16.4.18

FERNÁNDEZ MALLO Y SU NOVELA TOTAL




Poeta, narrador, físico matemático, periodista, músico, el autor es uno de los más inquietos creadores de la escena española en los últimos veinte o treinta años. Tanto que un movimiento literario o generación lleva el nombre de uno de sus libros: Nocilla.

Este año, el a veces no bien ponderado y díscolo Agustín Fernández Mallo dejó con la boca abierta a todos con un novelón calificado como "total" por muchos resencionistas españoles. No solo es una apertura en la forma cotidiana de percibir y valorar lo cotidiano, también es un muestrario de potentes imágenes y delirantes situaciones que pretenden hacer estallar el sistema que a todos nos envuelve y que nos asfixia como flojo cognac dentro de nosotros.

José Ovejero acierta cuando afirma:


Todo está conectado. Un paseo por la costa de Normandía podría ser infinito si recorremos cada camino y vamos creando conexiones con lo que ha sucedido en ellos, y con las personas que los recorrieron. Por supuesto, al leer esta novela pensaba en Sebald y en Los anillos de Saturno, en esa manera de entender que una trayectoria nunca es lineal y que la vida tampoco lleva un orden cronológico, esa manera de entender que todo se encuentra en una red y que cualquier vector es una simplificación grosera de la realidad. Y acaba apareciendo Sebald en la tercera parte aunque él estaba ya ahí (otro fantasma que no se irá nunca), en las digresiones, en el gusto por los planos y las fotografías. Pero Fernández Mallo no se queda en un homenaje al maestro, sino que a partir de ese sustrato sebaldiano construye mundos sugerentes y originales, reflejos brillantes de la extrañeza que genera la conciencia, trazando arcos que van de la guerra civil española al desembarco de Normandía —también habría que hablar de la guerra como generadora de memoria, como eso que nos une entre continentes y épocas—, del África de Livingstone y Stanley a Nueva York, y más lejos aún, a la Luna, a través de ese cuarto astronauta al que nunca vimos. Y de la realidad a la ficción, una y otra vez, porque los personajes reales, los descubrimientos científicos y los hechos históricos se anudan con invenciones del autor, de manera que realidad, ciencia, filosofía y ficción parecen ser fragmentos del mismo tejido, de la misma red, insertarse en la vida y la memoria de formas similares. 






Y es que es es sencillamente cierto, y no hacía falta más de 500 páginas para decirlo (si bien no parece para nada aburrido recorrer de cabo a rabo los vericuetos diegéticos que Fernández Mallo nos propone): hay una comunicación global, inevitable. Las guerras interiores y las guerras externas se interconectan de maneras intrincadas, a cada momento el mundo parece ir hacia más abajo, pero siempre hay una belleza humana, una idea loca y linda, un estilo novedoso, un saber estarse en el mundo que devuelven a uno la fe en su propio y solitario camino hacia el mismo sitio de todos los siglos.

Agustín Fernández Mallo, acaso solamente por el solo hecho de mucho escribir, ha alcanzado con este libro la madurez narrativa. Y con ello ha demostrado que lo suyo fue siempre el oficio de Sebald, de Ballard, de Philip K. Dick. Ese camino lo llevará muy lejos, talento le sobra.

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