29.4.16

ALBERT CAMUS Y LA POESÍA y LA CRÍTICA LITERARIA





Narrador superdotado, crítico severo aunque moralista, filósofo de baja intensidad comparativamente, amante implacable y admirable de la libertad, dramaturgo notable, todo eso fue Albert Camus. Pero también un dudoso lector de poesía. Pruebas al canto.

Leyendo la biografía canónica de Olivier Todd, me topo con algunas páginas donde el escritor de origen argelino no puede separar al autor de su obra. En pocas palabras: descalifica la obra debido a su aversión al autor. Pasa también con narradores. Por ejemplo con Drieu La Rochelle y, sobre todo, con el genial Louis-Ferdinand Céline:

He leído (Muerte a Crédito) con la mayor atención hasta la página veintitrés inclusive. Ahí lo he abandonado. Es la fanfarronada de la asquerosidad. Pretende tener un aire pesimista y únicamente busca vender trescientos mil ejemplares.

Tampoco el Divino Marqués, Sade, se salva de su moralina:

El éxito de Sade en nuestra época se explica por un sueño que tiene en común con la sensibilidad contemporánea: la reivindicación de la libertad total, y la deshumanización operada en frío por la inteligencia.

Pero lo peor viene cuando se acerca a la poesía. Todos recordamos su idolatría por la poesía de René Char, su admirado amigo personal. Por eso no comprendemos sus opiniones sobre Rimbaud:

El mago, el vidente, el forzado intratable tras el que siempre se cierran las puertas de la cárcel, el hombre-rey sobre la tierra sin dioses, lleva perpetuamente ocho kilos de oro en el cinturón que le cruza el vientre y del que se queja porque le produce disentería. ¿Es ese el héroe mítico que se propone a tantos jóvenes que no escupen sobre el mundo, sino que morirían ante la sola idea de ese cinturón?".

La mala leche abunda. Camus, al no poder decir gran cosa sobre los luminosos poemas de Rimbaud, se mete con la persona, ignorando que se puede ser un hijo de puta pero escribir cosas bellas e influyentes, como lo hizo el gran Villon. Lautreamont tampoco se salva:

Los Cantos de Maldoror, de Lautreamont, es el libro de un escolar casi genial.

¿Se puede concebir un elogio tan pérfido?

Camus fue un ciudadano de su tiempo y no estuvo exento de errores políticos ni de posiciones acomodaticias (no se termina de comprender cómo es que no combatió tan fieramente a La Rochelle, un fascista que, oh casualidad, estuvo años a cargo de una importante editorial francesa). Todo el mundo busca su comodidad, pero aplicar la moralina a la poesía es como too much, ¿no les parece? 

1 comentario:

  1. Anónimo29.4.16

    La genialidad y moralidad no han ido nunca de la mano, es mas hasta condicion sine quanon ha sido hundirse en las mas pantanosas profundidades en las que el alma humana puede sumirse para alumbrar un producto que mueva sensibilidades, que recree el lenguaje o la estetica segun sea la disciplina. Aun cuando bondad y belleza fueron una aspiracion no se llevan necesariamente.Interesante reflexion sobre la injerencia de apreciaciones ajenas al arte y en algunos casos fruto de animadversiones personales.

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