3.5.16

PLAGIO: LA POLÉMICA SCHOENBERG - MANN

Arnold Schoenberg.


Investigando en red por estos días, me di cuenta que los casos de plagio entre escritores han sido y siguen siendo bit de cada día entre nosotros. No voy a ponerme a recordar los casos más emblemáticos porque son de conocimiento general desde hace mucho, pero sí me gustaría detenerme en un caso algo raro de plagio entre un escritor y un músico.

Buscando videos de composiciones de Arnold Schoenberg basadas en textos literarios, como por ejemplo el Palacio de los jardines colgantes (textos del poeta Stefan George), encontré una vieja pero no por ello vergonzosa polémica entre el inventor del dodecafonismo y el autor de la Montaña Mágica.

Nuestro siempre admirado Enrique Vila-Matas se refiere a esto en un artículo publicado en Babelia hace unos años:

Gretel (la viuda de T. W. Adorno) le había enseñado a mi amigo (Jordi) Llovet las cartas que su marido le había enviado a Thomas Mann cuando éste redactaba su Doktor Faustus. Y por lo visto, la viuda no paró ese día de señalarle con toda malicia, encrespada de hecho, la forma tan descarada con la que Mann había plagiado los resúmenes que Adorno le había enviado sobre las teorías musicales de Schoenberg, resúmenes que el novelista había trasladado, íntegros y con gran descaro, a su novela y que a la larga provocarían el monumental y comprensible enfado del músico.

Es cierto. Adorno, por ese entonces “chupe” de Mann y mucho más joven que el novelista, fue utilizado por este para extraerle a Schoenberg la esencia de su nueva teoría musical que iba a romper todos los moldes en cuanto a música se refería. El asunto es que solo eran notas aisladas y lo que pudo plagiar Mann de estas anotaciones no fueron más que pálidos acercamientos a este nuevo conocimiento, tal como el mismo Schoenberg lo hizo notar y lo subraya EV-M:

En la historia de este saqueo literario tan lícito como discutible (le fallaron las formas a Mann, que, como muchos plagiadores, terminó por creer que eran sólo suyos los fragmentos schoenbergianos de su novela), Adorno se sintió menos molesto que Schoenberg, el gran olvidado en este asunto y que puso el grito en el cielo cuando descubrió que algo que le había dejado insomne durante una infinidad de noches -la creación de la técnica del dodecafonismo- había sido burdamente resumido por Adorno para la mayor gloria de su amo y señor Thomas Mann.

Se inició inmediatamente un duelo de intercambio de “floretes estílísticos” que para el profanado compositor musical no cesó hasta que la depredación de sus teorías musicales obtuviera un reconocimiento editorial inscrito en cada edición de Doktor Faustus que saliera de imprentas. Ello a pesar de que para Schoenberg “la novela no era más que una depredación y una mera vulgarización ridícula de sus descubrimientos musicales, descubrimientos que Adorno era incapaz, además, de saber transmitir”.

El suceso, espantoso para un creador cualquiera, sirve a Vila-Matas para reflexionar sobre el fin de los novelistas todopoderosos. Desde mi humilde morada, creo que, además, sin saberlo en aquellos lejanos años, fines de los 50, nos indicaban ya el derrotero que iba a seguir el concepto de información privilegiada y, finalmente, de autoría de la información. Un problema que nos ha tocado muy de cerca a principios de las recientes elecciones presidenciales, si hacen el monumental esfuerzo de recordarlo.

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