26.12.15

RESEÑA DE UNA NOVELA HISTÓRICA DE RUBEN ROBLES


LA CONSPIRACION DE LOS ESCOGIDOS: “Un pensamiento tan atroz”


Gustavo Montoya*

El 26 de Julio de 1805, el autoritario y  sagaz virrey Avilés, en carta reservada dirigida al rey de España, le informaba los detalles de la pesquisa en contra de la abortada conspiración de Gabriel Aguilar y Manuel Ubalde, detectada en el Cuzco apenas unas semanas atrás. Aun cuando los principales líderes estaban bajo arresto, debido a la traición de uno de los complotados, ello no obstante, el Marqués de Avilés no dudó en expresar en esta comunicación oficiosa, el peligro latente de subvertir el sistema de dominio colonial, nada más y nada menos que en Cuzco. Entonces, como se verá más adelante, el recuerdo de la Gran Rebelión estaba intacto.  A ello se refería Avilés cuando señalaba que su propósito, como guardián del orden colonial era que: “se corte de raíz un pensamiento tan atroz”[1]. La expresión es fuerte y reveladora porque proviene de las entrañas del poder colonial.

Avilés al enfatizar como “atroz” el “pensamiento” que había conducido a los conspiradores imaginar un nuevo ordenamiento social con reverberaciones  de lo que se ha venido en nombrar como la utopía andina, en realidad lo que pone sobre el tapete es la textura de la sensibilidad del poder y la autoridad así instituida. Para el virrey, y con él, para los grupos sociales que se beneficiaban del sistema de dominio colonial tardío, los sueños de Gabriel Aguilar y los planes de Manuel Ubalde no fueron ningún disparate, ni tampoco una balandronada. Es preciso dejar sentado este aspecto de la represión, para entender las implicancias y posibles consecuencias de aquel “pensamiento tan atroz”  entre los diferentes grupos sociales de la región.





El grado de intolerancia que expresa la aseveración de Avilés sobre aquel “pensamiento tan atroz” es bastante sintomático de los niveles de paranoia existentes en dicha coyuntura con respecto de cualquier forma de recusación al ordenamiento social vigente. La figura del Inca entonces cobijaba filiaciones contrapuestas entre proyectos de sociedad antagónicos. Pero lo más sensible era que esta conspiración liderada por criollos, implicaba algo bastante delicado, la exigencia de la eliminación –no solo simbólica- del padre. En efecto, pues españoles fueron los padres de Gabriel Aguilar y Antonio Ubalde. Y para el cumplimiento de los objetivos de los rebeldes, criollos en su gran mayoría, eran necesarias dos condiciones suicidas. La expulsión de los españoles del virreinato peruano y la coronación de un descendiente de la realeza inca como nuevo gobernante. Era inevitable no rememorar los rescoldos de La Gran rebelión. Un esfuerzo por situar y encuadrar esta conspiración en su justo tiempo histórico, exige reconocer que esa conspiración fue el hilo de una extensa madeja ideológica, de un compacto ideológico peligrosamente urdido y pacientemente instalado en el zócalo histórico de las mentalidades plebeyas; justamente en ese sur andino que apenas una década después (1814 – 1815)  vio desfilar y trajinar a densas columnas de ejércitos plebeyos ya decididamente revolucionarios e independentistas. Y, por si fuera poco, que dos décadas atrás habían presenciado con espanto el polvo levantado de las masas indígenas enardecidas por los desvaríos y excesos de la Gran rebelión a partir de 1780[2].

Las ideas que siguen provienen justamente de la lectura de la novela histórica La conspiración de los escogidos, de Rúben Robles, un librepensador sanmarquino cuya formación histórica y literaria han confluido para ofrecernos un texto ágil y desenfadado, por las inquietantes figuras y alegorías  históricas que sugiere.
Uno de los mayores logros del relato es el propósito del autor de reconstruir un fresco social del imaginario y las mentalidades de los diferentes grupos sociales que habitaban la ciudad imperial en las postrimerías del siglo XVIII y el fatídico año 1805. La coyuntura  es crucial pues aún no se habían extinguido el recuerdo de las hogueras tupamaristas, un tiempo azuzado  por los ecos de la revolución francesa, y por si fuera poco, el espanto y la conmoción de la reciente revolución de esclavos negros en Haití y el terror que causó dicha insurrección en todo el continente. Un estado de conmoción latente, proclive a la sospecha, la delación y los rumores ciertos o imaginarios en torno a la amenaza que inspiraban justamente el populacho y castas míseras en las urbes,  las plebes indígena y mestiza en las áreas rurales.

La extrema sensibilidad hacia cualquier modalidad de disidencia, rebelión o conspiración real o imaginaria en el sur andino y que la novela logra representar, también puede advertirse por la densa memoria histórica existente entre la elite ilustrada de la ciudad. Como ya fue señalado, el tiempo de Aguilar y Ubalde fue un interregno entre dos crisis estructurales  que terminaron por afectar las bases del sistema de dominio colonial. La revolución tupamarista en 1780 y la rebelión de 1814 que anuncia ya las guerras por la independencia.

Esta memoria histórica sobre movimientos sociales armados autonomistas regionales, fue expresada con meridiana claridad el 5 de noviembre de 1821 por la Real audiencia del Cuzco, cuando invitaron al virrey La Serna a fin de que convierta  la capital de los incas  en la sede de su gobierno: “ Dígnese V.E. recordar que apenas Gonzalo Pizarro y Hernández Girón  antiguamente, y Túpac Amaru y los Angulo en los modernos tiempos, apenas los cuatro rebeldes lograron trastornar esta ciudad a sus partidos, cuando rápida y espontáneamente cundió la insurrección por muchos departamentos lejanos”[3]. No eran tremendistas estos comedidos criollos y españoles asentados en Cuzco pues sabían muy bien de lo que hablaban. Tanto así que pocos años atrás, durante la revolución del Cuzco en el año catorce, el Presbítero Mariano Becerra fue acusado junto con un grupo de insurgentes de realizar preparativos para  festejar: “con gusto las exequias solemnes que se habrían de celebrar por Túpac Amaru, Aguilar y Ubalde, cooperando con estos hechos y otros de igual naturaleza a la insurrección de esta provincia”[4] Ya se ve entonces cómo para el poder colonial en 1814, los vínculos entre Túpac Amaru II y Aguilar y Ubalde fueron más que evidentes. Aquí se pone el acento en el vínculo que se estableció entre Túpac Amaru y Aguilar y Ubalde por parte de criollos y españoles realistas cuzqueños que juzgaron a los rebeldes de 1814 -1815.
La Conspiración de los escogidos, se propone, insisto, representar a una época no solo compleja, sino límite por las consecuencias que se derivan en adelante, pues el narrador, el traidor Lechuga, rememora los eventos que rodearon a la gestación de la conspiración y el desarrollo de la misma hasta su desmantelamiento; y lo hace desde el tiempo de la independencia. Esta evocación del narrador posee un ángulo atractivo para ensayar la trayectoria del grupo social al que Lechuga representa. En realidad a una tendencia sobre la que se conoce muy poco, quizás por los escrúpulos que rodean una reflexión en esa dirección. Y no fueron pocos los que como Lechuga, se hallaban atrapados entre la fidelidad y la disidencia. Es inevitable no rememorar la figura de Vidaurre[5], por ejemplo, y no porque haya sido un traidor, sino por la incertidumbre con que vivió ese tiempo bruscamente jaloneado por cambios inesperados. La novela es una oportunidad para razonar un parte aguas histórico y a los actores colectivos que fueron marcados por la incertidumbre. Esa es la ventaja de la literatura histórica, ingresar a la subjetividad, las emociones, los sueños y pesadillas colectivas de una época concreta. Una duda metódica que también condujo al desgarramiento ideológico interno de personajes como Gamarra y Santa Cruz por ejemplo. Ambos futuros presidentes de la temprana República, militaban como Lechuga en el ejército realista y defendían las banderas del Rey.

Situar a estos personajes en su tiempo. Oficiales comedidos del ejército Nacional defendiendo las banderas del Rey en contra de los ejércitos revolucionarios  porteños en el Alto Perú, para luego a partir del año 1820, con San Martín en las playas de Pisco, cruzar una línea de no retorno y abrazar las banderas de la patria. ¿Una traición? Es una simpleza descomunal. ¿Podían estos personajes actuar de otra manera antes de 1820 teniendo en cuenta la derrota de Pumacahua, los Angulo y el cura Idelfonso Muñecas en 1815 y con la hegemonía militar absoluta de las banderas realistas en ese sur andino trajinado una y otra vez por Goyeneche, Pezuela, Ramirez, Tristán,  para no mencionar a La Serna y el círculo que lo rodeaba y que luego se hicieron del poder en Lima defenestrando a Pezuela en Aznapuquio  el año 1821?

Ese segmento criollo clase mediero insatisfecho con el tardío despotismo ilustrado borbónico sí, pero que tampoco logró hallar un asentamiento entre la plebe urbana chúcara, y mucho menos entre el resentimiento indígena latente, aspecto al que Robles le dedica pasajes un tanto maniqueos. Sobre la conducta del criollo traidor Lechuga se puede ensayar múltiples hipótesis siguiendo el hilo de la novela como también reconstruyendo al personaje histórico que fue. Desde esta perspectiva, la conspiración de Aguilar y Ubalde adquiere una trascendencia descomunal  poco advertida por la historiografía. Aún la severidad con que fueron castigados sus dos principales gestores, se explica justamente por la acumulación de expectativas reformistas y la circulación de rumores disidentes. Escarmentar en ambos conspiradores las veleidades insurgentes activas en una vasta red de cómplices que  difícilmente podrá conocerse en toda su magnitud; pero que los posteriores acontecimientos de 1814 en adelante no hacen sino confirmar justamente la existencia de esa sensibilidad subversiva y levantisca.

La pregunta que sigue rondando sobre la conspiración de 1805 es: ¿Cómo explicar que criollos del interior del virreinato peruano hayan concebido la posibilidad de coronar a un descendiente de la realeza inca como nuevo gobernante en un contexto de profundas mutaciones ideológicas con respecto de regímenes políticos internos y externos ya bajo el amplio espectro de la ilustración política atlántica? Los ejemplos de Francia y Norteamérica estaban ahí como tentación. Como decir que estos rebeldes imaginaron una revolución social convocando al pasado. No deja de sorprender el hecho que Gabriel Aguilar en ningún momento negó los propósitos que fluían de sus experiencias oníricas, y que quizás justamente debido a ello,  no le fue posible ni retractarse ni ensayar alguna modalidad de rehabilitación. Tomar por asalto el poder haciendo uso de la imaginación y los sueños fue en última instancia la consigna de los complotados. Quizás por ello, Alberto Flores Galindo, que le dedicó páginas de reflexión histórica ejemplares a esta conspiración, no haya tenido ningún escrúpulo para señalar: “La contraposición entre la búsqueda de una revolución  y el necesario respeto a la vida. Estos temas asediaron a un personaje que sentimos demasiado contemporáneo: el conspirador huanuqueño Gabriel Aguilar, un criollo que en 1805 pretendió coronar a un inca como Rey del Perú”[6]

La novela de Rubén Robles ha provocado estas breves notas sobre una coyuntura expectante, una suerte de bisagra histórica donde parece cancelarse ese temerario y peligroso horizonte utópico que se levantó con el rebelde de Tungasuca, para ingresar ya al ciclo independentista revolucionario continental apenas tres años después, cuando luego de la derrota de Trafalgar, las bayonetas imperiales de la Francia napoleónica, invadieron en  1808 a una España cuya casa gobernante no supo estar a la altura de un drama histórico, que muy pronto degeneró en una de las anomalías más vergonzantes en la memoria monárquica borbónica. Las consecuencias de toda índole que de ello se derivaron en Hispanoamérica, aún son objeto de severos debates tanto en la academia como en escenarios políticos y sociales.

·      Historiador UNMSM.







[1] Los interesados pueden consultar: Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo XXII, Vol. 1, p. 158
[2] Charles Walker, La rebelión de TUPAC AMARU, (2015)
[3] CDIP Tomo: XXII, Vol. 3, P. 59
[4] CDIP Tomo: III, Vol. 8, p. 563
[5] Vidaurre reivindicó  las figuras de Aguilar y Ubalde a propósito de las traiciones y delaciones  en la rebelión del Cuzco en el año 1814: “ están recientes los premios que se dieron por las inocentes vidas de Ubalde y Aguilar” en: CDIP Tomo: I, Vol. 6, p. 247
[6]  Alberto Flores Galindo,: “La utopía andina: Sueños y pesadillas”, en  Obras completas. Escritos 1983-1990,  Tomo VI, p. 185.

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