21.7.16

DOS POEMAS DE WILLNI DÁVALOS (CUSCO 1988)



DULCE NERÓNICO


Mi dulce Nerón, alimaña bebe, dorado embrión de muralla china,
                                         e s p i g a

¿Qué haces despierto a estas horas, en qué subgénero de tiempo te arrastras?

El ordinario parloteo de los esclavos
ha logrado extraerte
del rijoso sueño apenas comprensible por tu pueril mente.

Vuelve a ellos, semilla de rey, duerme otra vez
envuelto en seda
bebe de láudano en vaso
un sólo vaso que estrague tu dolor.

Mi dictador de pies planos,
rojizo enano,
no llames a tu madre.
Divirtiéndose está en la sala de juegos junto a cuatro viejos generales
Su hiena carcajada, el rumor de su éxtasis, no te pertenece.



Fantasmas no son. En palacio no se muere, mi Nerón.





II

Obsenato maneja la espada.
No hay objeto más dócil en sus garras,
ésta recibe el electroshock vital de sus falanges.


Su Padre, el amo nuestro, le ha enseñado.

Él mismo le dijo:

Ves, hijo, hay objetos que la muerte ha ideado.
Hunde el filo en el pecho y brotará el gas del alma
que no te importe. El dolor ha de purificarlos.

Obsenato renuncia a la vergüenza,
degüella ancianos, lanza niños desde lo alto de su yo.

Su madre lo mira con ternura, ya es todo un hombre:

“embriáguenlo y cuando no pueda hilvanar ideas coherentes
mándelo a mi habitación”

Así sucede.
La reina devora la fruitiva pulpa del inconsciente.
Por todo el reino se coligen los chismes.
Ya es un hombre, un hombre magro, afirma la ensalada de voces.
Y el hombre despierta abotagado de resaca.
Voz de mujer sagaz y dulce le dice que la noche lo ha trasformado
y que está listo para fecundar,
que es fértil
-por el sabor del esperma ella lo sabe-

Tendrás tu propia humanidad con ese falo y ese germen.
Sólo busca un vientre coyote, una cernícala hembra que no envenene
tu gélido bulbo.



III



Obsenato es despertado un vez más.
Los sueños lo expulsan de sus cavidades.
Lo irreal no es para él.
Deja al poeta mentir, al músico gozar, al actor imitar.

Él, arte.

Él, aire.

Él res/inspiración.
Suena melódica la súplica.

Él tiene orejas sólo para él.
Las hieródulas le susurran telepáticamente: “Es hora, despierta”

“Mucho ha costado, poco fácil ha sido
pero aquí están, como quisiste
trece vírgenes maniatadas.
Para ti y para los tuyos, esos artistas epifitos”



Obsenato, bálano de fuego, patrocinador de placer,
obliterador de culpa, se eleva sobre sus piernas y grita:

Que todos nieguen esta noche porque será imposible olvidarla,
aplasten al insecto culpa,
la sobredosis de endorfina está cerca.
Deléitense, abusen.
Lo tienen todo, yo mismo se los doy.
Por aquí, el buffet de vírgenes, hagan lo que la bestia pida.
Por allá, la química depravada, hagan lo que la inconciencia ordene.
Los manjares exóticos, el arte prostituto.
Hagan lo que hagan,
háganlo por mí
que esta noche me elevo, que esta noche resuelvo
el enigma de la existencia.

Bullen los cómplices. Gritan:                                             ¡bravo, rey!
Alzan los brazos, van a las vírgenes,
inhalan agachados, fuman, beben y ríen;
comen despacio, devuelven lo lento, comen gustando,
defecan y siguen comiendo.

Ilimitado, suprarreal paroxismo.


Y, sin embargo, sólo un hombre queda quieto
ese hombre apresura la cicuta a su boca
y un minuto después se acomoda en la litera
a morir.




CRÓNICA DE UN DELIRIO CRÓNICO

Pude sentir el rumor del grupo desintegrándose
en aisladas células por toda la pequeña plaza del pueblo
PAUKARTAMPU,
como un baúl de esculturas coloniales,
a 2.906 metros
sobre la pequeña célula que llamamos Mar.
Mi hogar congelado a la distancia, mi cama naufragaba inerte
y mi cuerpo de mecánica ilusoria cojeaba
con la pata de botella
sobre las calles empedradas     ciego de metanol.

Vine con veinte céntimos y no me alcanza
para un cigarro, para un choclo,
para un pedazo de tierra con techo.
Sin alternativa le robé cigarros en cajetilla a una vieja dormida
y vagué alocado ofreciendo fallos a extraños y extrañas
hasta que mi nombre fue pronunciado entre el furor de miles
ebrios de música y fuego.
Mis amigos me tomaron entre sus brazos.
“ ¡Viniste! ¡Viniste! ¡Has venido!”
y de pronto mis ojos sanaron, mi cabeza
estable de nuevo y sonreí bailando al compás de
La Banda De Músicos Menos Pretenciosos del Mundo Entero.
De Los Auténticos Manipuladores del Clima
y qué mierda es el frío sino unas cuantas terminaciones nerviosas sin mucho que hacer.


La masa y yo moviéndonos pares, la masa me arroja una chica que coge mis manos
y giramos gritando por vez milésima ¡HE VISITADO PAWQARTAMPU!

Luego un hermano mío cae boca arriba – Trompeta tarola saxo punzaron me la espalda
Mi hermano empachado de nubes         –  He girado a ver la palmera colosal:

Movimientos antiperistálticos agitan su cuerpo bajo la palmera

Él se está ahogando
con su propio vómito que comienza a salir por sus fosas nasales
y se agita
hasta que es puesto en posición adecuada por fuerzas privativas de este poema
(De quebrada prosa-de carácter veleidoso- de ritmo pesado y castrada voz ofuscada)
y deja la estampa de su felicidad sobre la botella de ron con cola ,
sobre sus zapatillas
y por consiguiente, sobre todo el marchito escenario donde se realiza anualmente
esta fiesta que no es otra superflua excusa
para comprar, consumir y vomitar.


Baúl de esculturas coloniales:
chacras y ganado y gente de campo sustentando
en la espalda a un puñado de familias de poder
que alimentan al extraño que soy yo, a los foráneos que soy yo.
Sopa, segundo, cerveza, todo gratis, sentado rodeado de gente maciza,
de ancianos bigotudos con nietas sensuales sobre el regazo
y nietos altaneros mirándonos a los anónimos con desdén y lejanía.



Al amanecer
he despertado en el templo donde se celebra
la eucaristía en quechua
y se vela, también en quechua,
con fervor quechua
a una pequeña estatuilla antropomorfa de rasgos castellanos
apodada por todos como Mamacha, Madre Virgen del Carmen.
Y mi estómago que piensa mejor que yo, me coge de las piernas arrastrándome
hasta el mercado, al arroz con huevo y encebollado
hasta que la voz  pronuncia mi nombre;
el hombre es alto y dice conocerme. Me lleva consigo ante su grupo.
Bailarines con la Idea del Clan Privado Primitivo incrustada en sus mentes de
prestigiosos amos, de dueños de tierras y alimentos que no permiten a extraños
en sus entrañas, si no sentados a su mesa pero no en su mesa. 
Me echan y otra vez, sin culpa, con alevosía
robo una botella de trago esta vez mirándoles a la cara
y susurrando para mí:

“Hago todo lo que quiero,
obtengo todo lo que merezco”.

Y merezco la insania.

Un foco reventándome en la cara y desfigurándome para siempre.


Consiguiendo de aire y tierra el combustible                mi telaraña vibra
y la mosca blanca respira trémula, acepta el vaso de licor envenenado
y se lo bebe. Asiéndola a mi gusto, tomo su mano y la llevo a la oscuridad.
Todos alrededor miran la nada e imaginan formas agradables y creen estar felices
pero la ilusión es traicionera y antes de sonreír ya están despertando en el futuro
pero yo no me ilusiono, yo alucino tener otra historia y llamarme Abel o Gilgamesh,
usar sombrero, poseer ganado trabajo humano y ella, simpática mosca de nalgas suaves
y caderas marcadas por la juventud de sus 18 años, era, en mi demencia, una buscona
a la que tendía que desgraciar, y le dije, avalado por la impunidad irracional:

  “Te haré un hijo antes de esfumarme.
Te mancharé con carca y saliva
mientras disuelvo tu cuerpo en ácidos gástricos
segregados por mi hocico
para luego engullirte   
l e n t a m e n t e…”

Amanece.

En mi cabeza el peso de litros y litros de licor amargo
hacen que me sorprenda del Sol indetenible.
En mi brazos la flor manzana recostada y tibia.
Le beso la frente y pienso en la noche
cuando no pensé. 
Se despierta, vemos el pueblo a lo lejos.
Estamos en el cerro granate, estamos cansados de extraviarnos entre nosotros.
La dejo en el Templo y vemos a los miles sobrios devotos y Sol
llevar en andas, nobles y serios como los asnos, a la Matrona de yeso.




No es necesario estar loco para seguir oyendo
a los demonios susurrar a nuestras espaldas
ideas de plata que nos enceguecen
con su brillo de fatídica ficción.

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