2.1.16

POEMAS DE ELBIS SERAF

Todo es verde
hasta el agua tiene el color
de los árboles en el reflejo,
un hombre junto a su bicicleta
arroja algo hacia adelante,
tal vez piedritas encontradas
que al caer remueven la capa espesa
de la superficie,
acompaña ese movimiento
con todo el cuerpo,
descansa, luego se levanta
y repite la acción,
se distrae un rato.
Ejercicios para depurar la mente:
andar en bicicleta y  deshacerse
de lo que no se quiere para si.




Los patitos recién nacidos
nadan en el lago,
forman triángulos perfectos
se cruzan, se desencuentran,
al hundirse a buscar comida
sus patitas quedan
en apariencia, suspendidas
pero enseguida se dan vuelta
y continúan el nado detrás de sus madres,
no prescinden de ellas
hasta unos meses después, 
mientras tanto
ensayan un futuro de buscadores,
de aves migrantes
y es entonces, cuando esas plumas frágiles
se transforman en firmes y brillantes
sustentadores de  la conservación.



Un vaso se cayó esta mañana
del estante de la alacena al abrir
la puerta de la cocina,
no hubo golpe, tal vez un efecto sonoro
hizo que temblara y saltara, chocó
contra otro vaso y con el borde de una taza
dura, creo que ahí se rompió,
sorprendida miré la escena
hasta que cerré los ojos cuando
varias partículas de vidrio
cayeron sobre mí, sobre mi cabeza,
 mis hombros y algunas se quedaron
en el pliegue del cuello de la camisa.
Al terminar el ruido
abrí los ojos, busqué un escobillón y
una palita, barrí, junté los restos y los tiré
a la basura, me sacudí y seguí  
con la rutina.
Fue solo eso, un objeto que cae
se rompe, ya no se puede reparar
y se tira. Nada queda de él, solo algunas
astillas escondidas que aparecerán
cuando el cuerpo menos lo espere




Rubia me dijo el vendedor
me comprás un sahumerio
para la transmutación del alma?
y yo que siempre tuve el dilema
de si creer o no, en un Dios, en el alma
o en los hombres, lo miré
con una falsa sonrisa
no le podía contar mis contradicciones
en el subte a las cinco de la tarde, además
no lo conocía, no era un amigo
con quien puedo hablar de cualquier cosa.
Cuando intenté decirle algo
las puertas ya se habían cerrado
y él estaba dando saltos de alegría
en otro vagón, con varillas
violetas en sus manos.
De todos modos, no tenía ninguna importancia.




Después de cenar fuimos con mi amigo M.
a ver el río, bajamos del auto
nos acercamos a un muelle y nos sentamos
en un viejo banco a ver el agua marrón,
revuelta y oleada como si fuera un mar,
el mejor mar que hayamos visto y la noche
la más calurosa y oscura. Hablamos
no recuerdo sobre qué cosas, tontas supongo,
intentos de sorprender al otro,
pero dijimos mucho también sobre ese río
interrumpido solo por unas pocas personas
que pasaban frente a nosotros.
Eso fue antes, un tiempo antes
de saber que un mar no necesita
estar iluminado, no pide el movimiento
de una ciudad a sus pies,
ni siquiera sabe de su propia vista panorámica.
Para qué ir en busca de  tantos ríos, mares
a lo largo de una vida?
si estamos en una ciudad y hay que cuidar
que el viento no nos humedezca la mirada,
y perseguir, nada más que esto:
las palabras que llevan al abrazo.





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