así asomará la bestialidad humana, lo podrido que todos ocultamos dentro. Parece insensato, pero qué fobia no lo es. Ahora, no se crea que he dejado de comer naranjas o soy vegetariana. Cuando se me antoja una fruta no hay mujer más elegante que yo para pelarla, con delicadeza, abierta la naranja como una rosa y los gajos en mi boca como si fueran los pétalos. Soy una artista por espanto, señor Chávez. Puedo asesinar a un príncipe con una cereza entre los labios y a un emperador con un trozo de durazno en el plato, no lo dude.
No sé si sea una fobia o una debilidad psíquica, conozco muy poco las terminologías apropiadas, señor Chávez, pero decir que soy intolerante a las multitudes es quedarnos cortos. Una vez encontré en el diccionario la palabra idónea: arredrar. Me arredran las multitudes, me producen pavor. No piense que le temo a los cines o no soporto estar en un estadio. Los problemas comienzan si los barristas se empiezan a juntar en una tribuna, gritando, haciéndose una masa de gente, o todos los espectadores de una función corren hacia una puerta que no se abre. El simple hecho de ver a un grupo de chiquillas persiguiendo a un artista por un autógrafo me pone los pelos de punta. Es tan grande mi terror, que me vuelvo bruta: escapo sin mirar a ningún lado, desesperada. Frente a una multitud, soy la mujer menos chic del planeta, la más anti fashion que se puede imaginar y, también, la más cojuda. No me queda bien, la verdad, peor si estoy con tacos altos.
Sobre enfermedades o malestares físicos no me quejo, salvo por el hecho de que sufro de astigmatismo, lo cual tiene cierta magia. Donde los demás ven un punto bien definido, rechoncho y curvilíneo, yo puedo contemplar una raya extendida que se difumina. Como mi córnea tiene una curvatura irregular, un poco chata, no logro distinguir con claridad los márgenes externos de las cosas o sus contornos; por eso, a la distancia, confundo una piedra con la arena oscura en la que está posada o la camisa celeste de un señor con la pared azul en que se apoya. Para mí, siempre, el mar y el cielo son funden en el horizonte, como un solo brochazo de pintor. Qué raro es confesarle esto luego del símil que hice con la circunferencia, al tratar el asunto de las distancias y la comprensión. Bueno, una es humana sobre todos por sus contradicciones.
El hecho es que ante mis ojos las cosas no suelen tener formas definidas o límites escrupulosamente trazados, porque algo de neblina los envuelve: los gases son más volátiles, los líquidos alcanzan una mayor expansión y los sólidos tienen un perímetro fantasmal cuando los miro. Para una arquitecta, todas estas carencias engredan su propio misticismo.
Cada vez que uso palabras como perímetro, diámetro; peor aún mampostería, cornisa, dintel o alarife, me miran con extrañeza, como si la construcción y el diseño fueran un asunto de hombres viejos y no de regias en la flor de la vida… Lo digo, señor Chávez, para que cambie esa carita de extrañeza ante mi vocabulario, por favor.
Volviendo al astigmatismo, yo supongo que este influye en mi personalidad, puesto que no me basta una sola observación para actuar ante una situación, pienso dos o tres veces antes de decidir qué hacer. Creo que, en general, tiendo a dudar más de lo necesario. Aunque no lo parezca, soy una persona que titubea mucho, sobre todo cuando se trata de amor y confianza.
En cuanto a las manías, tengo varias; pero creo que se parecen demasiado a mis pasatiempos.
¿Qué le gusta… qué no? ¿Algo le fascina… Algo desprecia?
Me gusta estar viva. Ojo, esto no es un clisé. Me fascina despertarme cada mañana y tener asuntos en qué pensar, problemas que resolver. He cambiado mucho, desde mis trece años, cuando los días eran un martirio, un sufrimiento. Ahora que viajaré a Cao, por ejemplo, me siento con mucha energía, vital, pues por fin le pondré la cara a dos décadas de incertidumbre, dolor y silencio. Yo soy de las que creen en las revanchas y las segundas oportunidades. Esta es la nueva ocasión que tengo para encontrar a mi madre, y no pienso detenerme hasta dar con ella.
Sobre las cosas insignificantes, puedo decir que no me gustan las aceitunas, las cucarachas ni los arrogantes, en ese orden, aunque en muchos sentidos son la misma cosa. Y me parece despreciable una persona que, al pasar al lado de un anciano o un niño que pide limosna, no se digna siquiera a mirarlos o, peor, hace gestos de asco por la suciedad o la insistencia. Soy de las que condenan la indiferencia, y de forma muy drástica, señor Chávez. Puedo ser una mierdita, muy punzante e hiriente. Del mismo modo, me enervan las injusticias: dar de más a quien no lo merece, no reconocerle a cada quien lo que le corresponde, se me hace inadmisible. Una sociedad sin justicia se tira abajo la dignidad, el respeto, la solidaridad. La injusticia socava lo más hermoso que llevamos dentro; usted, señor Chávez; yo... A veces creo que ir a buscar a mi madre es, en principio, un legítimo acto de justicia.
¿A qué le tiene miedo?
A equivocarme.
No imaginaba este arrebato de soberbia.
No es soberbia, hombre, es la orfandad con la que me vengo enfrentando tantos años. Ya son dos décadas.
Tengo miedo de equivocarme con respecto a mi única certeza: la desaparición de Ana Paula, a raíz de un atentado contra ella. Siguiendo los pasos de la certidumbre está la duda, señor Chávez… Tengo miedo de haber inventado y alimentado una verdad, por encima de la versión de la policía y de otros tantos, para subsistir sin mi madre.
¿Qué palabra podría definirla?
Viaje, yo soy un viaje. Supongo que por eso me ha elegido para la novela.
Por cierto, déjeme decirle que es la primera vez que me hacen una entrevista y, con franqueza, parece que también es la primera que usted lleva a cabo. Eso está bien, ya que la ocasión inaugural suele ser inolvidable.
Recuerde, señor Chávez, la primera vez que soltó una palabra, la primera vez que escribió una distinta, la primera vez que se metió en una piscina o tomó una copa. Imagine, mejor, pues no recuerda ninguna, ¿verdad? Quizá así es lo que suele ser inolvidable: un retazo de fantasía. Ojalá que usted sepa esto mejor que yo.
* * *
A decir verdad, esta no es la primera entrevista que hago; pero sí la única que he sostenido con un personaje. El escritor Javier Cercas escribía que “todos nos resistimos a que nos extirpen los recuerdos, que son el asidero de la identidad”; quizá tiene razón. Gabriela Fabbri evocó su pasado con generosidad y buen humor, posiblemente porque al relatarlo se tornaba menos doloroso o, acaso, más llevadero.
Antes de marcharse, luego de despedirnos, me regaló una de esas sonrisas de las que se quejaba durante la conversación. Es una bella sonrisa, sumamente encantadora; sobre todo si se piensa que surge de una mujer que lleva en su espalda tanta pesadumbre e intriga. En el umbral de la puerta de casa, Gabriela Fabbri me preguntó si de veras bosquejaba la novela a partir de su vida, si realmente la tomaba como protagonista de mi nuevo libro. Parecía como si esperara una negativa de mi parte, quizá con la finalidad de resolver el asunto de su madre desaparecida fuera de la poesía de la ficción.
Le confesé sencillamente que sí, que ya tenía estructurada la novela, avanzadas varias páginas, establecidos los conflictos… Interrumpió mi retahíla con un tono de niña que me sorprendió. “Ojala, susurró, ojalá que siquiera en su novela mi historia tenga un final feliz”.
No supe qué decirle; todavía no sabría qué comentarle si al cabo de tantos meses me volviera a plantear esa aspiración. Ya en la calle, cuando volteaba la esquina, esbozó una sonrisa más y dijo, concluyente: “Ojalá, señor Chávez, pues los personajes siempre esperamos un final feliz”.


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