25.5.16

Guy de Maupassant según James, Conrad y Tólstoi





Una generosa colección de cuentos del narrador francés, de más de mil páginas, me convida adicionalmente con tres textos donde Henry James, Leon Tólstoi y Joseph Conrad vierten sus opiniones sobre la cuentística de Maupassant.

El autor de Las alas de la Paloma arranca con estas palabras:

Su elemento más común es que son extremadamente fuertes y, después de esto, que son extremadamente brutales. Una historia puede ser obscena sin ser brutal y viceversa, y el desprecio del señor Maupassant hacia las prohibiciones que en un principio se hacen en nombre del interés de los valores morales no es sino un aspecto --muy importante, por cierto-- de su desprecio general. Que un pesimismo tan grande se alíe con el amor por el trabajo bien hecho, o incluso con las elucubraciones sobre la clase de trabajo que rinde más en un país de estilistas es, como he insinuado, una anomalía de lo más desconcertante (pues parecería, a la luz de tales sentimientos, que nada tiene ningún valor).

James parece conservar una reserva de censura en su visión del arte de Maupassant, pero es lo suficientemente sincero y grande como para reconocer la magnificencia de su pluma. En otro pasaje, lo reconoce como un "maestro de su arte", y se rinde ante su "extraño éxito", aunque lo acusa de tener "visiones muy bajas". Un inglés desconcertado pero maravillado.

El autor de Guerra y Paz es inicialmente más ceñudo y riguroso desde el punto de vista moral. Afirma:

Desafortunadamente, al carecer de la primera condición, si no de la esencial, que da valor a la obra de arte, de la relación normal y moral entre él y lo que describía, es decir, de la facultad de distinguir entre el bien y el mal, amaba y describía lo que no había que amar y describir.

Sin embargo, más adelante en su texto el escritor se sobrepone al alma religiosa y recompone su visión sobre el francés:

Ve que el mundo, el mundo material tal como es, no solamente es el peor de los mundos posibles, sino que, además, podría ser muy distinto del que es (...) y que no satisface las exigencias de la razón y del amor; ve que hay otro mundo o, al menos, que el alma del hombre desea la llegada de ese otro mundo.

Notable. el más moralista de los escritores ha dado, para mí, en el clavo. Lo descarnado con que Maupassant nos muestra los abismos del alma humana, los horrores de la exclusión social, los terrores del individuo contemporáneo, implica en el fondo una censura del mundo tal cual es. Solo que esa censura no está verbalizada; está puesta en imágenes y descripciones mundanas elocuentes, sintéticas y brillantes.

Conrad, a su vez:

Su determinismo, desprovisto de elogios, culpa y consuelo, tiene todo el mérito de su escrupuloso arte. El valor de las convicciones estriba precisamente en la firmeza con que estas son mantenidas.

(...)

Y la obra de Maupassant tiene el interés de la curiosidad y la moral de un punto de vista constantemente preservado y nunca impuesto en aras de la satisfacción personal.






Ya en un plano estilístico, Conrad valora la austeridad casi proverbial de Maupassant. También su capacidad perceptiva y, sobre todo, su sensibilidad, que valora como "realmente muy grande; y es imposible ser sensible a menos que se piense con viveza, a menos que se piense correctamente, empezando por premisas inteligibles hasta una conclusión nada sofisticada".

Y es así. Un escritor desafecto a la reflexión y a las lucubraciones intelectuales, un escritor que muestra con precisión y hasta fineza lo peor de este mundo material, como lo dijo Tólstoi, es imposible que no haya reflexionado de la manera más elevada y certera sobre sus instrumentos narrativos. Es un conocedor minucioso de sus potencialidades y limitaciones, y proyectó una forma de asumir el trabajo narrativo que fundó las bases de una buena parte de la narrativa del siglo veinte (pienso en Hemingway al decir esto).

¿Se puede decir algo más elogioso de un cuentista que se ha propuesto, y ha logrado, una nueva visión, desprovista, purificada, del cuento occidental?

OSWALDO REYNOSO










9.5.16

UN APORTE A LA REVISTA MEXICANA LUVINA

Debo agradecer a los amigos de la maravillosa revista literaria LUVINA, de Guadalajara, por haberme publicado un texto sobre la poesía de los 80 en el Perú.

Si quieren leer la nota pueden hacer clic AQUÍ.





Alonso Ruiz Rosas.

3.5.16

PLAGIO: LA POLÉMICA SCHOENBERG - MANN

Arnold Schoenberg.


Investigando en red por estos días, me di cuenta que los casos de plagio entre escritores han sido y siguen siendo bit de cada día entre nosotros. No voy a ponerme a recordar los casos más emblemáticos porque son de conocimiento general desde hace mucho, pero sí me gustaría detenerme en un caso algo raro de plagio entre un escritor y un músico.

Buscando videos de composiciones de Arnold Schoenberg basadas en textos literarios, como por ejemplo el Palacio de los jardines colgantes (textos del poeta Stefan George), encontré una vieja pero no por ello vergonzosa polémica entre el inventor del dodecafonismo y el autor de la Montaña Mágica.

Nuestro siempre admirado Enrique Vila-Matas se refiere a esto en un artículo publicado en Babelia hace unos años:

Gretel (la viuda de T. W. Adorno) le había enseñado a mi amigo (Jordi) Llovet las cartas que su marido le había enviado a Thomas Mann cuando éste redactaba su Doktor Faustus. Y por lo visto, la viuda no paró ese día de señalarle con toda malicia, encrespada de hecho, la forma tan descarada con la que Mann había plagiado los resúmenes que Adorno le había enviado sobre las teorías musicales de Schoenberg, resúmenes que el novelista había trasladado, íntegros y con gran descaro, a su novela y que a la larga provocarían el monumental y comprensible enfado del músico.

Es cierto. Adorno, por ese entonces “chupe” de Mann y mucho más joven que el novelista, fue utilizado por este para extraerle a Schoenberg la esencia de su nueva teoría musical que iba a romper todos los moldes en cuanto a música se refería. El asunto es que solo eran notas aisladas y lo que pudo plagiar Mann de estas anotaciones no fueron más que pálidos acercamientos a este nuevo conocimiento, tal como el mismo Schoenberg lo hizo notar y lo subraya EV-M:

En la historia de este saqueo literario tan lícito como discutible (le fallaron las formas a Mann, que, como muchos plagiadores, terminó por creer que eran sólo suyos los fragmentos schoenbergianos de su novela), Adorno se sintió menos molesto que Schoenberg, el gran olvidado en este asunto y que puso el grito en el cielo cuando descubrió que algo que le había dejado insomne durante una infinidad de noches -la creación de la técnica del dodecafonismo- había sido burdamente resumido por Adorno para la mayor gloria de su amo y señor Thomas Mann.

Se inició inmediatamente un duelo de intercambio de “floretes estílísticos” que para el profanado compositor musical no cesó hasta que la depredación de sus teorías musicales obtuviera un reconocimiento editorial inscrito en cada edición de Doktor Faustus que saliera de imprentas. Ello a pesar de que para Schoenberg “la novela no era más que una depredación y una mera vulgarización ridícula de sus descubrimientos musicales, descubrimientos que Adorno era incapaz, además, de saber transmitir”.

El suceso, espantoso para un creador cualquiera, sirve a Vila-Matas para reflexionar sobre el fin de los novelistas todopoderosos. Desde mi humilde morada, creo que, además, sin saberlo en aquellos lejanos años, fines de los 50, nos indicaban ya el derrotero que iba a seguir el concepto de información privilegiada y, finalmente, de autoría de la información. Un problema que nos ha tocado muy de cerca a principios de las recientes elecciones presidenciales, si hacen el monumental esfuerzo de recordarlo.

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